Jinetero,... ¿y qué?

El carnicero es un cancha

cuba

Una mano lava la otra y las dos lavan la cara
Felo, el carnicero.

Aunque soy quien hace las compras en casa, llevo siempre una lista en mi bolsillo que sigo al pié de la letra pues estos capitalistas te venden lo que no te hace falta y bueno… ya tú sabes, el consumismo. Pero a la doña ayer se le olvidó poner qué carne he de comprar y heme aquí perdido ante un mar de ofertas, ante un mostrador de veinte metros de largo lleno de cuanto bicho muerto existe, completo o por piezas, se aglomeran tal cantidad de carnes que no me puedo decidir… y entonces pienso en Felo.

¿Quién es Felo? Un guajiro, pinareño pa´ más señas que llegó a La Habana hace una pila de años sin muchos estudios, no porque no tuviera oportunidades de estudiar, sino porque no tenía cabeza pa´ los libros. Felo es más bruto que un arado; eso sí, buena gente como el sólo, con una sonrisa perenne asomando a sus labios. Algo claro tenía en la cabeza el día que dejó atrás su natal Los Palacios: En “La Poma” se puede luchar. Y así fue como llegó a ser el carnicero de mi barrio: siempre en la lucha.

Felo siempre fue un buen trabajador. Como buen guajiro no le teme al trabajo, llega cada día temprano, abre su establecimiento, pule el mostrador de mármol carrara y… y ya: La tablilla permanece vacía, siempre vacía, pero él no falta un día a la pincha. Ha ganado varias veces diplomas de mejor establecimiento y trabajador destacado. Felo es de esa rara especie de carnicero autóctona cubana, que nunca ha vendido carne. Posiblemente, el día que tenga que despiezar una vaca no sepa por donde empezar o se desmaye al ver sangre. Todo lo que ha hecho en su vida profesional es repartir masa cárnica, picadillo extendido y cuanto invento ha pasado en estos años de período especial por la cocina cubana…

Las veces que nos sacó las castañas del fuego, porque si Felo no tenía sabía siempre quien vendía algo que poderse llevar a la boca. Porque esa es parte de la táctica de sobrevivencia del socialismo tropical: Mantener a la gente la mayor parte del tiempo pa’ que no piensen en otras cosas, mucho menos en política.

Pareciera que no está en na´, pero este guajiro es la trampa. Cada mañana apoya su silla a la fachada de su carnicería vacía y ve pasar La Habana que le pregunta -¿Qué hay?- y él responde: -Toro, Pescao, Chivo… y no es que haya algo que ofertar, es sólo el resultado de la charada del día anterior. Porque tras cada uno de sus muchos diplomas se esconden numerosos negocios ilícitos, en su establecimiento tiene el mercado negro siempre las puertas abiertas: lo mismo te vende una PlayStation que una moto.

- Eso sí compay, carne no vendo porque eso es una candela.

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