Cuba es un cuento, compay

Pupa está transmitiendo en vivo

¡Qué sorpresa! Hacía muchos años que no sabía de ella y la hacía muerta. La última vez que la vi estaba muy maltratada, y les cuento, aun no existía ese Periodo Especial. No era necesario, Pupa arrastraba todas las calamidades vividas por nuestros esclavos, es negra. ¿Quién iba a decirlo? Tampoco crean que resultó muy fácil identificarla, nada de eso, sigue siendo fea, aunque ahora se encuentra rejuvenecida. Bueno, tampoco me creí la imagen de su techo, tiene que ser una peluca porque Pupa era peloncita. ¡No digo, yo! Las veces que la vi pasarse el criminal, que en aquellos tiempos no era eléctrico. Recuerdo que lo calentaban en un reverbero y cuando estaba listo, se lo pasaban usando aquella vaselina sólida de marca desconocida, algo verdosa.

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¡Que no lo dije yo, carajo! Lo dijo Abelito Prieto, el hermanito de Pinocho. Su padrecito no se llamaba Gepetto, creo que no sabía ni timbales de carpintería. Todo lo contrario, desde que vio la luz del día se acabaron los muebles. Pues dijo Abelito, con su nariz estirada como la de Pinocho, que le daría cadena perpetua a todo el que dijera una mentira. Aparte de la madera se joderá el acero, porque miren que se necesitarán eslabones y grilletes, se jodió la construcción de la placa en casa de mi tía. Dime tú, si para cada mentiroso hay que fabricar una cadena, no se podrán elaborar las cabillas.

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Esmirdo Rodríguez, últimas singladuras.

Siempre escribí su nombre con 'l', tiene que haber ocurrido por ese vicio propio de los cubanos en no pronunciar la "r". Lo he mencionado en varios de mis trabajos porque ha formado parte de mi historia como marino. Luego reviso todo lo que he escrito sobre mis compañeros de profesión y encuentro que excluyendo un solo caso, todos son temas de homenajes póstumos.

Al día siguiente de mi primer viaje a Miami en el año 1994, le pedí la guía telefónica de esa ciudad a mi tío.

-¿A quién piensas buscar? Preguntó el viejo, algo majadero, pero tolerable aún.

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El hombre que se creyó inmortal

Su cuerpo descansaba frío y había adquirido el color de cualquier vulgar cadáver. Despojado de su uniforme y chaleco antibalas, adquiría matices casi humanos, los mismos que un día disfrutara aquel viejo caminante que no era de Paris y fue conocido en toda La Habana. Sin escolta que velara por su despojos, aquella figura, aún muerta, mostraba la invalidez de cualquier niño indefenso que clama por la presencia de su madre. Restos de su arrogancia sobrevivían a su muerte, y aquel temor que causara con su sola presencia, comenzaba a apagarse como le sucede a cualquier vela.

Había perdido la noción del tiempo transcurrido dentro de esa cámara, su espíritu, encerrado junto a él, permanecía casi congelado esperando por el destino que le asignaran. Oscuridad y silencio, serían las peores condenas a las que fuera sometido por más de medio siglo de existencia. Aquella ausencia de plazas llenas de banderitas agitadas y altavoces que retumbaban una ciudad entera, iban desapareciendo en la medida que navegaba por un estrecho túnel con una lucecita al final, fin que nunca pudo alcanzar y moría remordido por la intriga.

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Un bistec para el Práctico

- ¡Adelante! Casi gritó ante los insistentes toques en la puerta de su camarote.

-Buenos días, Capitán. Saludó el visitante una vez adentro, era un hombre de figura estrafalaria que vestía un delantal embarrado con gotas de sangre, como si hubiera terminado de cometer un asesinato. Llevaba puesto el gorro de cocinero establecido por el reglamento, una especie de butifarra plisada que se ampliaba en el tope y debía tener la figura de un ridículo hongo. Solo que esta vez se negaba a mantener el equilibrio y estaba más inclinada que la Torre de Pisa. En sus manos cargaba un diminuto paquetico y no logró despertar la curiosidad del Capitán, quien tampoco apartaba los ojos de un montón de panfletos entregados hacia unos momentos por el Primer Oficial.

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