Historia (no autorizada) de Cuba

1959 – 2000 y pico...

No tendría ningún problema en revelar la identidad del protagonista de la siguiente historia si se hubiera tratado sólo de un escritor, novelista para ser más exactos, y muy buen amigo mío. El que me sustraiga de mencionar su nombre se debe a la fe que profesaba. Y no se trata de que su actitud cristiana fuera única e irrepetible, ni que mereciera más respeto del que podría merecer cualquier otro devoto, lo que ocurre es que no fueron sus debilidades, sino las circunstancias que le tocaron vivir dada su triple condición de cristiano, novelista y cubano; y la particularidad de ser esas tres cosas en La Habana de 1992; las que provocaron el terrible conflicto que narraré a continuación. Tal vez, si lo anterior no fuera suficiente para demandar la compasión de los lectores, diré que las circunstancias en que se vio involucrado este amigo lo hicieron caer en una profunda crisis ética. Por tanto, si de salvar éticas se trata concluyamos con que si su ética estuvo en tan grave peligro en aquella ocasión, pondré a salvo la mía en este momento ocultando su nombre.

Leer más: Papel - 1992

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1959 – 2000 y pico...

A Jorgito, Mayi, Jorge Antonio y Diego,
sin que el orden de las dedicatorias altere el afecto

La próxima parada es el muelle de Luz. Sí. Ahora la guagua, que se mueve por la calle San Pedro, va a pasar por frente a la esquina en la que muere Jesús María, luego Acosta, inmediatamente después Luz y se va a detener frente a la última esquina de Santa Clara. Ahí, frente a esa parada debo tomar la lancha que me llevará hasta Regla. Esta lancha es una bendición. Siempre lo ha sido. Si no fuera por ella, habría que darle la vuelta a la bahía completa y eso representa, siempre ha representado, el doble o el triple del tiempo. Engancharme en esta 82, que hace el recorrido Miramar-Muelle de Luz fue difícil, siempre es difícil. Vivo cerca del Parque Maceo, exactamente a la mitad del recorrido y poderse colar en ella allí, en la parada del Hermanos Ameijeiras, nunca es fácil, mucho menos si es en hora pico y mucho menos si uno debe cargar un galón de luz brillante, o sea, de keroseno, desde el barrio de Cayo Hueso hasta el ultramarino pueblo. Pero una madre es una madre, siempre lo es, y un hijo no puede escuchar impávido que la vieja diga con voz temblorosa desde el teléfono de Graciela, la buena vecina, que no tiene con qué cocinar aunque sea un poco de arroz, y un cuarto de libra de frijoles negros que todavía le quedan, para que el viejo y ella puedan comer hoy por lo menos. A uno se le encoge el corazón, siempre se le encoge, y divide así, al serrucho, al fifty fifty, los dos galones de combustible que acaba de resolver y se lanza a la aventura de cruzar desde el centro de La Habana hasta una de sus periferias, para salvar a los viejos, aunque sea por esta vez.

Leer más: La lanchita de Regla. 1994

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1959 – 2000 y pico... (1)

Ja ja ja ja ja... coñó que chiste más bueno... qué vacilón... cada vez que me acuerdo me parto de la risa, asere. Sí, fue en Etiopía. Mucha gente piensa que fue en Angola, pero que va, si los angolanos se estaban comiendo un cable más corto que el de nosotros. Esto que te digo sucedió en Etiopía. Allí sí que había oficiales del ejército que estaban forrados en billetes, inclusive algunos eran hasta millonarios, que la gente que estaba cerca de Mengistu estaba muy bien parada. Sí, chico, tienes que acordarte que fue en Etiopía. La guerra todavía estaba andando cuando pasó aquello con los dos socios de la pipa de combustible. Porque sucedió de verdad. De eso sí que no hay dudas. Te lo digo porque no eres el primero que piensa que esto que te cuento es un chiste. Ocurrió de verdad, asere, y fue de lo más facilito. Los dos tipos eran unos cabrones y tenían los berocos bien puestos, que hay que tener cojones para andar un país de arriba a abajo y de abajo a arriba en plena guerra y con una rastra cargada de combustible, que el día menos pensado puedes volar como cafunga, ¿no? Hay que ser guapo para pinchar en eso y si uno tiene sentido del humor, pues mejor todavía. Lo que te quiero decir con eso es que estos socios no eran un par de delincuentes ni mucho menos, como nos dijo después el teniente de la contrainteligencia. Si hicieron lo que hicieron fue porque se les ocurrió correrle una máquina a aquel coronel etíope.

Leer más: Helicóptero 1977

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“¿Y quién lo quemó?” La pregunta ha estado tropezando, saltando y volviendo a saltar dentro de la cabeza de José de la Caridad León Zaldívar, a quien sus amigos llaman cariñosamente “Cachito”.

Pero, ¿qué ha sido tu vida, Cachito, vamos a ver, sino un constante esfuerzo por llegar a algo... por vivir mejor... por vivir...?

¿Te acuerdas cuando estabas en noveno grado y te cogió el servicio militar; y pasaste tres añitos de tu adolescencia entre unidades militares, fugaces fugas para ver a tu novia Emelina de vez en cuando y madrugadas de guardia en las cuales debías cargar un fusil M-52 de fabricación soviética, casi más grande que tu esmirriada talla de apenas cinco pies y cuatro pulgadas? ¿Te acuerdas de cuando terminaste tu honrosa misión militar, que en el Ministerio de Trabajo lo que te ofrecieron fue el trabajito aquel de ecologista ejecutivo, o sea, de cazador de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata y tuviste que hacer maromas para conseguir alguna otra cosa menos arriesgada? ¿Te acuerda de tus buenos tiempos en la pelota? Porque fuiste pelotero, y muy bueno, por cierto. Buen pitcher que fuiste; sí señor, muy buen relevista. Lo que pasa es que en este país hay demasiados pitchers buenos; era demasiado difícil meter cabeza por ahí, mucho menos si uno no era más que un relevista. ¿Te acuerdas de aquel juego en el Latinoamericano, cuando al fin llegaste a la nacional? ¿Recuerdas que te trajeron en el noveno inning, con dos outs, las bases llenas y Antonio Pacheco al bate? ¿Te acuerdas que lo ponchaste? Fue la gloria para José León. Tu segundo nombre lo habían borrado para hacer menos engorrosa la lista de jugadores; además de que ese De la Caridad tenía algo, un no se sabía qué, pero que desentonaba en aquellos tiempos en los que los nombres que se habían empezado a usar eran Vladimir, Boris o Yuri.

Leer más: Hatuey, 1995

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