Sexo y relaciones

Conversaciones con una jinetera

Cada año miles de mujeres salen de Cuba en busca de una vida mejor. Yanet es una de ellas aunque su futuro, de momento, es un prostíbulo de Ecuador.

Después de hacer su baile erótico al futuro novio, Yanet no demoró en vestirse. Estaba sentada en una de las sillas del salón de convenciones del hotel que convertimos en un antro para despedir la soltería de un gran amigo. Cuando me acerqué a la mesa de tragos para rellenar mi vaso, ella, desde lejos, me pidió que le regalara agua. La sed de Yanet era evidente, porque apenas le entregué la botella grande de Güitig, bebió un largo sorbo chupando el pico del envase plástico que ya estaba maltrecho después de tanta manipulación de los que tomaron whisky. Tragó, me miró y me agradeció.

Pensé que su gratitud era por darle de beber, pero realmente era "porque ustedes se han portado como caballeros", me dijo con su acento cubano y con una seriedad que me convenció. Le pregunté cómo era eso, "porque hay gente que no se porta así, que cree que estamos solo para la joda y por la plata", me respondió, mientras se recogía con un gancho su cabello rubio teñido. Mordía un chicle con desgano, aunque le gustaba inflar bombas de rato en rato.

Yanet es prostituta. Hace un año abandonó Cuba, donde trabajaba en la recepción de un hotel. Su salario mensual no superaba los 45 dólares, incluidas las propinas. Ahora, por su trabajo en un concurrido prostíbulo de Ecuador, recibe unos 2,000 dólares al mes. Permanentemente se comunica con su familia en Cuba. Su madre está convencida de que Yanet trabaja de mesera en el restaurante de un amigo, por las fotos que le ha enviado cumpliendo supuestamente con ese oficio, para que no se le pase por la cabeza que su hija es una jinetera, como les llaman a las trabajadoras sexuales en la isla, según me cuenta.

"¿Por qué Ecuador y por qué este trabajo?", me aventuré a preguntarle. Al parecer no me escuchó, no quiso responderme o estaba muy concentrada buscando su crema de manos en un enorme bolso donde llevaba unos 45 frascos de maquillaje, la bata roja transparente que utilizó en el show para el homenajeado, su lencería especial para la ocasión, y quién sabe qué más. "Mira mi amor, si yo acabo de hacer lo que hice es porque me gusta, porque me da la gana", respondió con una voz que me sonó enojada. Con eso me pareció que la conversación se había transformado en un interrogatorio que nunca le quise hacer; le aclaré que mi intención era simplemente dialogar con ella sobre su vida. "No creas que esto lo quiero hacer siempre", dijo con más tranquilidad, "también quiero tener hijos, una buena vida, pero todo poco a poco".

La conversación se interrumpió un momento porque los labios medianamente gruesos de Yanet se coloreaban de rosado, que en algo combinaban con el rojo intenso de sus uñas. Ese era el toque final para que su pinta retomara el aspecto original y recatado con el que llegó a la reunión: chompa de cuero blanca, camiseta negra escotada, pantalón blanco, sandalias negras sencillas, con un taco de unos 10 centímetros y un carisma bien recibido por todos.

Subimos a la suite donde estaban todos los invitados e invitadas de la despedida. Ya eran momentos culminantes de una noche divertida con el ímpetu que producen incontables botellas de ron, whisky y vodka, que seguían vaciándose.

Mientras el novio dormía como para no despertarse en dos días, otros cantaban vallenatos acompañados con la voz de una de las amigas de Yanet, pequeña de estatura, ojos prominentes, cabello alborotado… Ella fumaba un cigarrillo mientras bebía un Cuba Libre.

"¿Tomando ron te acuerdas de tu país?", le dije. Su respuesta a mi inquietud no fue más que un suspiro, emanado después de aspirar profundamente el humo de su tabaco, exhalarlo por su boca y sorber una buena cantidad de trago. Me sentí culpable de que, al parecer, la nostalgia invadiera su mente, aunque la conversación hizo que, por esa noche al menos, se sintiera más valorada por su testimonio que por orgasmos comprados.

Yanet no es la única. En los últimos cinco años han llegado miles de cubanos a Ecuador para establecerse debido a la estabilidad económica que ha generado la dolarización del país. Algunos lo hacen solos, otros en parejas, otros en familias y otros entre amigos.

Hoy es habitual recibir la atención de un cubano o una cubana en un restaurante, en un local de ropa o en un centro médico; también se ha vuelto frecuente verlos como los encargados de registrar el ingreso en discotecas y los hay que incluso tienen su negocio propio. En el oficio de Yanet tampoco es extraño encontrar a cubanas que llegan aquí atraídas por el dinero rápido.

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