Cuba es un cuento, compay

Por la saga de los marinos cubanos - 3

Profesionalidad, competencia. 2

Ya vimos en el capítulo anterior el derroche indiscriminado de moneda fuerte en la utilización de servicios inherentes a nuestra profesión. Acción desarrollada por gente profesional y por individuos verdaderamente incapacitados para comandar cualquier nave. Lo más sorprendente en ambos casos radica en que el 99.99% de esos personajes, militaba en el partido comunista de Cuba. Podemos entonces referirnos a una acción realizada por indiferencia o indolencia a los daños económicos provocados, cuando se trataba de hombres con buena formación técnica, los otros estaban justificados.

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Por la saga de los marinos cubanos - 2

Profesionalidad, competencia. 1

Cuando comencé a navegar lo hice como timonel y no podía comprender técnicamente lo que ocurría en el puente. Pocos años más tarde estudié con entrega total, mucho interés en descubrir los secretos de una profesión a la que siempre he amado.

Aquellos barcos disponían de ayudas a la navegación sumamente pobres y exigían todo el conocimiento de los hombres que los tripulaban. Podemos referirnos a una época romántica muy cargada de profesionalismo y competencia que, sumado al amor que sentían esos seres por sus naves, imponían respeto, admiración y unas relaciones entre ellos muy familiares. Los oficiales eran oficiales, salvo contadas excepciones. La marinería era integrada por viejos y jóvenes lobos de mar que cuidaban a la nave como si fuera su propio hogar. Con el decursar del tiempo, aquella preparación de sus hombres y amor por la nave, fue cediendo ante la presencia de elementos carentes de interés por la profesión. Si usted se considera una persona debidamente preparada y su trabajo a bordo de los barcos contó con la competencia requerida para ello, le sugiero que no se incluya en esta referencia.

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Por la saga de los marinos cubanos - 1

Mujeres a bordo.

La fecha de integración masiva femenina a nuestra flota, muy bien pudiera afirmarse que ocurriría a partir de 1978. Fue en ese año cuando un numeroso grupo de mujeres se enrolarían en viaje de instrucción a bordo de los buques "África-Cuba" y "XX Aniversario". Coincidí con ambas naves en el puerto de Ámsterdam encontrándome en el buque angolano "N'Gola" y quedé maravillado ante la variedad de muchachas dispuestas a compartir sus vidas con nosotros. Pocos meses más tarde serian distribuidas a razón de una o dos por cada barco nuestro, creo que eran más de cien muchachas.

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Sor Tirana

Su educación había sido exquisitamente diseñada por sus tías maternas, cada tarde, las notas del piano viajaban entre las hojas del frondoso flamboyán sembrado intencionalmente a diez metros del portal. Se sumergían entre las olas de aire fresco que corrían luego que el sol venciera el cenit y continuara su cansado viaje en busca de reposo. Franqueado aquel obstáculo que se vestía cada año de un plumaje rojo anaranjado, cada nota viajaba rasante al suelo y acariciaba con dulzura una alfombra de gardenias, claveles y rosas que se extendía hasta la verja de entrada que nunca se cerraba. Las pausas de aquellas melodías eran interrumpidas por las risas de la niña, el vuelo de sus bucles que respondían al pedido de aquellos Alisios, y los tintines de los cubitos de hielo que se servían en cada vaso de una ritual limonada. ¡No te ensucies la bata! Casi gritaba una de ellas, lo hacían a diario y coincidían con el canto de un arriero caprichoso que se posaba a la misma hora en el árbol.

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El amor todo lo puede

Llega un tiempo duro de roer, no se puede consumir humanamente, es sencillamente duro. Cuando realizas esa acción repetidamente, como yo, se te van gastando los dientes y puedes dejar de ser un roedor. El árbol que encontramos adulto a la entrada de la casa, es el primero en rendirse cuando se aproximan estos tiempos difíciles. Se ablanda como nosotros, se vuelve amarillo, luego, comienza a desprenderse de sus molestas hojas que nos brindan sombra. ¡No hacen falta!, piensa el dichoso árbol, el sol no calentará más hasta el nuevo año y en pocos días inicia su período de calvicie. Todo lo caga con esos desprendimientos, como nosotros, todo lo cagamos cuando nos ponemos viejos. Pero el árbol es joven y nos obliga a barrer la entrada cada mañana, y hay que espantar todas sus amarillas hojas del parabrisas antes de partir, y en tu marcha, vas repartiendo hojitas de tu árbol durante el recorrido por varias cuadras. No solo cagan los viejos, pienso, los jóvenes también tienen derecho.

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