Inventando

El poblado habanero de Jaimanitas es pródigo en borrachos y locos. El Chapi pertenece a ambos gremios. Se le ve siempre hurgando en la basura. Recolectando objetos que tal vez en su imaginación constituyan valiosos trofeos. Cantando o recitando poemas. Hablando con lenguaje culterano. Pero sobre todo, con la caneca de alcohol en la mano, dándose buches largos por la calle.

Cuando las casas del pueblo abren sus puertas cada día, los latones de basura muestran la ruta insoslayable del Chapi. Recolecta en una bolsa los restos de alimentos que encuentra, algunos le sirven para sobrevivir y otros se los lleva a Crispín para las gallinas, a cambio de que le rellene la caneca.

Este loco-borracho es un buen conocedor de la poesía antillana y la recita con una entonación peculiar, asombrando a todos con su prodigiosa memoria, que le ha hecho famoso en Jaimanitas.

Pero El Chapi no toda la vida fue un loco, ni beodo. Muchos dicen que fue el mejor chapistero que ha dado La Habana. Los chapistas, que hoy están haciendo fortuna con el negocio de restaurar autos, reconocen que no les llegan ni a las chancletas al Chapi.

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Juan Carlos González Marcos -conocido como Pánfilo desde niño por su familia y en su barrio, y luego por millones dentro y fuera de Cuba- vuelve a ser noticia. Aunque sigue bebiendo y proclamando por las calles en los alrededores de Calzada y Malecón, en El Vedado, que "aquí lo que hace falta es comida, ¡jama, jama!", lo nuevo es que pudiera irse para Estados Unidos como refugiado político, según lo que le digan en la entrevista que tiene el día 20 de abril en la Oficina de Intereses del gobierno norteamericano en La Habana.

Para algunos, esa noticia pudiera ser motivo de risa o de enojo, porque seguramente hay muchos en Cuba que califican más para recibir ese estatus, y él es el primero que lo sabe y que lo dice, pero lo cierto es que no fue allí a solicitarlo y que, además, nunca hizo a propósito nada para ganarlo. De hecho, declara que "los que me volvieron un político fueron "ellos" (las autoridades judiciales y policíacas, se entiende). Y añade:

"Yo nunca le he tirado ni un hollejo a un chino, pero dije una verdad y mira lo que me hicieron".

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Unos 600 talleres de reparación de equipos electrodomésticos existen en toda Cuba. Millones de servicios han prestado a la población; aunque la calidad de estos mantenimientos ha disminuido en las últimas décadas.

El ciudadano común no se siente complacido cuando acude a estos talleres. "Ya todo cambió. Ahora te dicen que no hay la pieza pero que te la pueden conseguir "a tanto", y lo que te costaba cinco o diez pesos te sale en más de cien"-argumenta un vecino de Centro Habana, a la salida del taller Bostock, en la Calle San Lázaro.

"Son los mismos trabajadores, de muchos años, tratan de resolverte el arreglo pero tienen que vivir, sacarle algo al arreglo. Los tiempos han cambiado mucho, aquí tienes que seguir con un equipo por mucho tiempo, se te vuelve "un cacharro viejo", no lo puedes botar, cuestan muy caro en la shopping"- dice el mismo anciano que no pudo resolver la pieza del ventilador por no alcanzarle el dinero.

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La capital cubana luce un contraste desalentador en los últimos meses. Por una parte los trabajadores por cuenta propia que hacen un esfuerzo por granjearse sus clientes a partir de la calidad de sus servicios, del otro lado, los revendedores que se hacen pasar por cuentapropistas, o quienes se unen en un dúo siniestro que nada tienen que ver con la satisfacción del público.

Estos duetos escogen los lugares tentadores, sobre todo donde acuden niños como sucede en el Parque Metropolitano, conocido como el Bosque de la Habana, donde se encuentra el área abierta que incluye un museo techado, de la exposición de dinosaurios itinerantes, traída a la Habana por especialistas venezolanos, la cual fue inaugurada en abril y estará hasta septiembre.

Cerca de donde se hace la fila para entrar en la zona de exhibición se ven rústicas mesas y personas que lo que menos tienen es aspecto de trabajadores no estatales y si de burdos revendedores. Después cuando se sale de la exposición aparecen decenas de tarimas con todo tipo de atracción infantil.

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Desde un simple mazo de lechuga hasta un pichón de cocodrilo, valorado en 30 pesos convertibles (33 dólares), se vende en la llamada "candonga para carretilleros", un sitio ubicado a 15 kilómetros del centro de La Habana, en la avenida 114 y autopista de Pinar del Río, en el municipio de Marianao.

Este lugar -de aproximadamente 150 metros cuadrados- habilitado por el Estado, recibe a diario entre 20 y 25 camiones particulares con productos agrícolas, provenientes de todas las provincias del país. Mientras los carretilleros (vendedores de viandas, frutas y hortalizas, extinguidos por la revolución desde hace más de 40 años) están de vuelta en La Habana, los Mercados Agropecuarios Estatales se deprimen. ¿Y por qué razón se deprimen?.

Ante tal interrogante, hace poco decidí visitar este punto de venta mayorista, en la periferia capitalina, hoy equivalente a lo que fueron la plaza de Cuatro Caminos o el mercado de Carlos III antes del triunfo de la Revolución. Este centro de acopio, descontaminado de impagos al productor y de toda la sarta de mecanismos burocráticos propios del socialismo, vende de primera mano todos los productos agrícolas que ofrecen los particulares en la capital, y hasta incluso los que consumen algunos organismos e instituciones del Estado.

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