Sexo y relaciones

Chicas de alquiler en Cuba

Cuando dentro del jineterismo parecía que todo estaba inventado, en la isla surgen modalidades y opciones nuevas

Son jineteras, pero diferentes. Mujeres que se comportan como una auténtica novia o dama de compañía en una fiesta o cena entre amigos. Cuando dentro del jineterismo parecía que todo estaba inventado, surgen modalidades y opciones nuevas.

Unas más caras que otras y todas con una marcada intención: cazar clientes nacionales con bolsillos amplios o turistas de paso. El mapa de la prostitución en Cuba se ha transformado en los últimos años.

Aumentan las chicas que se anuncian por Facebook y hace rato se levantó el apartheid sexual para los cubanos que veían los ligues tarifados detrás de la cerca.

Ya no abundan las jineteras que cobren 100 pesos convertibles por noche y se dediquen a 'trabajar' exclusivamente con extranjeros.

Y es que hay tantas, que los costos se han abaratado. Algunas, como Lidia, siguen fingiendo amor a primera vista a un distraído nórdico o un cubano con billete. “A veces da resultado.

El hombre se enamora de ti y si es europeo puede que te saque del país. A fin de cuentas, es el objetivo primordial de quienes nos prostituimos”.

Lidia fuma un Malboro tras otro mientras bebe un mojito cargado de ron blanco. “Los cubanos son buenos clientes. Si viven en Miami, mejor. Pero últimamente ha surgido una nueva clase entre los cubanos de la isla, que son derrochadores, hacen dinero en sus bisnes (negocios) y pagan bien. Si trabajas fino, te mantienen de amante”.

En barrios marginales existen discretos 'puti-clubs'. Los que alquilan casas para orgías o fiestas con prostitutas, siempre tienen a mano una lista de jóvenes, de todos los biotipos y razas.

Eulogio, dueño de una vivienda con jacuzzi y una pequeña piscina, alquila el día por 45 cuc. “Las cosas marchan tan bien que mis clientes deben reservar con antelación. A veces viene un grupo de amigos 'a cazar jabalíes' (jineteras). Después de tomarse unos tragos me piden que les busque tres o cuatro muchachas. Las llamo por teléfono y el cliente paga el taxi”, dice Eulogio.

Elsa y Daniela son una pareja bisexual que no sobrepasa los 20 años. Ellas prefieren la modalidad de chicas de alquiler. Hermosas e instruidas, suelen buscar clientes en discotecas caras.

Residen en un piso amueblado con buen gusto y aire acondicionado en dos habitaciones, por el que pagan 170 cuc mensuales.

“Es bueno ser independiente y estar alquilado en una zona de movidas nocturnas. Solo traemos a casa clientes exclusivos. Hacemos de dama de compañía diez o doce veces al mes.

El precio varía según el momento y el cliente: desde 25 hasta 40 cuc diarios. Como promedio, en un mes ganamos 500 pesos convertibles y no tenemos que salir a ‘matar jugada’ en la calle. Aunque la policía está bastante relajada, a ratos hacen redadas”, apunta Daniela.

Según Rosario, otra chica de alquiler, la opción de trabajar con clientes fijos o de confianza es la mejor. “Se crea una empatía. He tenido noches de contarle mis problemas a un cliente y él también me cuenta los suyos. Las jineteras de calibre con el tiempo sabemos tantos secretos de algunos hombres que podríamos graduarnos de psicoanalistas”, dice con una sonrisa.

Sabina, 17 años, alterna la prostitución con los estudios y considera que jinetear como novia de alquiler es más agradable. “Si eres bonita y sabes conversar y escuchar a los tipos, se crea una química.

Solo tengo tres clientes, pero muy buenos conmigo. Con uno de ellos ni siquiera utilizo condones.

Además de un dinero estable, voy a restaurantes y discotecas que la hija de una familia sin recursos como la mía jamás podría hacer. No me considero una prostituta.

Los quiero a los tres, como si de verdad fuesen novios míos”.

Las reglas de juego económico dictadas por el Gobierno han traído aparejadas nuevas vivencias.

Es el caso de Norberto, dueño de un exitoso negocio particular. Dos veces al mes, se cita con una chica de alquiler en una casa al oeste de la ciudad. “Tiene 22 años, un cuerpo de película y es muy buena en la cama. A mis 56 años no puedo pedir más”.

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