Cuba es un cuento, compay

Me gusta como caminan las cubanas

Si algo extraño de mi tierra, es ese andar tan particular de nuestras mujeres. Bueno, al menos las de mi juventud y madurez, no puedo hablarles de las de hoy, solo las imagino. Es que eran especiales y sabían acaparar la mirada indiscreta de cualquier hombre que cruzaran a su paso, no todas, siempre existen excepciones. Pude vivir entre dos etapas, la de aquellos vestidos que se extendían más debajo de las rodillas y aquellas sayas plisadas que deformaban su figura, largas también. Luego vino la moda impuesta por la necesidad, la escasez de tela. Las sayas se transformaron en minifaldas, se perdieron las mangas largas, justificadas ahora por el clima tropical. Un poco más tarde fue mucho peor o mejor para la vista, apareció el "baja y chupa" y la lycra lo sustituyó todo, hasta la imaginación.

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Monumento a la jinetera desconocida

Murió Celia la hija de Victoria, si la memoria no me traiciona, ella debió ser la séptima en el orden de los hijos paridos por su madre. Todos eran de diferentes colores, unos con pelos lacios envidiables, otros rizados y los más atrasaditos lo tenían encaracolados, ese que en el patio señalan como "pasa", pero muy noble ante el peine, nada rebelde.

Victoria fue muy agradecida con la revolución y bautizó a sus últimos hijos con nombres de mártires cuando la rescataron de lo que ella consideraba una tragedia. Tampoco fueron bautizados por la iglesia como puedan interpretar, ya para esas fechas gobierno y clero eran ácidos enemigos. María, Carlos, Arturo, Luís, Mirtha, René, Celia, Camilo, Fidel, Haydee, ninguno guarda parecido entre ellos y todos comentan, con mucha razón, eran de padres diferentes.

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-No sé qué haces por acá. No le prestaba mucha atención entonces. El auto se deslizó unos siete metros luego de aplicar el freno a tope. Un ligero susto hizo que concentrara la mirada en los autos que esperaban por la luz verde en la avenida perpendicular. Por suerte, la mayoría de los conductores se toman unos segundos más antes de poner sus vehículos en marcha. Debía reducir la velocidad, cuarenta kilómetros por hora eran demasiados para las condiciones actuales. Hacía solo dos horas que estaba lloviendo hielo y todas las calles de la ciudad se convirtieron en una pista de patinaje, agravada la situación por la nieve caída dos días atrás. Ésta es la etapa más difícil del otoño, llueve, nieva, cae hielo. Luego, cuando las temperaturas descienden hasta saltar por debajo de los treinta, todo se torna normal y la gente se adapta a su vida de pingüino.

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Cotorrita

Son frecuentes las fotos de turistas cubanos al lado de la estatua del "Caballero de Paris" en La Habana Vieja y con esa misma frecuencia que las veo, practico una especie de auto trepanación. Busco entre las gavetas de mi mente y no encuentro a ese hidalgo caballero de la realeza francesa caminando por ese barrio habanero. Está bien que los extranjeros sean emboscados con estatuas de Lady Di o con la de Juanito Lenon después que despotricaron tanto de ellos, pero que sean cubanos los que caigan tan fácilmente en esas trampas.

¡Puede que sí! Puedo estar equivocado en mis apreciaciones y veinticuatro años pisando esas calles me hayan traicionado. Es posible que ese eterno gitano o nómada criollo, disfrazado de mosquetero, anduviera por las mismas aceras durante mis ausencias, todo es posible.

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Amor en el ocaso

Cuando el amor llega tarde es mal visto, puede ser considerado inmoral, como si los viejos no tuvieran derecho a amar o ser amados. Todo es incorrecto y hasta ridículo. No se te ocurra nunca contar un sueño, describir un rostro, cuerpo o figura. Besar es rancio, debe serlo también los labios que se besan. Babosos, dirán algunos, hasta envenenados de mal aliento. ¿Una erección? Ridículo, pecaminoso, falso, pura comedia. Así nos juzgarán a los viejos, y a los que no lo son tanto.

¿Qué desean para nosotros? La tranquilidad de un sillón asignado como cualquier trono, hasta la muerte llegue. Luego, solo unas horas después, arderá su madera como aquellos Ninots que no fueron premiados. Sobrevirá uno de ellos, después, correrá la misma suerte el día que moleste su existencia, cada viejo tiene su Falla. Un poquito más tarde, solo un poco, dichoso el que sobreviva a los dominios de ese aparatico que ha sustituído nuestros rostros, voces, sentimientos, corazones y también a la familia, seremos pocos los afortunados.

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