Conflictos sociales

Desde hace algunos años, durante los fines de semana, y sobre todo en las fiestas populares de la esta ciudad, son frecuentes hechos violentos que terminan en lesiones, heridas y muertes.

Lejos están aquéllos tiempos en que antes de iniciarse una pelea, uno de los implicados trataba de impedir el enfrentamiento. Recuerdo que se formaba un corro alrededor de los contendientes y alguien del grupo advertía que nadie se metiera. Aquellas peleas eran a puño limpio, y el mero intento de tratar de imponerse usando artimañas que se alejaran de un código no escrito pero indeleblemente concientizado, era desaprobado de inmediato, y el estigma de cobarde perseguía durante un buen tiempo al transgresor. Ahora los puños han sido reemplazados por cuchillos y machetes.

Son otras las normas que marcan la conducta de quienes, mientras más agresivos y vulgares se muestran, más hombres se creen. Son los supermachos guantanameros, los mismos que orinan en cualquier lugar público, sea el parque Martí o el portal de la casa del poeta Regino E. Boti; o los que endilgan par de bofetones a la hembra que los acompaña, por menudas simplezas, o escandalizan en cualquier lugar público, debido a sus escasísimas decencia y cultura.

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La discriminación étnica está prohibida por ley en la isla, pero la Revolución no hizo cumplir la letra y hoy los negros que reclaman igualdad son considerados opositores. Un tema tabú que aflora con la crisis económica.

A 130 años del fin de la esclavitud en Cuba y a 53 de la llegada de Fidel y Raúl Castro al poder, los negros ocupan puestos de trabajo de baja calificación, reciben menores ingresos que los blancos y representan el 80% de la población carcelaria. Hoy, los afrocubanos que reclaman por la igualdad son considerados disidentes del régimen. Eso lo saben muy bien los integrantes del Comité por la Integración Racial (CIR), asociación que funciona en el primer piso de una casa particular ubicada en la populosa avenida 23 de La Habana.

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Los indicadores mostrados por Cuba en los resúmenes anuales del ministerio de Salud Pública, entre los que destacan la más baja tasa de mortalidad infantil de América Latina, un promedio de vida similar al de países desarrollados, un cuadro de vacunación integral y rigurosos controles epidemiológicos, sitúan a la isla, según la Organización Mundial de la Salud, entre los países con mejor organización y vigilancia en el combate contra enfermedades. Sin embargo, un estudio que realiza el investigador y promotor independiente de Sanidad -como se auto denomina- Joaquín Bustamante, arroja un crecimiento desproporcionado de dos enfermedades crónicas que afectan seriamente a la población cubana y el Estado no toma medidas para combatir.

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La violencia intrafamiliar, otra asignatura pendiente

El patriarcado, la homofobia, el racismo y la violencia intrafamiliar son algunos de los ejes de la violencia que, en la sociedad cubana, descansan sobre bases ideológicas.

Aquí no existe ley alguna contra la violencia. Mientras el mundo dispone de programas de entrenamientos contra hombres envenenados, aquí el sistema educacional no cuenta con personal calificado para escuchar al otro, y el abuso de poder, por parte de muchos profesores, es una realidad.

El personal de la Salud no está capacitado para brindar asistencia a víctimas de la violencia doméstica, ni para identificar diversas formas de la misma. Es notable la ausencia de asistencia especializada a víctimas y de medidas que regulen su protección. Los medios tampoco cuentan con una pedagogía audiovisual diseñada para desmontar el fenómeno.

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Los comentarios y anécdotas de boca a oreja (única fuente medianamente creíble para nosotros) dan cuenta de un alarmante ascenso en los niveles de violencia doméstica en La Habana. Hombres que les pegan sin contemplación a sus mujeres, que se enredan entre ellos a trompadas o a machetazos por cualquier sencillez, o que matan por robar menudas bagatelas… Seres humanos que han adoptado la crispación y la falta de escrúpulos como estados naturales, debido a que el fracaso y la desesperanza y la impotencia los están reventando.

No hablamos, claro, sobre La Habana de los recorridos turísticos, sino de la auténtica -que es muchísimo mayor y más representativa-, la de los perdedores crónicos, responsables de que Cuba alcanzara el primer lugar en los índices de suicidios de todo el hemisferio, según la Organización Panamericana de la Salud.

Estamos hablando de miles, cientos de miles de cuarterías donde habitan hasta más de diez personas en una sola habitación, de barrios insalubres y sin agua corriente, de penurias múltiples, de suciedades, de inopia, de gente amargada que cuando no consigue huir de su entorno por los más inimaginables conductos, busca escapes mediante el alcohol, la droga y otros vicios.

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