Aunque quiera olvidarte..

Hacía exactamente cinco años que no veía mis palmas desde el cielo. Desde allá arriba podían ser unas palmas cualesquiera, pero no, eran las mías: la palma real, bella como ella sola

El dolor en los oídos me indicó que comenzaba el aterrizaje y me abroché el cinturón como un autómata. Mi mente estaba ya en tierra con mi gente. El piloto era más malo que el carajo; se puso a hacer una pila de murumacas que le sacaron la veta a to el personal, pero al final el golpe de las ruedas en la pista arrancó suspiros y aplausos. Me paré del asiento casi con el avión andando y como pude recorrí todo el pasillo con cuatro maletas que llevaba encima que parecía que tenían hierro dentro.

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Oh, La Habana, Oh, La Habana
caballero quien no baila y quien no goza en La Habana
(conga habanera)

No recordaba haber visto llorar a mi padrastro. Era un hombre de ébano, no lo digo solo por su negritud, sino porque era también imperturbable. Lo recuerdo siempre ensimismado, dueño de sus pensamientos, no soltaba prenda nunca. No sabias si, cuando se sentaba en el sillón a ver la tele, estaba durmiendo con los ojos abiertos o mirando su interior. No lo conocía ni su propio hijo, mi hermano menor. Era un hombre castigado por la vida; las miles de arrugas que surcaban su negra piel denotaban que su vida había recibido muchísimo castigo. Y no sólo físico. Las cosas del alma castigan dejando una huella indeleble, sobre todo cuando no se tiene facilidad para trasmitirlas a los demás;.

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Los ricos siempre nos utilizan a los pobres como pretexto para cambiar o mantener el curso de la historia, pero nosotros seguimos ahí,.....siempre ahí
 (Proverbio inventao)

Erase una vez un barrio con calles tan sucias que daba pena limpiarlas. La basura parecía formar parte del decorado, mas que del decorado parecía formar parte del propio barrio, era un componente indispensable de su identidad.

El barrendero Ezequiel la trataba con cariño cuando deambulaba mas que trabajaba bajo la furia del implacable "indio", con su carretón compuesto de dos bidones y dos ruedas de bicicleta.

-Ezequiel deja la trova y limpia, trabaja desgraciao- le gritaba la chusma desde los balcones-

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Siempre que se hace una historia, se habla de un viejo, de un niño o de si, pero mi historia es difícil, no voy a hablarles de un hombre común. (Silvio Rodríguez)

Siempre me había llamado la atención aquel formidable tronco de ébano, con la cabeza poblada de copos de nieve. Últimamente tenía una sensación rara, como de necesidad de acercarme al portal donde diariamente se sentaba. Sentía ganas de detener mi andar juguetón de regreso de la escuela, para admirar su gran figura, dignamente sentada en un taburete de piel de chivo, y con la vista en un lugar donde el pensamiento de los seres humanos parecía no llegar. Se llamaba Quintín y era todo un caballero, no se le conocía mujer y la única persona que entraba a su casa era una señora entrada en años, aun hermosa, que no se supo nunca si era un familiar, una amante o una enfermera privada. Se decía que había llegado al barrio con una fortuna la cual había desaparecido en manos de quien necesitó de su ayuda. Las malas lenguas decían que estaba solo porque había matado a su mujer o que su familia entera lo había abandonado por insoportable: conjeturas. Nadie sabía nada sobre su pasado, ni siquiera sabían si tenía pasado. Lo cierto era que era un caballero, a la antigua además, había vivido muchos años y lo demostraba continuamente pero sin darse cuenta.

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28 de septiembre, día de los CDR

Los primeros rayos del amanecer se encontraron con un espectáculo sin igual, la cuadra se engalanaba para celebrar un aniversario más de la creación de los C.D.R. La calle era un hormiguero donde cada cual tenía una misión que formaba parte de una tarea gloriosa: aprovechar el aniversario para formar la cumbancha, así de concientes y revolucionarios eran todos y cada uno de aquellos gloriosos convecinos.

Por doquier pululaban hombres y mujeres, viejos y niños, sin ninguna distinción, haciendo posible que la fiesta fuera inolvidable y quedara en la memoria de todos.

Los hombres, pintaban con cal los conténes de las aceras y las fachadas de los viejos solares, preparaban la pintura mezclando cal y agua en bidones recortados, colocaban banderitas por toda la calle con cuerdas que iban de una fachada a la fachada de enfrente, echaban hielo en los bidones donde más tarde se enfriaría la cerveza, barrían las calles en fin hacían todo lo posible por que la cuadra quedara bonita y la borrachera asegurada.

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