Las trágicas pasiones de Cándida Moreno

Las trágicas pasiones de Cándida Moreno narra una historia de amor entre dos jóvenes que deben enfrentar la incomprensión e intolerancia de sus padres por pertenecer a mundos diferentes. A partir de una realidad fabulada, el autor nos adentra en un mundo sórdido, donde los personajes, con autonomía, expresan sus propios desafíos. Novela irónica, de tintes casi policíacos con un final sorpresivo.

CAPITULO 1

Ruedan los carros de manera esporádica por la avenida asfaltada; unos muchachos gritan y se escuchan los pasos apresurados de alguien, el estallido de vidrios al romperse y una risa colectiva.

Dentro de la pequeña sala iluminada por una lámpara de luz fría que cuelga del techo -las telarañas envuelven los tubos opacando aún más el ambiente; una de las cabezas de un tubo ha alcanzado una coloración negruzca-dos hombres conversan bebiendo de vez en cuando de unos vasos cuarteados.

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CAPITULO 2

Ruedan los carros de manera esporádica por la avenida asfaltada; unos muchachos gritan y se escuchan los pasos apresurados de alguien, el estallido de vidrios al romperse y una risa colectiva.

El auto se detiene frente a la casa marcada con el número dos, cercada con muros de hormigón unidos entre sí por ladrillos revestidos. El conductor del vehículo, un hombre de calvicie pronunciada aunque relativamente joven, queda unos segundos pensativo frente al timón. Cuando baja, observa un breve tiempo hacia el interior y antes de dar la espalda apaga el radio.

En la acera, se mantiene detenido, como dudoso de entrar por la verja de hierro que lo conducirá a lo largo de un pasillo de cemento hasta el amplio portal iluminado con lámparas fluorescentes circulares. Al fin echa a andar y abre el candado que mantiene unidas dos puertas de hierro más amplias, vuelve a ascender al automóvil y luego de maniobrar de manera diestra lo conduce hasta el garaje.

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CAPITULO 3

A lo lejos se escucha el estrépito de unos vidrios rotos y acto seguido unos pitazos que llenan la noche. Cándida introduce la llave en la cerradura y empuja con el hombro la pesada puerta. Sus padres quedan mudos y Hermelinda remeda la señal de la cruz.

Trinidad se pone de pie y la interroga. Quiénes la trajeron hasta la casa. Por qué ha venido tan tarde. Si no escuchó cómo la policía perseguía a alguien. No debía continuar saliendo en horas de la noche. Era peligroso para una muchacha de su edad, sobre todo por el tipo de ropas que vestía y las prendas.

-No me fastidies, mami -contestó la muchacha de malhumor y abandonó la habitación, dejando al padre con la intención de dirigirle la palabra.

Entró a su cuarto. Después de mirar debajo de la cama, cerró la puerta. Las luces inundaban la habitación y a pesar de eso sentía miedo. Todavía el corazón le latía apresurado, y recordaba la acción del hombre que, con la mirada de rabia, había roto la botella para amedrentar a sus atacantes. No volvería jamás a aquel lugar, ni aunque la invitara a bailar un hombre como el profesor de natación.

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CAPITULO 4

Canta un gallo madrugador y el joven se mueve semidormido en la estrecha cama. Restriega los ojos mientras se sienta maquinalmente y la madera cruje al compás de los movimientos del torso. Levanta la cabeza y antes de empezar a mover el cuello en sentido rotatorio descubre el surgimiento del disco del sol amarillo rojizo en el horizonte.

Los demás comienzan a despertar y desde el piso superior de la litera le gritan una obscenidad, conminándolo a buscarse una mujer que le calme los ardores.

-Pídeselo a Rosina -le dice un rubio pecoso acompañando su consejo con una risa sarcástica.

En breves minutos el amplio local se convierte en un hervidero; jóvenes semidesnudos, con el cabello ralo y casi todos lampiños, salen en estampida llevando cepillos dentales en la mano o aprisionados entre los dientes. El rubio pecoso se lanza desde lo alto y luego de flexionar las piernas varias veces, llega muy cerca de su compañero; casi al oído, le pregunta:

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CAPITULO 5

Al día siguiente, el cielo amaneció de un color gris plomizo y las nubes, embravecidas, se desplazaban cargadas de presagios. Pedro Garandel, al pasar junto al radio, lo conecta y continúa en busca de los zapatos mientras su esposa desde la cocina casi le grita que ya puede ir a beber el café.

El tic-tac de la estación radial comienza a martillar a intervalos exactos todo el espacio disponible en aquellos minutos en que Pedro se escuece los labios con el café e intenta de manera simultánea conseguir brillo de sus zapatos, que ya no tienen color definido. La esposa, de pie junto a él, sosteniendo en un brazo al niño y con la mano libre el biberón de leche, le habla acerca de todas las dificultades previsibles para el resto del día, desde una tos que no abandona al hijo hasta la leña húmeda acumulada en el fondo del patio que no servirá para preparar el fogón.

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