Transporte

El tren

Siempre que caminaba por la terminal de trenes de La Habana en dirección al puerto, mi vista saltaba involuntariamente como un resorte, hacia una enorme valla que se encontraba situada muy próxima a su edificio central. Desconozco los motivos que me llevaran a observarla siempre que usaba ese camino, lo cierto es, que allí estaba pintado ese viejito de barbas y melena llamado Carlitos Marx (único hippie autorizado en la década de los sesenta). Al lado de su brillante cabeza había un pensamiento de él, decía en sus inicios algo así; "El ferrocarril es el nexo más importante entre la ciudad y el campo, tao, tao,tao.

Yo siempre me reía después de leer aquello, creo que mi comportamiento era algo masoquista, luego continuaba a luchar contra Alicia en el país de las dificultades. Pienso que por ser marino, no solo pertenecíamos a esa clase de cubanos que viajaban por el mundo, muy escasos por cierto. Viajábamos más que el ciudadano común a bordo de los ineficientes servicios de Cubana de Aviación (una autorizada justificación para emborracharme), no es broma, el problema es que al enterarme de que los aviones cubanos usaban gomas recapadas, y que además de eso las mostraban con orgullo en los noticieros, era motivo suficiente para viajar en esa condición, no sin antes encomendarme a Dios.

Muchos de nuestros recorridos lo hacíamos en guaguas interprovinciales, otra de las tragedias del país, al principio éramos beneficiados por una boleta que nos daba privilegio sobre cualquier pasajero de la lista de espera, luego, tuvimos que jodernos como ellos. Cuando los puertos se encontraban un poco más cerca de la capital, nos poníamos de acuerdo dos o tres tripulantes y tomábamos un taxi (solo hasta donde se ofertó ese servicio). En fin, nadie sin razones justificadas realizaría viajes hacia o desde el interior del país, nosotros lo hacíamos por necesidad y eran motivos de angustia, cada vez que el buque era asignado a cualquiera de los puertos del interior.

En 42 años de régimen castrista nunca han funcionado bien los trenes, ni el especial (que de especial no tenía un peo), ni el número uno, menos aún el lechero. Por tal razón siempre me dije; que si ese era el nexo más importante entre la ciudad y el campo estábamos muy jodidos, también, porque el campesino se convirtió con el tiempo en un cruel explotador del hombre de la ciudad, eso no necesita explicación, el hambre sufrida durante estas cuatro décadas lo dice todo.

En el año 1978, yo transporté coches de pasaje de tren marca FIAT desde Buenos Aires para Cuba, recuerdo que lo hice a bordo de un buque angolano, pero un tiempo antes, había llegado parte de ese lote de coches en diversos barcos cubanos. Semanas después de mi arribo a la isla, el buque fue designado para cargar azúcar en sacos en Santiago de Cuba y éste sería el final de mi destino en esa nave.

Recuerdo que al desenrolarme, no me fue posible obtener pasaje en las guaguas interprovinciales y no tuve otra alternativa que viajar en tren. A la hora de la partida sentí un gran alivio al ver como paraba en la estación, uno de aquellos coches argentinos traídos quizás unos meses antes, la boleta decía que ese tren era especial. Luego, el viaje se convirtió en una tortura, el coche no tenía funcionando el aire acondicionado y era herméticamente cerrado, el servicio sanitario se encontraba tupido y desbordado, el servicio de cafetería que ofertaban era pobrísimo y por último, el viaje duró unas veinticuatro horas, al final de aquella aventura llegamos totalmente desfallecidos, y nos tocaba la dura tarea de buscar un taxi hasta Santos Suárez con todo nuestro equipaje.

Hasta el año 1991 (fecha de mi salida definitiva de Cuba), la situación del funcionamiento de los trenes en la isla era pésimo. En una sociedad que siempre creyó resolver sus problemas mediante el dictado de decretos, órdenes, orientaciones, reglamentos, etc., sin llegar al fondo de las causas de sus problemas, el hombre desarrolla por instinto natural fórmulas destinadas a burlarlas para tratar de sobrevivir. En esta caótica situación se vio envuelto los trenes, como todo lo que represente una necesidad para el ser humano, que en el caso cubano se puede resumir diciendo que todo era caótico.

Para poder viajar con urgencia te encontrabas a merced de aquellos que traficaban con el expendio de los pasajes, desde personas que compraban los boletos para revenderlos, hasta de los mismos funcionarios de cada estación. Por tal motivo y cuando nos privaron de la boleta especial para viajar, los marinos se dejaron llevar por las corrientes que imponían las reglas del juego, es decir, el soborno. Todos llegábamos desesperados por estar con nuestra familia y eso teníamos que resolverlo al estilo cubano, para ello y cuando la desgracia nos obligaba a viajar en tren, cargábamos con nosotros artículos de primera necesidad que nos abrían muchas puertas, jabones, shampoo, pañuelos de cabeza, cigarros, gorras, etc., cosas insignificantes pero imposibles de adquirir en el mercado. En esos tiempos no caminaba el dinero en el tema de los trenes.

Siempre nos poníamos de acuerdo un grupo de marinos para viajar juntos, a pesar de todas las dificultades que se vivían en uno de esos viajes, nosotros los convertíamos a nuestra manera en encantadores, después de sobornar al sobrecargo del tren y a sus ferromozas. Las tripulaciones que partían desde Santiago de Cuba hacia La Habana eran relevadas en Camagüey, donde también era reabastecido el tren. Hubo una época donde se ofertaban bocaditos, jugos, cervezas, refrescos y hasta compotas de niños, debió ser cuando no existía todavía el bloqueo.

Casi siempre realizábamos el viaje consumiendo cerveza escondidos en el coche cafetería, al llegar a Camagüey, la tripulación saliente nos presentaba ante su relevo de manera muy formal, garantizándonos de esa manera culminar el viaje felizmente. Nosotros guardábamos para ellos el botín que les correspondía. No fueron pocas las oportunidades en las que se conquistaba alguna muchacha, y el tren ofrecía un sitio maravilloso para hacer el amor, el espacio entre coches era una buena posada, se estaba en contacto con la brisa que llegaban de los cañaverales, el traca-traca producido por las ruedas sobre los raíles, las pitadas y por último, el susto permanente a ser sorprendido in fraganti, eso provocaba una demora involuntaria para llegar al orgasmo. En otras oportunidades el amor podía realizarse en el mismo asiento, solo era necesario esperar a que el pasaje se durmiera, o cuando algún cabrón dejaba oscuro el coche para poder robar.

En la medida que se caían las hojas del almanaque, así empeoraba la situación del pueblo y la de los trenes, mucha gente viajaba hacia el interior en busca de comida para satisfacer sus necesidades, y en la mayoría de los casos para revender los productos en la bolsa negra. Contra esos seres se desató entonces la furia del Estado, sin ocuparse de combatir el hambre a la que sometía al pueblo. Cada cierto tramo de camino y de manera sorpresiva, embarcaban militares o policías en busca de paquetes con alimentos, poseer café o mariscos era más peligroso que portar mariguana, yerba desconocida por las nuevas generaciones. En esos arbitrarios sondeos a trenes civiles, la gente colocaba sus paquetes alejados de sus asientos y como regla general, nunca aparecía el dueño, era preferible perder la carga que ir a prisión, luego se desconocía el rumbo del producto decomisado.

Al escasear las ofertas de comestibles en los trenes y agravarse cada día más la situación del país, los trenes eran abordados en las estaciones por merolicos, que ofrecían su pobre mercancía de manera clandestina, ser sorprendidos en esa actividad representaba una multa o prisión en caso de reincidencia. Era muy poquito lo que podían vender, maní, turrón de maní, coquito, raspadura, etc., que la gente compraba desesperada y luego de consumirlas se convertía en una tortura por la falta de agua en el tren. Amén de los servicios sanitarios, no vale la pena hablar de ellos porque así se encontraban todos los públicos de la isla.

Hay que sumar a todas esas penurias sufridas durante alguna de aquellas aventuras ferroviarias, la aparición del robo a los pasajeros. Al principio de mis viajes en tren, los blancos preferidos de los ladrones eran los equipajes llamativos, generalmente las maletas que no se ofertaban en el mercado nacional, por tal razón, los marinos ocupábamos el primer lugar dentro de esa selección realizada por los ladrones. Cuando se viajaba en grupo no había muchos problemas, pero al hacerlo solo ellos se multiplicaban. Generalmente yo viajaba con un maletín de mediano tamaño, al que nunca colocaba en el porta equipajes del techo del vagón, tenía que viajar incómodo y ponerlo muy cerca de mis piernas, luego, al caer la noche, me lo amarraba con una soguita.

En uno de mis últimos viajes en tren de Júcaro a La Habana, en aquellos incomodísimos coches que Cuba le compró de uso a España, y que están divididos en cubículos para ocho personas, con unos asientos duros como palos y en ángulo recto sin otra opción, la propia ferromoza avisaba a los pasajeros de no quitarse los zapatos si se quedaban dormidos para evitar el robo de los mismos. Aquellas jaulas extremadamente sofocantes para nuestro clima, eran de por sí una verdadero castigo, a la arribada a la capital mi esposa y yo vimos descender a dos infelices parejas descalzas.

Los trenes de carga no escapaban a estas anormalidades, recuerdo el escándalo que se produjo en una oportunidad y que fuera publicado por la prensa del gobierno, cuando un tren cargado de papas con destino a Santiago de Cuba se rompió por el camino, y se echó a perder la carga, solo se salvaron las robadas por los pobladores aledaños a la zona, esto debe dar una idea aproximada de la inexistencia de poderes para tomar decisiones en la isla, a nadie se le ocurrió buscar otra locomotora, sacar el producto en camiones o sencillamente distribuirlos en la región cercana, aquella papa se echó a perder y las provincias a las que estaba destinada, han sido unas de las más azotadas por el hambre dentro del país.

No creo que valga la pena hablar de otros ferrocarriles con peor servicio, entre ellos los que existían entre La Habana-Pinar del Río, el eléctrico de Habana-Matanzas y por último el de Habana-Cienfuegos, otro verdadero desastre. De éste tengo el recuerdo de haber sido mi último viaje en tren en la isla, salí de la estación ubicada en Tulipán para aquella ciudad a las nueve de la mañana, y arribé a Cienfuegos a las seis de la tarde. El tren carecía de agua con un sol implacable que convertía cada coche en un verdadero infierno, hizo una parada de una hora para que la tripulación comiera en el pueblo de Amarillas, pero como es de suponer, los pasajeros no podían abandonar sus equipajes por temor al robo, creo que llegué a mi destino casi deshidratado.

Estas deficiencias las pude observar en algunos países con sistema socialista, en mi último viaje a Corea del norte, el buque tuvo varios días detenida la carga de maicena, mientras las autoridades del puerto me notificaban que el tren se había perdido, increíble, pero cierto.

¡Ya sé! ¡Ya sé! Me van a decir que los trenes chocan diariamente en la india con cientos de muertos, pero el caso es que yo no soy indio, yo soy cubano y se supone que vivía en el paraíso de este universo.

Publicado originalmente en Conexión Cubana el Jueves, 26 de Abril del 2001.
A pesar de no estar actualizado, creemos que es bueno que no se borre de nuestra memoria.

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