Sexo y relaciones

Niñas jineteras

Ariadna, 13 años, hace rato perdió la inocencia infantil. Habla, piensa y se viste como una mujer adulta. Pero no lo es. Todavía duerme con muñecos de peluche y le gustan los cartones de Disney.

El padre de Ariadna está preso, condenado a 30 años por asesinato en primer grado. La madre está recluida en un sanatorio mental. La crió una tía, desvergonzada y vulgar, que desde los 11 años le enseñó que el dinero estaba en los bolsillos de los turistas.

Una tarde de sol plomizo la llevó a conocer a un italiano maduro y perverso. Las dos hicieron el amor con el tipo por 40 pesos convertibles (50 dólares).

Después de jugar por las mañanas con sus muñecas, su tía la vestía como una puta y por las noches salían a la calle, para buscar un puñado de moneda dura.

Hace tiempo que en Cuba muchas menores se prostituyen. Casi siempre alentadas por sus propios familiares. Carlos, turista español, se sorprende de la cantidad de ofertas que le hacen chulos caribeños, proponiéndole chicas de 14 años o menos.

Es una epidemia. Los pederastas foráneos están de fiesta. Por menos de 50 dólares, se pueden llevar a la cama a una niña con cuerpo de mujer maquillada en exceso y los labios pintados de un rojo subido.

Los medios oficiales no publican una línea del fenómeno. Roxana, 14 años, cada día se viste de prisa, para citas con hombres que pueden ser su padre o abuelo.

Después de ella tomarse un helado y ellos un par de tragos, sacian todos sus vicios con Roxana. A veces incluso no le pagan con dinero. Un gramo de coca, o un cigarrillo de marihuana. Una comida en el barrio chino. Y una noche para mover la cintura con un conjunto de salsa en alguna discoteca de moda.

Y se da por satisfecha. Hay niñas en la isla que se prostituyen por cosas tan simples como un vestido de la tienda Zara, un par de zapatos con tacones altos o un buen frasco de perfume.

Casi todas viven en hogares que son verdaderos antros de perdición. Suelen perder la virginidad con algún pariente cercano. No pocas veces sus padres las obligan a jinetear. La Habana está lejos de ser Tailandia o Cambodia, pero va en camino.

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