Trabajo y economía

Pulgas por cuenta propia

0
0
0
s2smodern

Patizamba, contrahecha, tropezando a cada paso con ella misma, igual que Chencha La Gambá, la apertura al trabajo por cuenta propia sigue respondiendo a su principal expectativa: mantener entretenida a la gente en Cuba.

Sobre todo en La Habana, donde difícilmente transcurra un solo día sin sobresaltos para ese contingente de menesterosos que se apilan en espacios restringidos -dicen las autoridades que para no afear la ciudad-, tratando de vender casi todos la misma mercancía, asediados por los extorsionistas de oficio, y tensos a tiempo completo por algo que es todavía peor: la incertidumbre ante lo que pueda ocurrir, sea pronto, mañana, o tal vez dentro de un rato.

Su último motivo de tensión en estos días es una bola según la cual están a punto de prohibirles que vendan ropa y zapatos, justo los dos renglones de mayor demanda pública y, claro, los que más beneficios reportan a los cuentapropistas.

Ojalá que no pase de ser un rumor, por más que ya se conoce la puntería digamos profética que suelen contener las primicias que nos adelanta Radio Bemba.

El mercado de ropa y zapatos que recién sacaron a la luz estos cuentapropistas, es, ni más ni menos, el mismo que funcionó aquí en forma ilegal durante largos años. De hecho, una buena parte de ellos (quizá la mayoría) no posee aún licencia para venderlos, aun cuando los exhiben en sus mesas, valiéndose de otros tipos de licencias que les faciliten la apariencia de legalidad.

También las fuentes que abastecen este mercado hoy cuasi legal de ropas y zapatos son exactamente las mismas de siempre: los pulgueros y las traperías de Miami y de otras ciudades en los Estados Unidos o Latinoamérica.

Muchos cubanos pobres que residen en esas ciudades, y otros aún más pobres que las visitan, aunque residen aquí, han encontrado en los pulgueros un modo de ayudar a sus familias sin incurrir en gastos que sobrepasen sus reales presupuestos.

Además, las ropas y zapatos provenientes de tales sitios campean en La Habana con su glamur de "vestimenta de afuera", por lo general mucho más atractiva -en tanto más variada en sus modelos y más a tono con los dictados de la moda-, pero también con precios mucho más asequibles que los de las boutiques estatales.

Debe ser muy alta la cifra de familias habaneras que hoy no sólo se visten y calzan, sino que incluso comen gracias a la trapería de pulgueros que le suministran sus parientes desde el exterior. Un hecho inaudito, ante el que algún que otro escrupuloso se apretará la nariz, pero no por ello deja de ser corriente y hasta natural entre nosotros. Amén de que resulta básico a la hora de entender por qué a los vendedores por cuenta propia, por un lado, y a los consumidores, por el otro, podría caerles como un bombazo la prohibición de este mercado.

Sería aberrante que una vez legalizado o tolerado, luego de muchos años de auge clandestino, el régimen decida volver a perseguir la venta de ropas y zapatos por parte de particulares. Si antes no pudo conseguir su erradicación, mucho menos la conseguiría ahora. De modo que además de hacer el ridículo, estaría alimentando con nueva leña el horno de la infracción y el trapicheo en bolsa negra.

Paradójicamente, este tipo de mercado constituye un caso excepcional, único quizá, en el que los cuentapropistas no tienen que incurrir en delito contra la economía nacional para adquirir el producto. Llega a sus manos limpio de polvo y paja, sin que el régimen invierta ni pierda nada por conducto del robo o como productor.

Entonces la pregunta es: ¿qué puede ganar con su prohibición?. ¿Quitarse de en medio a un competidor que amenaza con poner a las shopping contra las cuerdas?. Sería una ganancia muy extraña, toda vez que, como ya quedó dicho, la prohibición de este mercado no va a determinar ni remotamente su fracaso.

0
0
0
s2smodern