Sexo y relaciones

Los pingueros y la masculinidad en Cuba

El sexo transaccional o de intercambio no es ningún secreto ni dentro ni fuera de la isla. En este artículo, el historiador Abel Sierra indaga, específicamente, en los vínculos sexuales establecidos entre varones cubanos y turistas extranjeros, los cuales encierran una complejidad que trasciende la idea del trabajo sexual. Al dar voz a quienes se involcran en estas relaciones, el autor indaga en la forma como perciben su masculinidad —frecuentemente heterosexual— y su manera de concebir la homosexualidad del otro foráneo.

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La relación de pareja y el matrimonio en Cuba, parecen estar en crisis. El poder adquisitivo marca la diferencia.

La relación de pareja y el matrimonio en Cuba, parecen estar en crisis. Sin embargo, hemos recogido diversos testimonios de algunas parejas sobre el asunto, sus edades oscilan entre los 20 años hasta los 45 años. Contaron sobre como logran salvaguardar sus relaciones de pareja, en las actuales circunstancias, donde priman las carencias materiales y espirituales. El poder adquisitivo marca la diferencia.

Los entrevistados Armando y Evelyn, viven en un barrio de Marianao. Su estabilidad económica depende de los negocios que él maneja en México. Se trata de un cubano-ruso afincado económicamente en tierra azteca, que sostiene familia en Cuba: "Ya he visto a mis amigas divorciándose porque no soportan la tensión de lo cotidiano", dice Evelyn. "Una economía estable te garantiza poder centrarte en la educación de los hijos, y por fortuna en mi casa el dinero fluye, otras no tienen la misma suerte"

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¿Cuántos cubanos en edad laboral pasan el día en las calles, parques o sentados a la entrada de sus casas, aparentemente practicando la vagancia, viviendo del azar, de algún negocio furtivo o de las contingencias del momento? Nadie lo sabe con exactitud.

Para conocer algunas aristas de este fenómeno hemos salido a recoger las opiniones de quienes viven estos complejísimos escenarios de la Cuba actual. Para no perjudicar a estas personas cuyos oficios son ilegales pero que aun así nos han confiado sus testimonios, prescindiremos de la publicación de sus apellidos así como de sus imágenes.

Alina es santiaguera y con solo 18 años es madre soltera de dos hijos a los que se ha visto obligada a mantener desde que ella misma era una niña de 15 años. Desde los 12, Alina vino ilegalmente a vivir a La Habana con su madre, que en la actualidad cumple condena por delitos de posesión de drogas. A pesar de las llamadas de advertencia de la policía, la muchacha ha tenido que continuar ejerciendo el único oficio que le enseñó la madre: la prostitución.

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Siempre hubo prostitución en Cuba, desde la colonia. El negocio floreció a principios del siglo XX gracias al kamasutra de las rameras francesitas, como aquella legendaria Rachel. Pero la historia del bayuseo cubiche se conoce suficientemente, no así la del jineterismo socialista, que es un misterioso claroscuro en la semántica surgida con el castrismo. Lógicamente, en sus inicios la revolución abolió el sexo-servicio (burdel, chulo y meretriz), considerado lacra burguesa, a la par que perseguía a las putas, proxenetas y homosexuales.

De los años sesenta a los ochenta del siglo pasado, millones de cubanos solteros, con las hormonas a mil, como quien dice, tuvieron que colgar el sable, o mantener su "conducta impropia" en el clóset o la posada. Por supuesto, en el clóset todo seguía igual. Y en los muelles del puerto también, donde las "mujeres de la vida" pescaban estibadores, marineros griegos y la sífilis exótica de la nueva clientela soviética.

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Ron, cocaína y cubos de hielo

Una noche en el malecón conocí a una pareja de cubanos. Se me acercaron amistosamente como todos los que me encontraba en esa zona de ligue. Lo curioso era que estos no eran dos hombres, sino una pareja conformada por hombre y mujer, según ellos, casados pero sin hijos. Ambos de cincuenta y tantos años. Se turnaban para empujar una carriola de bebé en la que transportaban algunas vendimias: maní, palomitas, golosinas y vasos de plástico. Tenían los antojos para el monchis, menos lo que me había propuesto conseguir esa noche: sexo, cocaína y hielo para enfriar mi ron con Tu Kola, sabroso nombre del refresco nacional. No sospeché que mi deseo por cubos de hielo me traería el blackout menos sexy y más cabrón en años, y que además sufriría el robo más amable de mi historia con el crimen, en La Habana Vieja. No sé qué fue primero, pero tengo una serie de flechazos que ayudan a recrear mi apagón cerebral de aquella noche.

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