Historia (no autorizada) de Cuba

No se crean que la historia de un país es nada más que una enumeración de eventos sociales, políticos y culturales que pasan en un período de tiempo determinado. Que va. Hay una pila de bretes o chanchullos de las que la gente comenta, y que no vamos a ponernos a juzgar si son más o menos importantes, o si son verdaderos o falsos, sobre los cuales nunca se escribe y sin los que la historia se queda inevitablemente coja, manca, o sea, para decirlo más fino, incompleta. En este librito, sin embargo, yo que no soy historiador les voy a contar muchas de esas cosas que para mí le faltan a la historia de Cuba de la última media rueda, lo cual quiere decir de los últimos cincuenta años. Pero, como ya decía, no voy a ponerme a repetir como una cotorra lo que los otros ya dijeron, ni a copiar los editoriales que ya se escribieron, sino que voy a arriesgarme a contarles un burujón de anécdotas que me sé porque me las han contado pero que, en mi modesta opinión, le dicen más a uno sobre lo que en verdad sucedió que los libros de texto de la secundaria, el Noticiero Nacional de Televisión o los documentales del ICAIC. Puede que alguno de los cuentos que narro a continuación no sean exactos. De acuerdo, pero, qué más quieren si los chismes no son escritos por científicos, que se ocupan de convertir las hipótesis en tesis, etcétera, y luego le ponen una bibliografía atrás. Los chismes son chismes y a nadie se le puede reclamar. ¿De acuerdo?

Leer más: 1959 – 2000 y pico...

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(Fragmento de una conversación telefónica escuchada casualmente.)

…todo por culpa de la jodida costumbrita esa de poner una “y” entre los dos apellidos de las personas. Eso ha traído problemas, y más en el caso de personas como nosotros los cubanos, que tenemos más de un apellido. Sí niña. No te acuerdas de aquella rumbita que decía: “Arango y Parreño, fueron dos señores...” pero claro que no estaba bien, si Don Francisco de Arango y Parreño fue un político, pero uno solo, y escritor también, si no me equivoco, muy anterior a Martí, Maceo y toda esa gente. Claro. Si había nacido en 1769 y se murió en 1839 quiere decir que fue anterior a Martí que nació en el 53. Saca cuentas para que veas. ¿Y qué me dices de Ortega y Gasset? Fue uno solo. Te lo digo yo que el hombre se llamó Don José Ortega y Gasset, y fue un filósofo español. Las veces que he oído decir por ahí: “Eso lo dijeron Ortega y Gasset” como si fueran dos en lugar de uno; pero está mal porque la verdad es que aunque España haya dado muy pocos filósofos, no hay razón para partir en dos a este con tal de tener uno más. Claro que no siempre es igual, mi amiga. Yo te entiendo que hay casos en que sí son dos los que componen el dúo. No, no, yo no me equivoco pensando que Lepera es el segundo apellido de Gardel y sé muy, pero que muy bien que Lennon y Mc Cartney son dos. Uno se casó con la chinita y eran.... uy, tremendos. Si hasta se retrataron encueros y todo. El otro, que era más correcto, se casó con la hija del fabricante de rollitos de fotografía y la verdad que la chiquita bonita no era, pero tenía muchos pero muchos atractivos en el banco. No en el banco del parque, sino en el otro. ¿Y qué me dices de Piloto y Vera? Ellos eran dos. O Tejedor y Luis, que uno siempre los veía anunciados y la gente tal vez por abreviar decía Tejedor, como si el único que estuviera cantando fuera el ciego gordito de alante cuando un poquito más atrás estaba el flaquito calvito diciendo al mismo tiempo “porque tu amor es mi espina, por las cuatro esquinas hablan de los dos...”

Leer más: Lafargue 1961

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PRIMERA PARTE

Uno tiene derecho a molestarse porque los europeos hayan lanzado su cultura en todas direcciones y con igual intensidad, como demostró Pascal, lo que ha traído por consecuencia que nos hayamos visto obligados a entender, y admitir, que los patrones del viejo continente son los que tienen valor. Porque por lo menos para mí, la verdad, a nivel personal, siempre ha sido motivo de cierto complejo de inferioridad, el hecho de que desde que fue prohibida por Dios a los habitantes del paraíso y hasta nuestros días, la fruta reconocida como líder absoluta de todas las frutas sea la manzana. Tampoco me puede gustar que el gordo Santa Claus aparezca siempre en un paisaje nevado siendo mi país un eterno verano, según reza el famosísimo slogan del Ministerio del Turismo.

Leer más: Nikita 1962

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Las historias de amores ideales forman parte de lo peor del arte y la literatura porque, conocido es por cualquiera, toda historia de amor tiene sus días grises y pretender idealizaciones a ultranza es, además de mentiroso, insostenible.

Ahora relataremos algo acerca de la historia de amor entre dos de los pilares de la cultura revolucionaria cubana. De una parte la Habana Vieja, que algunos años más tarde sería declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, cuya sede está en París; y del otro lado Alejo Carpentier, uno de nuestros más reconocidos escritores; quien, como dirían las malas lenguas, escribía en español, hablaba en francés y cobraba en inglés. Aquí se podría incluir la suspicacia de que entre esta ciudad, que luego sería patrimonio de humanidad y aquella, que es sede de la UNESCO, Alejo prefirió vivir en aquella. Pero vamos, que esa suspicacia no la vamos a incluir por pura cortesía.

Leer más: De ciudades y amores 1965

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Europa estaba por estallar en la primavera de ese año; Norteamérica naufragaba en medio de una crisis de racismo y violencia que a la par de la guerra en Viet Nam hacían la atmósfera irrespirable. América Latina se debatía en la pobreza cuando las esperanzas de una alianza para el progreso habían fracasado. Sin embargo, no muy lejos había una tierra, que parecía tocada por la magia de algún genio y que se presentaba como un paraíso terrenal; el edén de la clase obrera, una utopía inalcanzable que se hacía realidad para poco menos de diez millones de los que habíamos sido hasta entonces pobres mortales. Este era el paraíso en el medio del Caribe; una isla en la cual otrora todo el que cruzara allende los mares debía carenar; detenerse aunque fuera un par de días para saciar la sed que da el océano.

Pero eso era antes, mucho antes.

Leer más: Pangola 1968

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