De Cuba traigo un cantar

Si yo hubiera nacido en Sagua de Tánamo, no sería más guajira de lo que soy. Me gusta el olor a campo, a tierra mojada, al silencio de un sueñecito bajo un aguacatero, y la compañía de cualquier clase de animal, menos los humanos en algunos casos. Y como me preguntan siempre, por qué prefiero el campo de Cuba a la ciudad que la mayoría ansía habitar, se los voy a explicar de la única forma que sé.

En Alquízar, el domingo había una matanza de puercos, y yo estaba allí pa no perderme na del vacilón. Lo de menos era lo que iba a almorzar; la vieja Luisa, la pobre, sin yo saberlo, buscaba que darme de comer. Ella no sabe que yo no me paro a mirar nada de eso, y lo que me gusta es empaparme de lo verdadero, de la forma de ser del cubano y el corazón con que te da hasta lo que no tiene. Claro que hay hijoeputas, ¿pero de ésos pa que voy a hablar si no saco nada en concreto y me desadornan el cuento?

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Vive en un banco frente al parque. Mario hace el mismo recorrido todos los días desde su edificio hasta el trabajo y le dice Hola al pasar, pero no hay respuesta.

Al principio él pensaba que la persona en cuestión era un hombre. La suciedad, unos ropajes amplios y un gorro calado hasta las cejas la hacía una persona asexual; hoy sabe Mario que es una mujer. Fue a causa de una visita de la Asistencia Social del Ayuntamiento, la semana pasada. Hablaron largo y tendido con ella pero era como estar hablando con una pared, su mirada estaba perdida, muy lejos. A fuerza de convencimiento, lograron llevársela en una furgoneta de color gris.

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Vivir oyéndote, mi amigo, es como escuchar las telenovelas radiadas de hace treinta años. Tu voz se me antoja a la de un locutor cuarentón con barba blanca y descuidada, de pecho canoso y ropas de un gris cansino, que me aburre.

El hecho de que tú me aburras, mi amigo, no es una falta de respeto. Significa simplemente que todo en ti es añejo.

Añejo, como lo es Cuba.

Porque Cuba no es vieja, mi amigo, ni anciana. Es añeja, como los buenos vinos, igual que tú. Ayer fui a Alamar, vi a tu viejo. Dice que está apalabrando un pacto con el diablo.

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La noche está fría, caminar se hace eterno.

Soy como María Branes, para pensar necesito la calle, andar, un banco donde sentarme y simplemente mirar como pasan los minutos.

Mañana es mi último día en Cuba, no podré virar en mucho tiempo, no se como despedirme de las cosas. De mi colcha, de mi pomo de agua, la llave de casa, el cepillo de dientes, mi pitusa lavado, el reloj de la abuela.

Extrañaré el trabajo de mierda, y la guagua apestosa, echaré de menos mi calle, y mi paraguas roto. La farola está ciega, hace dos años que no alumbra, acompaña mis noches en vela. La casa de enfrente, con su jardín chapeado, recuerdos imborrables de mis días de niña.

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Mi mensajero Valdés se paseaba por el edificio llenando los vacíos, como la esperanza esa que llena el agua con azúcar. Siempre lo esperé como cosa buena, y cada vuelta que nos daba era como ver un cielo donde sólo hay días de lluvia.

¡Qué lástima!, Valdés está solo en el mundo, pero no es huérfano por hacer honor a su apellido o viceversa sino por la poca suerte de perder de niño a sus padres, en un accidente de tráfico en la carretera de Santiago de Las Vegas. Desde aquel entonces, pasó de llamarse Eduardito Ramos a Valdés, a secas. Se quedó sin familia y hasta sin nombre.

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