Sexo y relaciones

Los jineteros y la marca "Cuba"

A continuación quiero compartir con ustedes un breve fragmento de un texto de ficción en el que estoy trabajando. Se trata de una especie de ensayo que uno de los personajes de la historia escribe en torno al jineterismo y me gustaría que se tomara como tal. O sea, como las opiniones -y el tono- de un personaje de ficción aunque en líneas generales yo esté de acuerdo con los puntos centrales de su razonamiento sobre un fenómeno que me parece fundamental para entender la Cuba contemporánea:

[...] aunque parezca obvio vale hacer unas precisiones sobre mi concepto de jinetero(a). Si en su origen sirvió para definir a aquellos cubanos que hacia la década de los ochenta comprendieron las ventajas de relacionarse con extranjeros y actuar en consecuencia este ha evolucionado no poco hasta hoy.

En aquella época, ya lejana en el tiempo, el vocablo jinetera se le endilgaba a una especie de prostituta poco consciente de su condición, dedicada a tratar con visitantes de afuera. Sus objetivos fluctuaban entre la adquisición en concepto de regalos –no de pago, lo cual hubieran considerado oprobioso- de artículos de acceso imposible en el mercado nacional hasta la siempre soñada boda con el extranjero (o “yuma” en la vulgata local) y la consecuente salida hacia el exterior.

Los jineteros en su variante masculina aunque no descartaban ofrecer favores sexuales incluían en su perfil laboral el proxenetismo más o menos disimulado, la oferta de diferentes servicios y productos nacionales, el intercambio de monedas en tarifas menos desiguales de las que proponía el gobierno e igual disposición al matrimonio con extranjeras en caso que se presentase la oportunidad. La evolución del fenómeno jineteril y con este del concepto ha tomado en las dos siguientes décadas giros a un tiempo presumibles y sorpresivos.

Predecible fue la profesionalización del sector encargado de ofrecer servicios sexuales a los visitantes y la regulación de las tarifas que antes se dejaban a la discreción del visitante. Fue así que los jineteros, una vez profesionalizados, se convirtieron en entes más conscientes de sus responsabilidades económicas y sociales. Para ellos la etapa romántica había acabado desde el momento en que dejaron de saldar una noche de sexo con un paquete de jabones y ropa interior para empezar a exigir cierta cantidad de moneda libremente convertible por hora trabajada.

Menos previsible fue que con la agravación de la crisis del país los principios básicos del jineterismo alcanzaran de una manera u otra a gran parte de la población. Que el jineterismo pasara de ser una forma de vida a convertirse en una expresión (nacional) del ser. Esos principios elementales del jineterismo incluían, entre otros, la adopción de un relativismo moral, el abandono del rigor con que antes se abordaban palabras como prostitución o principios y el privilegio de la sobrevivencia pura –esto es, material- por encima de cualquier escrúpulo.

Sin embargo, y he aquí la funcionalidad de esta definición, el abandono de los escrúpulos morales se hacían en nombre –en el caso de los jineteros no profesionales- de ciertos principios trascendentes y hasta metafísicos que iban desde la cultura hasta la nación pasando por ciertas preferencias religiosas o, en sentido más difuso, espirituales. Se puede y suele ser jinetero en nombre de la poesía, la música, la pureza del arte o el amor a la patria. Prefiero incluso aplicar el término a estos casos más ambiguos porque los otros, en los que se ejerce cada vez con mayor desnudez –figurada y literal- la prostitución, el proxenetismo o el contrabando de tabaco o de obras de arte, no tiene sentido usar otros términos que los que contempla el castellano más castizo. El jineterismo describe –si se le quiere dar un peso específico a la palabra- una sociedad hundida en una crisis profunda de la idea que tiene de sí misma que al mismo se niega a aceptar la profundidad de esa crisis.

Hay quienes saludan con entusiasmo la desaparición de esos escrúpulos luego de décadas de continua exaltación oficial de ciertos principios morales identificados con la esencia del sistema político cubano. Dicho entusiasmo, no obstante, no se detiene en la evidencia de que el mayor beneficiario de este relajamiento es el mismo Estado que antes imponía la austeridad y la rigidez ética como modelos de conducta. Luego de dilapidar durante décadas el patrimonio material del país acumulado en los siglos anteriores el Estado cubano ha comprendido que la principal fuente de valores exportables con los que cuenta es la de los productos intangibles. De ahí sus esfuerzos por asegurarse el monopolio de la marca Cuba; aquella Cuba de maracas, sombreros de yarey, prácticas religiosas exóticas y la abundancia de servicios sexuales con fondo musical autóctono que tanto despreciara en el pasado se convierte ahora (con el añadido de las imágenes del Che Guevara y alguna que otra memorabilia de los primeros años de revolución) en lo más atractivo que tiene que ofrecer al mercado mundial.

Dicho de otra manera: el Estado -en la misma medida en que su sostenida ineficiencia lo ha hecho fracasar en casi cualquier aspecto de la producción material- ha logrado hacerse el principal propietario de la marca “Cuba”. Y los jineteros, que al fin y al cabo no son otra cosa que los distribuidores más activos y eficaces de dicha marca, han tomado debida nota de ello. De modo que, conscientes de su dependencia de los propietarios de esa marca que distribuyen en medio de sonrisas y golpes de caderas, han hecho de esa estética, que ya hacia 1950 era insufrible para los críticos más rigurosos de lo nacional, una política. Es por eso que el jinetero espiritual, lejos de desentenderse –frivolidad mediante- del severo discurso oficial, se haya convertido en su partidario más interesado y obediente. De manera difusa pero constante perciben que su destino comercial, su propia vigencia en el mercado, depende no sólo de la marca que distribuyen sino del prestigio del Estado que la controla. Es por eso que entre gente tan inclinada a priorizar el posicionamiento astuto ante la vida como son los jineteros sea tan fácil entender que cualquier crítica al sistema educativo en la isla, o al de salud, o a la falta de libertad de expresión o de un desarrollo medianamente decente de la economía, la sociedad, la cultura y la política lastima de manera palpable sus posibilidades de vender cajas de tabaco, botellas de ron añejo, o de dar clases de baile o de cualquier otro negocio cuyo florecimiento dependa del valor de los derechos de imagen del país. No es difícil vaticinar, por consiguiente, que el jineterismo será la última línea de defensa de ese producto que le ha dado la vuelta al mundo con el nombre de Revolución Cubana.

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