Cuba es un cuento, compay

La Pequeña Habana

Miami es una ciudad joven, creo que cumplió unos ciento cuatro años encontrándome allá. A su juventud debe su escasa historia, eso nos pasa a los humanos también, solo que en su caso el rol jugado por los cubanos ha sido importantísimo, allí han crecido varias generaciones de los nuestros. Sin embargo y muy a nuestro pesar, la historia, la muy corta historia de esa ciudad, adquiere notoriedad a partir de los éxodos producidos después del año cincuenta y nueve. Nadie dice o explica el por qué, una corriente de aire embriagador duerme a todo este continente y mira con desprecio a esa masa humana que arriba a las playas de lo que fueran manglares, ciénagas y feudos de cocodrilos.

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Si no fuera por lo bruto que era, yo hubiera pensado que se trataba de un agente de la CIA, pero estaba obligado a descartar esa loca idea, Chocoleito era militante del partido comunista. Me cayó mal desde que arribó al buque y estacionó su viejo Fiat al lado de la escala real. Tampoco comprendo por qué no había aduanero en ese muelle, estábamos atracados a un costado de la termoeléctrica de Regla. Sin piedad alguna y sin habernos sido presentado a la tripulación, Chocoleito bajó con el "portafachos" sobrecargado, por la tensión de los tendones de su mano derecha, pude comprender que estaba pesada la carga de su interior. Sansonetti nunca imaginó que aquellos pequeños maletincitos, diseñados para transportar folios, tuvieran un uso tan diferente al de sus propósitos, ¡mira que cargaron "fachos"!. Es muy probable que estuviera repleto de botellas de ron Havana Club, se lo llevaban por cajas a los capitanes para uso de representación. Aunque trató de ocultarlo envuelto en un trozo de papel kraft, se llevaba también una pierna pequeña de puerco, como ese papel era bastante grueso se desdobló y dejó a la vista un pequeño hueco para que yo viera, "accidentalmente" como el Capitán del barco se robaba algo que era de consumo colectivo. Su jeva, una trigueña monumental, llevaba también las manos ocupadas con otros productos "decomisados" a la tripulación, todas estibadas correctamente en una bandeja que perdería su camino de regreso a la nave.

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Olas monstruosas

La primera vez que tuve contacto con ellas yo tenía dieciocho años, ocurrió durante mi primer viaje a bordo de la motonave Habana. Íbamos de Nicaro a Holanda y la travesía se prolongó por veintidós días, cuando normalmente se debía realizar en unos diecisiete de acuerdo a la velocidad de aquella nave. Me prometí abandonar esta profesión en cuanto regresara a Cuba, pero el descubrimiento de un viejo mundo, muy nuevo para mí, fue cautivante y el mar me atrapó con ese embrujo utilizado por el rey Neptuno y del que nunca podrás escapar.

Aquellas olas gigantes eran de unos diez metros de altura y jugaban a su antojo con nuestro barco. Barquito diría después, pues solo contaba con cien metros de eslora y su velocidad nunca superó los doce nudos. Ver desaparecer la proa dentro del mar produce un miedo insuperable, rezas esos segundos aunque no seas creyente y contienes la respiración. Luego, cuando lo vez emerger con violencia o desespero, sueltas todo ese aire contenido en los pulmones, creíste prepararte mentalmente para una posible inmersión.

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El Comisario político a bordo

La presencia de ese personaje a bordo de nuestras naves, fue un regalo de Guillermo García cuando ocupaba la cartera de Ministro de Transporte. El primer curso de graduación de estos parásitos, se realizó en la Academia Naval de Baracoa en el año 1982. Lo recuerdo perfectamente porque coincidió con el curso para capitanes y primeros oficiales del que fui alumno. Muchos de aquellos rostros eran sumamente familiares, la mayoría eran integrantes de la flota con diferentes rangos, los pocos desconocidos llegaron de las filas del partido en Navegación Caribe y uno que otro oportunista al que llegó la noticia en algún comité del partido de la calle.

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El escaparate

Abuela era noble, un alma piadosa y caritativa que nunca asistió a una iglesia y merecía ser beatificada. Nunca la escuché hablar en voz alta, protestar, molestarse, manifestarse agotada. Era como un cementerio viviente, todo lo que veía u oía moría en su cuerpo, jamás lo regresaba al mundo exterior. Infatigable la vieja, recuerdo que se levantaba temprano a preparar el desayuno de mi abuelo, un dictador, mejor decir su tirano. Era sumamente obediente, disciplinada, ordenada y muy pausada al hablar, de esa mansedumbre que agota, como la de tantas mujeres de su tiempo. Sus temas de conversación eran vagos, vivía ajena al mundo, ignoraba quién era el presidente de turno y no creo se haya enterado de la llegada de los barbudos hasta que le faltaron algunos condimentos. Nunca manifestó preferencia por cantantes o artistas, creo que para ella no existieron y dudo haya bailado alguna vez.

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