Sexo y relaciones

Jineteros del Malecón

AMOR Y CRIMEN EN LA HABANA: JINETEROS, CHICOS DEL MALECÓN

“¡Mexicano!”, dijo con voz cantadita una mole de chocolate desde la acera de enfrente. “Están pasándolo terrible, asere”, continuó hablando sobre el azote de la tormenta Manuel y el huracán Ingrid, y cruzó la calle hasta encontrarme. Era cubano y estaba mejor informado que yo. Había pasado el día entero en salas de espera de aeropuertos en donde el mal tiempo era una sospecha debido a que en mi vuelo el capitán nos informó que sobrevolaríamos el territorio mexicano y no atravesaríamos el Golfo, como se acostumbra. Aún era domingo, casi las once de la noche, y tenía menos de una hora de haberme instalado en la casa de alquiler de una familia cubana en la zona del Vedado, en La Habana. El hombre-mole de chocolate me acompañó hasta la entrada de un restaurante para extranjeros y desapareció. A cien metros, estaba el cruce de la Calle 23, la avenida Infanta y el Malecón, justo donde se asienta la roca que protege los jardines del Hotel Nacional. Ahí, en ese triángulo peatonal, tuvieron origen la mayoría de las historias de mi primer viaje a Cuba.

Después de una cena apresurada, caminé hasta el Malecón con una caja de pizza en la mano y una botella de agua. En mi imaginación creía que mimetizarme sería pan comido. Pero no. Los cubanos nacen con un radar de nacionalidades integrado. Basta que observen los movimientos de un extranjero para que digan la respuesta correcta. Eso no lo sabía cuando el primer jinetero se me acercó. En Cuba un jinetero es aquel que ejerce un contrato (ilegal o semi-legal, según las leyes del país) con un extranjero. Intercambio de carne cubana por dinero, amor u objetos. Para acabar rápido: el jineterismo es la dinámica de la gozadera entre un socialista y un capitalista. Yuma, así se les llama a los extranjeros.

El jinetero, o también pinguero cuando se trata de prácticas homosexuales, tiene un ojo tan agudo para detectar nacionalidades, tipos de transacción, formas de compra-venta o de placer de libre entrada económica, ¿cómo libre entrada económica? Pues lo que deje caer el extranjero. Es decir: todo, cualquier cosa, lo inimaginable. De esa forma, el amor puede ser por un rato, o para toda la vida si el visitante apoya económicamente la salida del enamorado. En México lo llamamos abiertamente prostitución masculina, supongo que porque acá hay menos “enamoramiento”. Todo es más en frío: directo, sin sorpresa, sin misterios, y a precios altísimos si los comparamos con lo que un jinetero se ofrece en la isla.

Yosmany, el muchacho-mole de chocolate, me volvió a encontrar. En realidad era fácil ubicarme en medio de más 400 hombres en su mayoría homosexuales, a la media noche, reunidos en esa zona del Malecón. Yo era el único con una caja de pizza en la mano que como un niño goloso miraba la vitrina de una pastelería. Un niño gordo, evidentemente extranjero. Si encontráramos un cubano gordo sería porque recibe dinero extra: de afuera de Cuba, incluso del espacio exterior, pero no por su servicio al estado cubano. O más seguramente porque es un proxeneta. Definitivamente no se trataría de un jinetero, porque ellos se mantienen en forma saludable para gustar a los yumas. “Además la economía”, según me contó Yosmany, quien se recibió de la facultad de agronomía, “es una burla para ustedes los extranjeros”.

En la isla los sueldos varían entre 20 y 25 dólares mensuales. ¿Qué? Sí. Supongo que quien lee por primera vez sobre la disparidad entre las economías del socialismo y el capitalismo no lo creerá. Pero así es. En Cuba un jinetero podría ganar en una noche, o quizá en dos, lo mismo que gana un médico en todo un mes de trabajo. Por eso, Yosmany está “en la lucha”. Es decir, “haciendo la calle”. Enamorando, es decir, “acariciando turistas”. Para él resulta más redituable vivir flojito de deberes y dedicarse a la caza de hombres. Cuba es el paraíso del turismo sexual, sobre todo del homosexual.

“¿Tú qué buscas?”, me preguntó sin tapujos. Le dije que esa noche nada, pero que quizá luego me dejaría enamorar. Indagó sobre roles y posiciones sexuales y, muy importante, si me quedaba en hotel o en casa. Hay una diferencia enorme entre hospedarse en un hotel y hospedarse en una casa de familia cubana. En los hoteles no se permite la entrada de acompañantes cubanos. En la mayoría de las casas sí. Los propietarios anotan los datos del carnet de identidad y listo. Cuando llegué, la señora me comentó que era el único requisito si llevaba una visita: que tuviera carnet de identidad. Lo comprobaría a la mañana siguiente cuando pasó a buscarme uno de los escritores que me habían invitado a la isla. La señora le pidió su identificación, anotó el nombre y el número de célula, y enseguida se retiró. El gobierno ha permitido que las familias cubanas puedan acondicionar una recamara para que sea alquilada a extranjeros. El precio es menor al que uno pagaría en un hotel. Los cuartos deben contar con ciertos lujos como un baño privado, una entrada independiente y un aire acondicionado. Cuando me decía esto, la señora encendió el aparato de enfriamiento viéndome fijamente y añadió: “es ruso, una maravilla”. Asimismo, tienen esta vigilancia con las visitas.

En el triángulo del Malecón, la 23 e Infanta, hay un hervidero de fiesta y jaleo sexual. A unas calles está el Cine Yara y la heladería Copelia, cruce donde también hay un ligue desinhibido y de comercio rápido. Días después lo comprobaría cuando otro cubano con radar integrado me insistía para llevarme a ver un homenaje al Buena Vista Social Club. Como me negué, metros adelante otro de los que estaban con él me alcanzaría para saber si buscaba otra cosa: “¿Cómo te gustan? ¿Una mulata? ¿Una rubia?” Como me reí, el tipo pensó que de ahí era el jaleo y quería como fuera venderme una amiguita. Me ofreció mujeres de cualquier edad, la quisiera, así dijo. Ante mi segura negativa, me sujetó el brazo para incitarme a cambiar el rumbo y decidiera acompañarlo. Ante mi rotundo no, me dijo: “Asere, vamos, aquí no hay violencia como en México; una muñequita de 15 años, te va enamorar”. Me solté como pude y seguí caminando. Tardé días en comprender que había que hacerse de oídos sordos. Uno como extranjero sólo representa dinero. Y, cuando no está decidido a comprar, el juego se vuelve de una violencia verbal absurda.

Sin embargo, estoy en la primera noche, en medio de un grupo enorme de cubanos olorosos a pinga y sudor. Resuenan en mi cabeza los celulares usados como bocinas musicales (son muy pocos quienes tienen dinero para llamar o recibir llamadas, y son menos los cubanos que tienen un teléfono celular, aunque todos desean uno), hay pequeños grupos que tocan instrumentos y bailan, las frases como “lleva por tu chocolate con leche” dichas por mulatos o cubanos de raza negra a los peatones, hasta las miles de veces que gente nueva me descubre como mexicano. Los cubanos van enfundados en leggins o shorts, en camisas abiertas, todo en colores explosivos: rojos, amarillos, verdes y naranjas. Y junto a ellos, los yumas que aunque queramos mantenernos ocultos, saltamos brillantes irónicamente por nuestra opacidad. Y en medio, saltando sorpresivos, hay policías que van pidiendo el carnet de identidad a quien cruce a su paso. Yo tengo la idea de que en cualquier momento me lo pedirán y no sabré explicar que he dejado mi pasaporte en el hospedaje. Eso nunca ocurre. Todos saben que soy el típico extranjero idiota ya que ando por ahí como una estatua sosteniendo una caja de pizza. Que ni siquiera tiene una pizza completa, sino tres rebanadas. Un extranjero que guarda las migajas. Justo cuando me había despedido de Yosmany y me encaminaba de regreso, un chico me detiene para hacerme la pregunta clave: “¿qué hora tienes?”

Se llama Yulexis. Como Yosmany, este chico pertenece a lo que se denomina Generación Y. Gloria de lo real maravilloso que no comprendería hasta muchos días después, ya bien entrado en el viaje, luego de conocer a Yoanys, Yasnyel, Yosvany, y que incluso Yasiel me dijera que ellos tenían nombres “normales”, pues había quien se llamaba Yusnaby. ¿Adivinan por qué? Por U.S. NAVY. “Seguramente su mamá creyó que así se llamaba uno de los barcos estadounidenses que anclaron en la isla”, me dijo alguien refiriéndose a unas décadas atrás. Yulexis, como creo que se escribe, me platicó que no vivía en la zona, que se dejaba caer por ahí cuando tenía tiempo libre, que estudiaba, y luego de una larga lista de milagritos, llegó uno de los policías. Le pidió su carnet y de inmediato lo reportó por medio del radiolocalizador. Dijo: está hablando con un mexicano. Y, acto seguido, otro policía amablemente cuestionó mi nacionalidad. Sin más, le dijeron a Yulexis que lo trasladarían a una estación de la P.N.R. (Policía Nacional Revolucionaria). Escuché de inmediato que otros policías interceptaron a otro chico del malecón con otro mexicano. Supuse que querrían llevarme a mí también. No sabía ni qué estaba pasando ni por qué se llevaban al chico con quien ni siquiera llevaba hablando cinco minutos. Decidí moverme de la escena y, unos metros adelante, otro chico cubano me sonreía y, de repente, me soltaba burlón: “Ya ves lo que provocas”.

Según este chico, llamado Jairo, bastante parecido al actor porno Pierre Fitch, me dijo que aquel tipo de levantamientos no ocurrían seguido. Que la zona donde estaba platicando con Yulexis era monitoreada por cámaras que guiaban a los policías. Los interrogatorios eran muchas veces encomendados por los vigilantes detrás de dichas cámaras. Entonces, que si habían dado con ese chico era porque tenía una denuncia como por robo, prostitución o por molestar a los extranjeros. Él estaba seguro que había sido por robo, ya que los policías no habían pedido su coima. Es decir: la mordida, en mexicano. Aunque la policía cubana es bastante transparente, el chico me dice que también viven de pellizcar las billeteras de los jineteros. De los que vienen de las provincias. Sobre todo de los orientales, de los de Santiago de Cuba, los que están avecindados en La Habana sin permiso oficial, ya sea por estudio o por trabajo estable. De esa forma, los policías ganan algo extra y casi imposible por medio de los jineteros quienes son los cubanos con más solvencia económica.

Jairo me dijo que salía a la lucha cada tres noches. Sin embargo, como era el barrio donde me quedaba, cada noche de mi estancia lo vi de pie, junto a la discoteca Las Vegas, muy cerca de mi alojamiento. A los jineteros no hace falta que uno les proponga, ellos hacen esa dinámica. “¿Te vas solito ya pa’ casa?” Entonces viene el sondeo de las posibilidades. Qué rol eres. Dónde te hospedas. Etcétera. La economía cubana es una telaraña debido a la existencia de dos monedas de uso común. Ellos te hablan de pesos, pero se refieren a CUCs. Por ejemplo, durante mi viaje en septiembre de 2013, un CUC (la moneda para extranjeros) cuesta un poco más que un dólar estadounidense. Un CUC equivale a 25 pesos nacionales. ¿Se acuerdan que un médico gana al mes 22 CUCs? Es decir, aproximadamente 24 dólares estadounidenses. Al mes. Eso mismo, 22 CUCs puede costar una hora de internet en los hoteles. Y, ahora bien, “¿cuánto cuesta el amor de Jairo?”, le pregunté.

—Pues 20 CUCs y si quieres me quedo toda la noche. Tengo carnet. Se lo queda la dueña de la casa hasta que me vaya.

Como me quedé callado. Las conversiones de monedas no las tenía tan claras en ese momento. Yulexis agregó:

—Pero si usamos condón son 10 CUCs.

No niego que cuando escuché eso estuve a punto de soltar la caja de pizza perdiendo el estilo para el resto del viaje. ¿Cómo que sin condón? Jairo prefiere tener relaciones sexuales sin protección porque el precio es mayor. La inyección de dinero es del doble. Los teóricos marxistas sostienen que el precio justo de un bien debe incluir el reembolso del costo amortizado de regenerarlo. Es decir, lo que se paga por una pizza equivale al valor de los ingredientes, el esfuerzo y algo de ganancia. ¿Y en el caso del cuerpo? ¿Cuánto tiempo podría ejercer de jinetero Jairo sin que venga el accidente, la malicia o la enfermedad? El cuerpo no es renovable. En Cuba es casi imposible conseguir condones. Por eso, lo primero que me dijo una amiga fue “llévate un cargamento”. En Cuba lo que ciertos jineteros ofrecen es ellos mismos. Seguramente para muchos turistas esta idea del bareback, el sexo sin protección entre desconocidos, genera total excitación. ¿Para qué negarlo? Lo es. Sobre todo con gente verdaderamente bella como los cubanos. Sin embargo, creo que al regreso del intercambio dinero-sexo no se hace justicia del todo. Ni para los jineteros ni para los turistas. Pero esa es una decisión personalísima. Ni todos los jineteros acceden al sexo sin condón, ni todos los turistas buscan esta práctica.

Seguí conversando con Jairo. “¿Por qué eres jinetero?” A lo que respondió que era algo temporal, ¿por qué? No porque lo fuera a dejar en unos días, sino porque el cuerpo envejece y entonces los turistas no se interesan en “los trapos de la cocina”. “¿Y qué sucederá?, ¿quieres seguir en Cuba?” Dijo que le gustaba vivir en la isla. Que le gustaba el sistema. Sobre todo ahora que desde hacía algunos años, gracias al apoyo de Mariela Castro, sobrina de Fidel, ha luchado por las libertades sexuales. Hay que recordar que en el periodo del inicio de la Revolución Cubana hasta la década de los noventa era un delito ser homosexual o practicar el amor con los extranjeros. Iban directo a la cárcel. Ahora que todo es más “incluyente”, como lo maneja el estado, las prácticas han cambiado y están en constante transformación. Vertiginosamente. Aunque también es engañoso, hay que recordar el suceso del Yulexis, se lo llevaron porque la prostitución es penada, y no hay escapatoria. Obedecen la ley. No queda de otra. Hasta que se topen con un policía explotador que a cambio de dinero, lo protegerá. El amor y el crimen siguen siendo algo muy similar en Cuba.

Al poco rato, Jairo habló más con el corazón, y dijo que “en realidad siempre se espera que venga alguien y se enamore de uno, y que nos saque de aquí”. Esa idea: la de una adopción amorosa de parte de los extranjeros que llevan a sus amantes cubanos la escuché una y otra vez. Yumas con dinero para adoptar amantes. Muchos de los jineteros con los que hablé, incluso con los que compartí alguna noche, acarician la idea del extranjero salvador. Luego, con los días, conocí a dos turistas, un italiano y un canadiense, ambos estaban tramitando las salidas de sus amantes. Sobre esto irá la segunda parte de esta entrega sobre Cuba.

@OscarDavidLopez

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