Sexo y relaciones

Amor y crimen en La Habana 3

Ron, cocaína y cubos de hielo

Una noche en el malecón conocí a una pareja de cubanos. Se me acercaron amistosamente como todos los que me encontraba en esa zona de ligue. Lo curioso era que estos no eran dos hombres, sino una pareja conformada por hombre y mujer, según ellos, casados pero sin hijos. Ambos de cincuenta y tantos años. Se turnaban para empujar una carriola de bebé en la que transportaban algunas vendimias: maní, palomitas, golosinas y vasos de plástico. Tenían los antojos para el monchis, menos lo que me había propuesto conseguir esa noche: sexo, cocaína y hielo para enfriar mi ron con Tu Kola, sabroso nombre del refresco nacional. No sospeché que mi deseo por cubos de hielo me traería el blackout menos sexy y más cabrón en años, y que además sufriría el robo más amable de mi historia con el crimen, en La Habana Vieja. No sé qué fue primero, pero tengo una serie de flechazos que ayudan a recrear mi apagón cerebral de aquella noche.

1.

"¿Quieres un novio, velda?", me preguntó la mujer. Le dije que esperaba a un amigo. Mentí mientras no dejaba de sacudir mi bebida como si ese movimiento la enfriara. Esa vez estaba en el malecón porque quería sexo, pero tampoco necesitaba una celestina o una proxeneta. Recordaba las palabras de una amiga: "Prueba con dos o tres chicos a la vez, porque en Cuba del comunismo sólo queda el sexo, el sexo en comunidad, el sexo social".

"¿Qué estás tomando? ¿Es ron?", seguía cuestionando mientras el esposo me miraba esquivar sus preguntas. Una de las mayores habilidades del cubano de a pie es la entrevista. Preguntan todo sobre lo que no quieres ser cuestionado. Le dije que necesitaba hielo. "Eso sería un verdadero negocio", contestó el hombre. Los locales que vendían botellas de ron no ofrecían vasos ni hielo. Yo había comprado una botella luego de un recital de poesía pensando que mis amigos escritores se quedarían a departir pero de repente me encontraba solo, con la mitad de la botella. ¿El calor de La Habana? Claro que amerita que te tomes el ron con hielo. Como mexicano norteño sólo puedo recordar la infinidad de veces que mis amigos o yo nos hemos puesto como punks de salón en alguna cantina porque el mesero nos ha servido cerveza al tiempo, es decir, caliente. Monterrey tiene un clima semihúmedo o húmedo, debido a que es un valle, y está rodeado de montañas. Monterrey es una olla de vapor. En eso, es muy parecido al clima de La Habana, de la costa, de la playa, donde es natural que el clima sea húmedo. Necesitaba hielo antes de ponerme a plan buscón.

Además de ligue y hacer la lucha, en el malecón es un punto de reunión etílica. Beber en las calles habaneras no está prohibido. Para un extranjero esto es una tentación... siempre queremos estar bebiendo. Para los cubanos también. Sin embargo, el precario sueldo es la forma en que el gobierno evita que todos los cubanos sean alcohólicos de tiempo completo. Los amigos escritores cubanos que veía en eventos me habían enseñado a guardar ciertas cosas que a lo largo del día podían caer en mis manos: vasos o servilletas. Aunque parezca tremendista, si en el cóctel después de un evento literario ofrecían ron o té, ese vaso de plástico valdría oro o, al menos, evitaría una fatigosa caminata en su busca para servir las copas. Contrario a la costumbre mexicana de pasarse la botella para tomar del pico, los cubanos me resultaron bastante pulcros y acostumbrados a mezclar el ron. Pensé que sólo era el segmento con el que salía a divertirme pero comprobé que no, porque había gente como esa pareja vendiendo vasos desechables.

 

2.

Tanto la cocaína como la mariguana están penadas por las leyes cubanas con años de prisión. Incluso para los extranjeros. Quizá ustedes pueden decir que en México y en el mundo pasa lo mismo. Sin embargo, la posesión de drogas o enervantes hace algunos años podía costarte la vida en Cuba, ya que tratan al consumidor como un enfermo, como un enajenado. Le pregunté a uno de mis amigos escritores que oficialmente se dedica al derecho penal si era difícil conseguir drogas, y eso fue lo que contestó: "mejor que ni consigas". Así, con esa frase, yo seguía deambulando por las calles habaneras. Lo había considerado una exageración. Yo pasé la guerra contra el narco en México, sé bien que siempre es posible conseguir algo de droga. Quizá no lo que uno quiere pero siempre es posible. Una noche escuché a unos chicos de algunos quince años en un teléfono público preguntando por "mariguana criolla", la más económica. Según otro amigo escritor, la única droga de la que había oído que se consumiera con frecuencia era la mariguana. Lo escuchó cuando era estudiante. Hacía años. No podía ayudarme. Yo me negué porque lo mío no es la hierba. Él se negó porque no quería estar metido en ese asunto. Hubo cierto descontento porque yo hiciera esa búsqueda.

Tiempo antes, un amigo mexicano me había contado que en su primer viaje a Cuba había comprado cocaína en el Barrio Chino, en La Habana Vieja. Un taxista los había llevado ahí a conectar en uno de los edificios. El mismo taxista que una noche antes los había llevado a una fiesta cubana, de esas que ya no existen o que comprobé que escaseaban debido a que ahora la fiesta gay ocurre en discotecas y en los nuevos lugares de tipo cantina para extranjeros y sus acompañantes. Mi amigo decía que ellos habían confiado en el taxista por la aventura de la noche anterior. Fueron al Barrio Chino, subieron unas escaleras, subieron más escaleras, se puso oscuro, se puso más oscuro y de repente tuvieron de frente unas filas de dientes blanquiamarillentos, casi fosforescentes, que les preguntaban: "¿Qué quieren, asere?" Eran unos mulatos en la oscuridad de un edificio del Barrio Chino. Les dieron a probar una puntita. Confiaron en ellos y les soltaron lo que les hubiera costado acostarse con medio malecón. Es decir, como 150 dólares. Según mi amigo, aquello estaba bien para ser lo único que conseguirían: él fue quien recibió el tarjetazo de cocaína. Cuando volvieron al hotel y se sacó de los huevos, donde cinematográficamente, había ocultado la coca se dieron cuenta que aquello no alcanzaba para las tres aspiradoras. Pero como bien se dice en todo el mundo: "No hay peor coca que la que no hay".

Con esos referentes yo deambulaba por las calles de ligue del Vedado, en La Habana. Por un lado, la prohibición y el miedo a las drogas; y por el otro, la posibilidad de conectar. Ambos lados hacen posible el mundo de los consumidores: la metáfora de una noche de drogas. La felicidad. En Cuba lo difícil no es conseguir algún tipo de droga, ni venderla, sino saber con quién ir, cómo llegar, que no te confundan con un policía encubierto ni quien busque caiga en manos de la justicia. Cuando yo me acerqué, por ejemplo, a uno de la calle me dijo que nadie confiaría en mí si decía que soy "escritor", ya que los poetas son igual o peor que los periodistas. Mientras los periodistas se llevan la historia, los poetas en su exaltación por vivir la experiencia podrían involucrarlos en cuestiones de salud pública o, sin querer, ponerlos en bandeja de plata a los policías. Lo más común era entonces la hierba. Porque incluso podía ser cosechada en casa, en una maceta particular, sin mucha ciencia. Como las drogas químicas. De las que yo buscaba.

3.

No sé cómo llegaron los cubos de hielo a mi bebida. Lo que recuerdo es mi boca mordiéndolo. Como si estuviera en Alaska y lo que sobrara fuera placas de hielo. Ese es un flash: el sonido de mis muelas al masticar. Luego todo negro. Y el siguiente flash se relaciona con mi mano moviendo un arbusto. Estaba caminando en medio de un parque del que me habían dicho días atrás que es punto de reunión nocturna para los homosexuales cubanos. No para los chicos que andan en la lucha a ver si agarran un extranjero. Era un punto para el ligue más bajo, según me dijeron cuando llegué a México. Ese parque sirve de zona de tolerancia unas noches, y de zona de chantaje otras. Los policías por lo regular llegan a pedir el carnet a los hombres que se encuentran ahí. Si ven a un turista pueden actuar de manera indistinta. También funciona el soborno. Justo en el flashback de mi cabeza están dos tipos teniendo sexo fuertemente en la tierra, o en el pasto, no lo sé, pero sé que están metidos en los arbustos mientras yo recorro una rama para observar la escena. Hay más tipos que observan alrededor. Reconozco el aroma a sexo, como el de un hotel de paso o motel de la frontera: un olor a leche podrida. No sé cómo llegué ahí pero de repente se va la señal de mi memoria.

Sé que era ese parque, conocido como La Potajera, porque en mi siguiente flashback estoy caminando por una calle hacia un edificio desconocido pero que luego sabría que es el Hospital Calixto García. La Potajera es una lomita, frondosa de árboles de todos tamaños, crecida a lo selvático. Luego negros. No recuerdo qué pasa cuando entro en ese edificio. Mi siguiente flashback es cuando abro una puerta y la gente que está sentada en una banca plástica, alguna señora con niño en brazos, y otros más echados sobre el piso, todos y sin excepción, con suficiente alegría cubana gritan: "¡El mexicano!" Sucede que vuelvo a cerrar la puerta de la impresión y me encuentro con un médico. Un médico que me regaña fuertemente pero al que afortunadamente no escucho ni recuerdo su voz. Decido salir y los cubanos de la sala de espera vuelven a gritar al unísono: "¡Viva el mexicano!" No entiendo por qué la alegría. Sólo recuerdo la velocidad con que salgo del hospital y me encuentro con una serie de taxis. Lo que en México hubiera sido normal, tomar un taxi e irme a mi casa, en cualquier nivel de borrachera, en Cuba no sé qué ocurrió. Vuelvo a negros. Despierto en mi cama, en la casa donde alquilaba una habitación, busco mis pertenencias sin fortuna. En mi pantalón está mi pasaporte y veo mis botas con las suelas partidas a la mitad. Increíble: nunca hubiera imaginado. Veo mi ropa y, en su mayoría, está cubierta de lodo endurecido. No tenía resaca, sino una cruda gigantesca. Como una boca devorándome desde adentro.

Las pertenencias que no tengo estaban en un bolso: un iPad, un iPod y un teléfono Smartphone que un amigo había mandado como regalo para alguien de Cuba. Además de eso, se suman mis libretas de apuntes y de viaje. Todo perdido. Hago un recuento rápido de la información extraviada: videos de entrevistas a travestis en una fiesta de compromiso, fotos de la Habana, fotos de los chicos del malecón con los que hablé, decenas de notas, nombres y apuntes de asuntos imprescindibles. Detengo ese cuchillito cebollero para preguntarme qué ocurrió la noche anterior. Trato de unir los flashbacks pero no sé cómo fui del malecón a La Potajera, al hospital Calixto García ni cómo de repente veo tres enormes mulatos rodearme para pedir que amablemente les entregue mi mochila. Veo esas mismas dentaduras blancoamarillentas de las que hablaba mi amigo cuando compró coca. Yo no compré coca, lo hubiera recordado todo. No tendría esos terribles flashbacks. Luego pienso en el hielo. En la pareja de señores cubanos que me preguntaban si tenía una botella de ron en mi mochila. Pero nada coincide: el robo que me hicieron los mulatos ocurrió en otra zona, en otra hora de la noche, incluso la memoria física me dice que ya voy hecho un lodazal y con las botas rotas.

4.

Mi recuento es un fracaso. Lamenté la pérdida del teléfono celular que no era mío pero que usaría hasta que me fuera. No sabía cómo iba a explicarle al cubano que me habían robado lo que era suyo. Estoy en shock y muy encabronado. Afortunadamente tenía otro par de botas, podía salir a la calle y pensarlo, reconstruir la noche. ¿Y la ilusión del cubano por su teléfono celular? La había hecho pedazos. Ciertos seres podemos vivir al límite porque hemos aprendido a darlo todo por una experiencia estética. Particularmente nada me enferma más que la falta de enfermedad, del padecimiento, de la aventura. Pero ese cubano que se quedó sin el objeto de deseo me hace evaluar mi propia locura. Yo no sé si los hielos que me dieron tenían truco. No sé si después de varios días de ron, por fin el ron me había golpeado. O como han leído: noqueado.

Sin embargo, los flashbacks: unos mulatos enormes asaltándome de una manera dócil, con belleza, incluso con gracia, porque no recuerdo violencia a pesar del acto de violación que es el robo mismo. Recuerdo violencia, aunque en silencio, de parte del médico cubano. Recuerdo los árboles entre los que se escondían los hombres para tener sexo o, diciéndolo en cubano, para singar. Todo eso se mezclaba pero se quedaba en un banco de arena. No lo comprendía. Venía un ventarrón y me quedaba en ceros. No recordaba con claridad. De nada me servía darle demasiadas vueltas. Me invitaron a que fuera poner una denuncia, pero lo consideré iluso, ya que soy mexicano, sé que esas cosas no funcionan en nuestro mundo latinoamericano. Un escritor me dijo que en el bajo mundo cubano se podía contactar con las redes del crimen. Podíamos pedir que nos vendieran las cosas. En cierta forma, las cuestiones tecnológicas no les servirían de mucho, ya que son aparatos que requieren WiFi, y eso sólo en los grandes hoteles y a un precio muy alto. Nos dimos la vuelta a varios de esas salas de internet para extranjeros, no vi mis pertenencias por ahí. Además, era muy pronto, tendrían que romper los códigos de seguridad, borrarlos por completo, les iba a costar una fortuna. Desbloquear un teléfono como aquel costaría 30 CUC, algo así como 26 dólares norteamericanos.

Estoy seguro de en Cuba el crimen y el amor son cosas que se confunden. Los criminales me trataron con un respeto físico. No tengo certeza de que no llevaran ningún arma, pero no recuerdo mi sentido de peligro despierto. En Monterrey por mucho menos te dan dos trancazos, te montan en un taxi y se engolosinan con tu sufrimiento. En Cuba no ocurre eso con el criminal de ocasión, al menos el nivel de violencia en esos casos es muy pequeño. Aunque no por eso un robo deja de ser un acto violento, no me malinterpreten. Luego, tenemos a los homosexuales, ya sean los que venden su cuerpo y sus caricias o los que buscan sexo sin compromiso, ni moral ni económico, en zonas de ligue clandestinas, son considerados muchas veces como personas peligrosas, como enfermos o inadaptados. Aunque las leyes estén cambiando con la ayuda de Mariela Castro, la aceptación de las sexualidades alternativas, no hegemónicas, va muy lento. Esos dos casos me sirven para explicar que la realidad cubana, como me dijeron, es imposible de transferir sin que se viva de frente. El amor y el crimen en La Habana no son como parecen, ambas siempre tendrán un velo de irrealidad y de extrañamiento para los ojos del turista. Amor y crimen en La Habana se confunden, incluso para los cubanos.

Óscar David López - @OscarDavidLopez

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