Crónicas de una yuma en Cuba

Transporte

El Chanchán es un son, hecho famoso fuera de Cuba por el disco y la película Buena Vista Social Club , que comienza así:
"De Alto Cedro voy para Marcané,
llego a Cueto, voy para Mayarí
.
El cariño que te tengo
no te lo puedo negar.
Se me sale la babita
y no lo puedo evitar.
De Alto Cedro..
Cuando Juanita y Chanchán
en el mar cernian arena,
como sacudían el jive
a Chanchán le daba pena
."

Amanda y yo habíamos señalado el día ocho de noviembre como el día que yo regresaría a México para desde allí, proseguir nuestro viaje. Como estaba planeado, aterricé en la capital azteca ese día, con mi pesado mochilón, aunque un poco menos cargado, pues había regalado algunas cosas que yo necesitaba menos que los cubanos. Estaba emocionadísima por volver a ver a Amanda. Ella también. Ambas anhelabamos contarnos todas nuestras aventuras en tierras Hispanoamericanas. El reencuentro estuvo lleno de emoción y alegría. De júbilo y de risas. De recuerdos y de canciones. A pesar de que yo no había dormido en absoluto la noche anterior, no cesábamos de hablar, de contar, de sentir. No podíamos parar. Explicarle a Amanda todo lo que había sentido durante ese mes, todas esas emociones que parece que no le caben a una en el cuerpo, y que además me entendiera porque ella conocía mucho de lo que le estaba hablando, me hacía sentir exaltada, apasionada, y también comprendida, y también nostálgica. Finalmente me fuí al hotel a descansar a eso de las ocho de la noche, y allí, a solas, me asaltó la pregunta: "Y, ¿por qué no vuelves?". Me asusté a mí misma con aquel interrogante, pues no quería verme de nuevo en la misma disyuntiva en la que me había encontrado hacía poco más de un mes, cuando Amanda todavía estaba conmigo en Cuba. "Pero ¡cómo vas a volver otra vez! Estás loca o qué te pasa", me reprendía a mí misma. El sueño por fin me venció, después de casi cuarenta y ocho horas sin dormir, aunque los mosquitos y algún que otro sobresalto relacionado con Cuba me despertaon varias veces en la noche mexicana. A la mañana siguiente yo esperaba que la pregunta se hubiese desvanecido. No obstante ahí estaba, delante de mí, escrita sobre el reflejo de mi rostro en el espejo del cuarto de baño. A pesar de mis esperanzas de que una ducha "decente" me aclarase las ideas, tampoco el agua abrasadora logró llevarse mis dudas. Lloré por mi impotencia, por tener que escoger entre lo que me dictaba el corazón y lo que me exigía la parte racional de mi cerebro.

Aunque sólo tardé unas siete horas (de intenso dolor de cabeza) en tomar una determinación, ésta no fue tomada a la ligera. Sopesé los pros y los contras. Pensé incluso en otras posibilidades. Pensé en lo que me perdería si no proseguía el viaje y en lo que me perdería si lo hacía. Pensé en Amanda. Pensé en nuestro plan y que si volvía, lo estaba tirando todo por la borda. Pensé en Bertica, en Made, en Tony, en Barby, en Zenaida, en Viñales. Pensé en lo que todavía no conocía: en Guatemala, Honduras, Costa Rica, Colombia, Chile, Brasil, Argentina. En las aventuras y vivencias que estos países y muchos otros me traerían, en el enriquecimiento personal que me proporcionarían. Pensé en las descargas con Bertica, en los paseos por el Valle, en mis discusiones con Tony, en las noches estrelladas oyendo la música en directo a lo lejos, en mi sensación de haber encontrado una segunda familia, esta numerosa, en lo feliz que había sido durante esas semanas, en el dolor que me producía no estar allá. Finalmente, todo parecía indicarme que quería volver. Y así se lo hice saber a Amanda, a las tres de la tarde, el nueve de noviembre.

Amanda se quedó boquiabierta ante mi resolución.

"Te dejo tirada como una patata", le anuncié con una mezcla de sentimientos que me resultaba tan extraña como mi propia decisión.

Después de mi explicación, y sabiendo ya mi historia en Viñales, Amanda no sólo me entendió, sino que simpatizó conmigo y me animó a hacer lo que me dictaba el corazón. Siempre se lo agradeceré, pues su comprensión me alivió tanto, que fue como si ella hubiese tirado por mí el último lastre, el que me dejaba completamente libre.

Así pues, tan sólo cinco días después de haberme marchado, y ante el gran asombro de todos los que me conocían allá, regresé a Viñales. Regresé principalmente por Bertica. Yo le había hecho una promesa y era mi deseo comenzar a cumplirla. Eso era lo que realmente quería hacer. Volver a ver a mis amigos, vivir entre ellos y concederle a Bertica la oportunidad de un día sacarla del país, para que ella pudiese realizar su sueño de ser música fuera de Cuba. Su sueño se había convertido en mi propósito.

Tan pronto como regresé a Viñales, le dije a Bertica que estaría muy bien si pudiese componer una canción que tuviese como tema principal una de mis exclamaciones favoritas: "Jo, de verdad, ¡qué país!". Al parecer, mi regreso le hizo tanta ilusión, que empezó a escribir parodias y componer canciones como una loca. Decía que yo era su musa y su mánager . Que mi gran interés en su música le estimulaba a escribir. Lo más lindo del caso es que esto era recíproco, y a mí ella también me inspiró a escribir algunas canciones y parodias. Pero eso es meramente circunstancial.

Bertica trabaja en Cayo Levisa, un complejo turístico, todavía no demasiado explotado, de la provincia. Allí ejerce de trovadora del Duo Mallorcuba , amenizando el almuerzo y la comida a los turistas. En muchas ocasiones va más allá de sus deberes como música del complejo y se queda descargando con los turistas más entusiastas hasta altas horas de la madrugada, regalándoles su voz inquebrantable, viva, apasionada.

Y es que Bertica no sólo da su voz.

"¡Qué voz! ¡Pero qué voz!", repetía Amanda constantemente el día que conocimos a Bertica en Viñales.

Bertica se da a sí misma por completo a través de su voz. En cada canción y en cada nota. Da igual que haya tocado y cantado las canciones cien o mil veces, el que escucha aprecia que, indudablemente, está cantando con el mismo entusiasmo, con la misma pasión que la primera vez.

Pocos días habían pasado desde que le había dado aquella sugerencia sobre componer una canción que hablara acerca de algo de este país, cuando Berti llegó toda exaltada con su guitarra, me sentó en el sillón del portal de casa del Pipy y me empezó a cantar. La primera canción era "Alabao", que se trata del habla de los cubanos ("Pronuncian dispués, helmano, adentra y echa p'acá, para reirte ná más, escucha hablar a un cubano.") . Acto seguido, dice:

"Ehcucha esta. Es una parodia del Chanchán :

"De Viñales voy para Sanguilý,
llego al puerto, voy, si encuentro en que ir.
Del transporte en mi país
hay muchas cosas que hablar,
no hay guaguas, ni carros
que te puedan transportar.
De Viñales.
En cada pueblo o región
están los llamados puntos
donde están los inspectores
pa' organizar el asunto.
De Viñales.
Cuando Juanica y Chanchán
querían coger botella,
como Juanica está mala
no paraba ná, qué pena
De Viñales.
La gente sale en maná
cuando algún camión se para.
El chofer dice en voz alta:
¡tengo una goma ponchada!"

La letra de la canción es muy significativa, pues en muy pocas palabras lo dice casi todo en referencia al transporte en Cuba. Sin embargo se omite el segregacionismo que existe debido al uso obligado del dólar americano por el turista y esto es digno de mención, como extranjera que soy. Por culpa del dichoso dólar, el cubano es ciudadano de segunda categoría en su propio país. Entre 1991 (desmantelamiento del bloque comunista) y 1996, el transporte público disponible se redujo en un 70%.

Los turistas somos afortunados por poder permitirnos viajar en medios de locomoción, que los cubanos consideran "de lujo". Taxis del estado que te sacan un ojo como no andes con el mismo; carros y motocicletas de alquiler que son considerablemente más caros que en la mayoría de los países del mundo occidental; y Viazul. Somos afortunados, no sólo por tener los dólares para pagarlo, sino también porque podemos confiar en cualquiera de los medios de transporte que he mencionado. Podemos confiar en que llegaremos a nuestro destino en un periodo de tiempo razonable. Podemos confiar en que nuestro viaje será más o menos confortable. En lo que no podremos confiar, a excepcion de Viazul, es en que nos cobren la tarifa justa.

En el caso del taxi del estado (Transtur, Cubataxi, etc), el chófer siempre, siempre, siempre, intentará timar al turista. Algunos usan el taxímetro, pero finalizada la carrera, intentan cobrarle lo que marca, multiplicado por cuantas personas hayan viajado. Otros, tienen instalado el taxímetro, pero jamás lo usan y le cobrarán la cantidad que se les pase por la mente al llegar a destino, que suele ser dos o tres veces la tarifa real. Otros no tienen taxímetro, en cuyo caso ocurrirá lo mismo que con los anteriores. En fin, todo muy legal y eso. Con los taxistas del aeropuerto es necesario extremar las precauciones, pues saben que la mayoría de los yumas aterrizamos exhaustos y atolondrados, y ellos intentan aturdirnos incluso más para que acabemos pagando cuarenta y cinco dólares por llevarnos a Habana Vieja. (¡Alabao!) Y esto es un hecho verídico. Cuarenta y cinco dólares del aeropuerto a Habana Vieja. Menudo robo. Para que puedan comprobar más claramente el fraude, les diré que ese mismo importe pagué la última vez que viajé en taxi desde el José Martí hasta Viñales, y puedo asegurar que hay unos cuantos kilómetros de diferencia. Lo mejor es llegar a un acuerdo con un chófer que tenga taxímetro, preguntándole cuánto es más o menos a Centro Habana. No debería sobrepasar los doce o trece dólares. Si es al Vedado, menos. Si el taxista le da un precio más alto, que le den dos duros. Aproxímese al siguiente de la fila. Y luego al siguiente. Y así sucesivamente. En cuanto vean que usted sabe lo que está haciendo, le empezaran a llover las "ofertas", por llamarlo de alguna manera. Lo mismo ocurre con los destinos de larga distancia. El primero le pedirá ciento diez dólares por transportarle hasta Viñales (no puedo poner otro ejemplo). El último le pedirá aproximadamente sesenta o setenta. Las tarifas oficiales van de sesenta a ochenta. Es decir, que por ese precio no le están timando. No obstante yo, personalmente, no lo acepto y me voy hasta la terminal de ASTRO, donde bien puedo encontrar un taxi por unos cuarenta dólares e incluso seguir regateando, o puedo preguntar si hay espacio para mí y esperar a la guagua que sale para Pinar del Río, dependiendo de cuán ardientes sean mis deseos de llegar. Generalmente cojo un taxi.

Asociación de Servicios de Transporte por Omnibús, igual a ASTRO. Así se llaman las guaguas interprovinciales para cubanos. Aun siendo increíblemente barato desde el punto de vista de un yuma, el sistema de transporte interprovincial cubano es excesivamente costoso para sus ciudadanos, incluso pagando en pesos. ASTRO realiza el trayecto Viñales - Habana y Habana - Viñales a diario. O éso intentan. La tarifa es de ocho pesos cubanos, sólo ida. Aunque ocho pesos cubanos equivalen a sólo cincuenta centavos de dólar, menos de cien pesetas españolas, si tenemos en cuenta que esta cantidad supone casi la décima parte del salario medio, son pocos los cubanos que se pueden dar el lujo de viajar por placer, cuando tienen otras muchas necesidades que cubrir.

Si el lector ha tenido la oportunidad de ver la película cubana Lista de espera , tendrá una idea general de lo que explicaré en las siguientes páginas, y quizá también entienda un poco mejor la trama del filme. Las terminales de ASTRO son de lo más desorganizadas, mugrientas y cochambrosas. La primera que pisé, acompañada de Amanda y de Armando, fue la de Moa, en la provincia de Holguín. No merece la pena dar detalles sobre el estado en que se encuentra la terminal, pues la descripción anterior engloba las características de todas ellas. Acerca de ésta en particular sólo he de añadir que una no podía acercarse a los "aseos", palabra aparentemente desconocida por la administración, a menos de cincuenta metros. No exagero.

Armando es un topógrafo, como más tarde averiguaríamos, que viajó en una guagua-camión (todavía no estoy segura de lo que era aquello) desde Baracoa a Moa con nosotras en lo que eran ya los últimos coletazos de nuestro viaje alrededor de la isla. De hecho nos dirigíamos ya de regreso a La Habana, nuestro punto de partida, sólo que en lugar de ir directamente en una sola noche desde Santiago de Cuba, preferimos sacrificar unos días en la capital, y nuestros culos, hombros y espaldas, ya de paso, con el fin de "experimentar" los medios de transporte cubanos mientras nos quedaba una oportunidad. En Baracoa, pues, trazamos nuestro programa de regreso a la capital. Nos organizamos de manera que dejamos cuatro días completos para viajar de Baracoa a La Habana. Más vale que nos sobre tiempo una vez en la capital, que no que Amanda pierda su vuelo. El plan es llegar de alguna cubana manera a una localidad llamada Holguín, que es la ciudad por donde pasa Viazul que nos pilla más cerca. Pero para llegar hasta allí, la única opción que tenemos es ir primero a Moa, una ciudad que produce zinc. Hasta Moa no hay Viazul, y precisamente es eso lo que nos excita. Quién me iba a decir a mí que ésto pasaría de ser la típica "atracción experimental", a mi modo habitual de transporte.

Físicamente, Armando me recuerda a una mezcla entre Sidney Poitier y Morgan Freeman, pero en joven. A Poitier se parece en su aire de buena persona, tímida y de pocas palabras. A Freeman me recuerda porque la cara de Armando además de lo anterior, refleja fortaleza y determinación. Desde que nos encontramos en los asientos traseros de la "guagua-camión", se muestra amable y educado. Lleva consigo una pequeñísima maletica, del estilo de una que tenían mis padres cuando yo era muy pequeña, de plástico amarillo. Puedo apreciar que no ha sido tarea fácil cerrarla. Lleva un polo azul que se ve que es bastante viejo, porque ya clarea, pero extremadamente bien cuidado. Los cubanos cuidan muy bien su ropa, supongo que por la cuenta que les trae. Se debió de afeitar anteayer.

Su destino también es la ciudad de Holguín, donde nosotras planeamos pasar la noche para proseguir camino hacia La Habana al día siguiente. El, al ser cubano y por tanto bien curtido en las artes del desplazamiento, podría haberse despedido de nosotras al llegar a la terminal de Moa. Podría haber cogido botella, un camión o un carro a Holguín. Sin embargo, se empeña en no abandonarnos en un lugar de donde, debido a nuestra inexperiencia, jamás podríamos salir. O eso me parece ahora. Amanda y yo insistimos en que no es necesario que se quede, que ya nos las apañaremos. El hace caso omiso y nosotras finalmente cedemos y nos acostumbramos a su compañía. Es hombre de pocas palabras, lo cual nos da más confianza en él y además nos alivia, después del estrés, los acosos, las innumerables excusas cuando los jineteros (fuéranlo o no) se nos pegaban como apósitos por las calles, las infinitas charlas con extraños durante todo nuestro viaje. Por fin, paz. En el ajetreo del interior de una terminal de autobuses, paz.

Sabemos que el ASTRO de Holguín llega a las dos de la tarde, así que, como nos quedan casi dos horas, decidimos acomodarnos cerca de la barra de la cafetería, no por su suculento menú, sino porque es el punto más lejano de los aseos.

Amanda y yo no podemos evitar fijarnos en que Armando no hace más que ir de aquí para allá, fuera de la terminal y de vuelta otra vez. No tenemos ni la más remota idea de lo que está intentando, pero no nos inquieta. Mientras tanto, la calma se rompe un par de veces o tres cuando nos vemos asediadas por algunos taxistas, particulares, que nos aseguran que a Holguín, por diez pesos , es una ganga. Yo les contesto:

"Cubanos. Te doy diez pesos cubanos y trato hecho".

Se alejan inmediatamente mirándome con cara de "ta yuma s'a tragáun loco" . Por supuesto que se que el trayecto, en un carro particular, cuesta más de diez pesos cubanos, sólo que en estas ocasiones, lo mejor es dar respuestas disparatadas para que te dejen en paz, pues sabes de sobra que no vas a llegar a un acuerdo.

Más tarde caemos en la cuenta de que lo que Armando está haciendo es buscar carros particulares en el parqueo, fuera de la terminal, y haciendo averiguaciones acerca del ASTRO que llega a las dos, dentro de la terminal. De repente viene corriendo hasta nosotras y nos dice que coloquemos rápidamente las mochilas sobre unos asientos de madera que hay dispuestos alrededor de un cartel que cuelga en el techo donde leemos: Holguín. Ejecutamos sus órdenes sin rechistar, preguntándonos qué es lo que ocurre. Todavía no nos hemos dado cuenta de que estamos en lista de espera. Vemos cómo mucha gente se mueve rápidamente por la estación para hacer lo mismo que nosotras. Todos están agitados, nerviosos, inquietos. La gente se ha alterado en décimas de segundo. Han pasado de un estado tranquilo y reposado a una irritabilidad tremenda, que nosotras no entendemos. Algunos gritan, otros discuten porque uno ha colocado su periódico como señal y el otro le ha plantado una maleta arriba . Otros se reúnen alrededor de una señora que habla, pero a la que Amanda y yo, como no sabemos nada, no hacemos ni caso. Nosotras hemos puesto las mochilas arriba los asientos , como nos ha instruído Armando, y ahí estamos, tan tranquilas. Nos seguimos preguntando qué está pasando, pero para que no nos transmitan su estrés, decidimos no mezclarnos en el tumulto que se ha formado. Armando llega de nuevo a nuestro lado y se sienta donde esta su maletilla. Por fin nos enteramos de que estamos en lista de espera. Para saber en qué lugar de la lista te encuentras, has de contar cuántos asientos hay delante del tuyo. Los nuestros hacen los números quince, dieciséis y diecisiete. Bueno, pues nada, a esperar. Total, ya queda poco para las dos. Ya nos hemos enterado de que estamos en lista de espera, pero todavía no somos conscientes de lo que esto significa. Pronto lo descubriremos.

Vaya, la guagua se retrasa un poquito. Son las tres y media y aún no ha aparecido. ¿No tenía que llegar a las dos? Armando nos explica que a veces se averían por el camino. En realidad él quiere decir que generalmente se averían por el camino, sólo que no nos quiere asustar. Ahora Amanda y yo estamos un poco más incómodas, pues aparte de la espera, estamos sentadas con medio culo fuera del banco por culpa de nuestras mochilas, que no debemos quitar de los asientos, pues perderíamos el puesto. De vez en cuando damos una vuelta, por separado y sin acercarnos por la zona de los aseos. La verdad es que nos lo estamos tomando muy bien, para ser la primera vez, y para haber estado esperando anteriormente tres horas y media por la guagua que nos ha traído desde Baracoa.

Llegamos a las seis y media de la mañana a la terminal de Baracoa. Esta, mira tú por dónde, no es mugrienta. Simplemente, no es.nada. Cuatro palos con otros tantos ladrillos y un techo que da la impresión de estar a puntito de caerse. Dentro de la estancia sujetada por los cuatro palos, cuatro ventanillas; y tras ellas, un señor y una señora. Nosotras estamos esperando fuera, la verdad es que no se a qué, cuando de repente alguien grita: "¡Moaaaa!". Todo el mundo corre a hacer la cola, incluída Amanda. No es que yo no quiera correr, es que alguien se tendrá que quedar con las mochilas, ¿no? Desafortunadamente, a Amanda no le quieren dar un boleto para mí, de modo que la dejo a ella con las mochilas y, gracias a mis ágiles y largas piernas, recojo el penúltimo numero. ¡Uf!

A las ocho de la mañana, aparece un camión rojo, con la parte trasera cubierta, donde muchos de los que han cogido un billete como el nuestro, montan apresuradamente para poder hacerse con treinta centímetros cúbicos de espacio. Parecen granitos de café envasados al vacío. Nosotras nos preguntamos la una a la otra si ésa será la guagua. Qué pregunta más absurda. O, mejor dicho, qué absurdo preguntarnos entre nosotras. Es obvio que ninguna de las dos tenemos ni idea. Sin embargo, un cubano muy amable llamado Armando nos anuncia que no, que eso, no es la guagua para la que nosotras tenemos el boleto, aunque sí va a Moa y podemos montar si así lo deseamos. El va a esperar a la guagua, que es un poquito más cara, pero más cómoda. El camión cuesta cinco pesos cubanos (cincuenta pesetas). La guagua nueve. ¡Uf! Qué dilema. Cuando nos disponemos a pagar para subir, habiendo agradecido a Armando su atención, pero haciendo caso omiso de su consejo, el dueño del camión alarga el brazo hacia nosotras haciendo con la mano como un gesto de "stop!". Casi sin mirarnos, y meneando la mano con los cinco deditos bien extendidos nos dice que, para nosotras, cinco dólares. Después de poca discusión, pues el conductor sólo repetía las mismas dos palabras constantemente -cinco dólares, cinco dólares- moviendo la cabeza, casi todos los granitos de café, bueno, los que podiamos ver desde fuera, se vuelcan en nuestro favor apelando a la justicia para con las "pobres" yumas. Ese es el pueblo cubano. De nada sirvió, claro.

Acabamos viajando por nueve pesos con Armando, en esa guagua supuestamente más cómoda. También viajamos con la señora del pañuelo azul en la cabeza que me preguntó en la terminal si yo era la mamá de Amanda. Qué graciosa. Los asientos de la guagua son de metal, quizá para no rebotar demasiado por culpa de los socavones de la carretera. Encima, vamos en la penúltima fila, donde parece que la intensidad de los botes se multiplica por un número diferente de veces, dependiendo del tamaño del agujero en la calzada. La guagua hace paradas, no sólo donde las hay, sino donde se le antoja, para comprar ristras de ajos, o plátanos o naranjas. En una de las paradas, Amanda sigue el modo operativo cubano y, sacando medio cuerpo por la ventanilla, compra cuatro naranjas por un peso. De nuevo en marcha, los botes continúan mientras ella ofrece a todos los pasajeros de alrededor y en eso, una de las naranjas sale despedida por la ventana. Cuando por fin consigue pelar la suya, los brincos del vehículo parecen intensificarse por segundos. Tanto es así, que Amanda no acierta a meterse los gajos de naranja en la boca ni una vez a la primera. Se los mete en el ojo, los espachurra contra su nariz o salen despedidos hacia el señor sentado detrás de nosotras, que es Armando. ¿Y los pobres pollos? ¿No es cruel que su primer viaje esté lleno de sobresaltos? No se los pollos, pero los huevos de algunos pasajeros, seguro que no llegaron vivos. Mi culo y mi rabadilla sí llegaron vivos, pero a duras penas. No se si es que realmente son más duros y estrechos o es que me lo parece a mí, pero después de aquellos, los asientos rígidos, pero estáticos, de la terminal de Moa eran un placer, al menos al principio.

Después de las tres y media, una señora se acerca hacia nosotros, los que estamos sentados alrededor del cartel de Holguín. La conmoción esta vez es incluso mayor. La pobre señora se ve enterrada bajo una pila de manos, brazos, quejas y rugidos. En ese momento me pareció que estaba viviendo en la realidad el vídeo de Thriller de Michael Jackson. Menos mal que sigo siendo una mera espectadora. Yo me pregunto por qué esa algarabía si todos tenemos ya los numeros asignados. La señora pretende repartir billetes y lo hace como puede, la pobre, desde las profundidades del infierno, alargando el brazo y sin poder distinguir si esta garra que se mezcla con muchas otras ante su rostro atemorizado y que amenaza con arrancarle de cuajo lo primero que pille, realmente tenía el número siete o el cuarenta. Entonces me doy cuenta de que en estas situaciones, hay que ser un "aguililla". Nos quedamos sin plaza . Me consuela un poco saber que aun si se hubiesen repartido los billetes de la lista de espera de un modo justo y ordenado, tampoco habrían alcanzado los asientos para nosotros. Tan sólo había catorce asientos disponibles. ¿Deberíamos habernos sumado a la avidez sangrienta de los muertos vivientes del Thriller y dejar a dos cubanos sin plaza?

Tras el tumulto y la decepción, Armando nos explica que hay una guagua de ASTRO a las cinco que va hasta un pueblo muy cercano a nuestro destino. Desde allí podremos coger botella hasta Holguín. A pesar de que llevamos ya casi cuatro horas en la terminal de Moa, no nos queda más remedio que conformarnos con la situación y esperar otra hora y media más. Aunque ya las horas empiezan a hacerse más y más largas y los asientos, más y más duros. Amanda y yo hemos tenido que comprar una pizza, pues estábamos en ayunas. Mejor no doy detalles sobre la pizza. Y yo, he aguantado mucho tiempo sin café, porque el que venden en las cafeterías lo hacen siempre con azúcar. Pero al final, tengo que hacer un poder y tomarme unos cuantos, - dios santo, qué sacrificio - pues el agua natural embotellada no me proporciona la cantidad de cafeína recomendada por el Ministerio de Salud. Para cuando llegan las cinco, Amanda ya se ha puesto a leer y yo estoy tan ostiná que me voy a dar una vuelta con Armando por ahí. En Moa no hay nada que ver. Es un pueblo industrializado que produce zinc. Durante nuestro paseo, Armando me cuenta que ha conversado con la señora que hay en la ventanilla para que nos venda a Amanda y a mí un billete de ASTRO en pesos y que ella ha accedido, si le damos un fula cada una por lo bajini. Me aclara que la señora no nos puede vender los billetes hasta que entre la guagua. El acuerdo me parece un chollo, pues tan sólo son siete pesos, más el dólar.

Son ya las seis y media y la guagua sin entrar. Ha transcurrido tanto tiempo que las cuatro estaciones han pasado por la terminal. He visto el sol ardiente del verano a mediodia; he sentido el viento suave del otoño al principio de la tarde, seguido de la frialdad húmeda del invierno, y ahora, se pone a llover torrencialmente como en primavera. El trajín de la tarde ha cesado. La terminal se ha ido vaciando poco a poco. Ya no quedamos muchos. Estoy agotada, desganada y destrozada. Amanda está dormida sobre los asientos de madera con el libro de García Márquez entre las manos.

Cuando por fin, a las siete y pico, entra la guagua, la señora de la taquilla que había prometido vendernos el billete en pesos, nos refiere al chófer. Con la mochila a cuestas y, muy a mi pesar, teniendo que pasar obligatoriamente por las cercanías de los aseos, me dirijo al conductor para explicarle que me envía la señora de la taquilla para que él me venda el billete. Ni siquiera me mira a la cara, mientras se fuma un Popular sin filtro. Creo que ni me está escuchando.

"Hable con la de ventanilla", balbucea.

"Pero si ha sido ella la que me ha referido a usted."

"Hable con la de ventanilla", balbucea.

Mientras, Amanda y Armando, intentando convencer a la de ventanilla. No hay manera. Ahora ni siquiera nos quiere vender un pasaje en dólares. Vuelvo a salir donde está el chófer, que ya está a punto de subir al autocar. Monto en cólera por la nueva negativa. Al igual que en Baracoa, todos los presentes se vuelcan para que nos dejen subir. Algunos incluso se inmiscuyen demasiado, o así nos parece a Amanda y a mí, quizá sólo debido al agotamiento que tenemos encima. Amanda le pide a Armando que por favor, que se vaya él en la guagua, que ya ha hecho suficiente y que ya nos las arreglaremos solas. No podemos más. Estamos indignadas, exasperadas, irascibles y enojadas. El agotamiento nos hace reaccionar a cualquier cosa con un ladrido. La reacción de Amanda ha dejado atónito a Armando. El pobre se ha quedado a cuadros. El blanco de sus ojos y su dentadura parece ahora más blanco al contrastar con su piel. Pero no está molesto, simplemente no sale de su asombro.

ASTRO sale sin nosotras y sin Armando y finalmente el cansancio vence a nuestro enojo. Seguiremos esperando a ver si pasa algo. Ahora sí que quedamos pocos. Llega un muchacho que vende pizzas. Después de la de esta mañana, no, gracias. A pesar de no realizar la venta, el chico entabla una amistosa conversación acerca de literatura con Amanda hasta que ella le comunica amablemente que le gustaría seguir leyendo su libro de García Márquez. Algunos de los que vinieron esta mañana con nosotros en la guagua regresan a la terminal para volver a Baracoa y se quedan perplejos al vernos allí, todavía. Uno de ellos quiere rollo conmigo y se cree que haciéndose el graciosillo con el cuento de que parezco la mamá de Amanda me va a animar la tarde, o que me va a enamorar o algo. Indiscutiblemente la expresión de mi cara refleja lo que no he manifestado de viva voz y finalmente se retira de mi lado, gracias a dios.

Después de más de nueve horas en la terminal, a las nueve y cuarto de la noche, Armando nos llama. Ha conseguido un carro particular. Estoy tan hecha polvo que no puedo saltar de la alegría, la verdad. Ni siquiera me alegro cuando acordamos pagar tan sólo cuatro dólares cada una. Por fin, escoltadas por Armando, llegamos a una casa particular, en una calle céntrica de Holguín, a la una y media de la madrugada. Recuerdo que la tenue luz de unas farolas se reflejaba en el asfalto mojado por la lluvia, cuando pedí a Armando que me diera su dirección.

Las guaguas de ASTRO tienen reservados cuatro asientos por si se presentan turistas que quieran viajar incómodamente por pagar unos dólares menos que en Viazul. En el caso del trayecto Viñales - Habana y viceversa, ocho dólares en lugar de doce. Algunos lo hacen por solidaridad, para viajar "como un cubano", sin darse cuenta de que en realidad lo que están haciendo es fastidiarles. Y otros lo hacen para ahorrarse cuatro dolarcillos, lo cual me parece absurdo y un poco egoísta (también es verdad que la mayoría de ellos no tiene ni idea de que están usurpando el puesto a un cubano). Me parece absurdo porque por sólo cuatro dólares, el turista está arriesgando su tiempo, como poco. En el noventa y nueve por ciento de las ocasiones, el ASTRO de Viñales llega tarde, lo cual quiere decir que también saldrá tarde. Las demoras varían entre media hora, y seis o siete.

Recuerdo el día que Made, su hermanita Leyanis y yo, fuimos a acompañar a Lucía, la esposa del papá de Made, a la parada de ASTRO. Al ser de menos categoría, claro, la parada de ASTRO está justo detrás de la de Viazul. En Viñales la terminal de guaguas se reduce a un espacio de parqueo frente a la despedición de pasajes , en la calle Salvador Cisnero, el eje central del pueblo. Los pasajeros, los chismosos y los jineteros se concentran por los alrededores de la oficina de venta de billetes. Los tres o cuatro pasajeros más afortunados - o más aguilillas - se sientan en el murito de color azul claro que hay entre la oficina de las guaguas y la tienda de Cubartesanía , seguramente con unos cuantos bultos a sus pies. El resto de los pasajeros de ASTRO, si son cubanos, esperaran pacientemente de pie, pues eso de sentarse en el piso , como los turistas, no les va.

En Viñales, como en cualquier pueblo del mundo supongo, la gente es bastante ridícula con estas cosas. Son de los que se ponen de punta en blanco para ir a La Habana, como solían hacer antes en España las gentes "de provincias" cuando viajaban a la capital. No se si lo seguirán haciendo. Quizá piensen los viñaleros que de este modo les resultará más fácil entremezclarse con los de la capital e incluso pasar desapercibidos. Lo cierto es que a un guajiro, como los habaneros califican a cualquiera que no resida en una ciudad, se le reconoce a la legua; y a un pinareño, en cuanto abre la boca. (¡Alabao!). El caso es que cuando pasas por la parada de ASTRO en Viñales, sabes perfectamente quién va pa' La Habana y quién no, sólo por su modo de vestir. Y también por los bolsones que acarrean. Grandes bolsos desbordados, donde ya no cabe ni un alfiler. A mí me recuerda todo esto, a las películas de Paco Martínez Soria, cuando el pobre garrulillo partía hacia la capital con su boinica y su mejor trajecico de pana negra, cargando con los pollos, la longaniza y un buen pedazo de queso. Los viajeros de Viñales, puede que lleven unas mudas, la comida para unos cuantos días y cinco libras de arroz para el cirujano que atiende al hijo. O quizá se trate de tres libras de arroz, dos de frijoles y unas cuantas malangas para tía Fulanita, en cuya casa se tendrá que quedar el pasajero durante su estancia en la capital. Lo que cargan en esos bolsones repletos depende del objetivo del viaje, que casi siempre es ver o acompañar a algún pariente enfermo, o solucionar algún papel que no se puede resolver en la provincia. Sin embargo, los turistas viajan en ASTRO por "placer".

Una vez se ha comprado el billete, ya no se puede cambiar. El turista, innecesariamente, tendrá que esperar durante horas, igual que el cubano, cuando podría haberse ido cómodamente en Viazul, que siempre sale a su hora. Los vuelos de regreso a Europa suelen salir de noche del aeropuerto José Martí, de modo que, de verdad, no es una buena idea confiar en ASTRO si realmente quieres volar ese mismo día. Absurdo.

Egoísta. Aun en ASTRO, el turista es un pasajero privilegiado, pues él puede comprar el billete el mismo día que viaja, mientras que el cubano ha de reservarlo con un mes de antelación. Claro, para eso nosotros pagamos fula. Viajar en ASTRO, en la mayoría de los casos, es egoísta porque estas usurpando su plaza a un cubano, que si está allí en lista de espera, es porque no tiene otra opción, mientras que el turista, por cuatro míseros dólares más se podría haber ido en Viazul.

Esas cuatro plazas reservadas para los yumas en ASTRO no son más que un intento de la administración de llenar un poco más las arcas del estado. Pero en realidad, como muchas otras cosas en este país, la venta y reserva de billetes es puro chanchullo. Pongamos que yo soy cubana. Todas las plazas de ASTRO para cubanos están ya reservadas y vendidas. Pero yo necesito ir a La Habana mañana con urgencia, y la de la taquilla es mi amiga, o amiga de mi amiga. Yo voy, le explico mi situación y entonces, por un módico precio, siempre en dólares, me venderá una de esas plazas de forma ilícita, en lugar de esperar a que llegue un yuma. Los cubanos generalmente se apoyan mucho entre sí y la señora de la taquilla seguramente preferirá ayudar a un conciudadano y de paso llevarse algo al bolsillo, que venderle la plaza a un extranjero. La amiga de mi amiga entonces me pone el precio en dólares. Si lo puedo pagar, bien, y si no, esperará a que llegue el siguiente amigo del amigo del amigo. Nunca faltan amigos de amigos que puedan pagar un poco más. Parece que en lo único que Cuba está al mismo nivel que el mundo capitalista, es en los enchufes y en los trapicheos. La taquillera se lleva unos dólares a casa habiendo vendido un pasaje en pesos. En cuanto al delito cometido, es extremandamente fácil engañar a la administración de este modo. En caso de duda, ella lo justificará diciendo que ningún yuma compró un billete, así que lo tuvo que vender, en pesos, a un cubano en lista de espera.

El día que el papá de Made, Lucía y Albertico, el otro medio-hermano de Made, viajaron a La Habana, el ASTRO salió a su hora (!?). Las dos de la tarde. Toti y Alber tenían consulta; el primero para su problema de circulación en el pie, y Alber, que tan sólo tiene once años, con el cardiólogo. Por supuesto, tenían el boleto reservado desde hacía meses. La vuelta sin embargo, no la podían reservar, pues esto hay que hacerlo en la oficina del punto de salida. Toti tuvo que ser ingresado en el hospital y a Alber el cardiólogo le dió una serie de consejos para que su soplo no empeore y le dijo que volviera a revisión en doce meses, en enero del año que viene. De modo que Lucía tuvo que volver a Viñales a traer a Alber, con intención de regresar a La Habana cuanto antes para estar junto a su esposo. Lucía nos hizo el cuento de la odisea que fue el regreso a casa. La pobre mujer, con un niño a remolque, cogiendo botella en medio de la autopista. Lo penoso es que no es la única ni mucho menos. Hay madres con bebés, hijos con ancianos, esperando a que les den botella en medio de las autopistas. Es lamentable, vergonzoso e inhumano. Pero "Mediante nuestro sacrificio, ¡venceremos al imperialismo yanqui!", diría Fidel Castro. Ya me gustaría a mí verle pidiendo botella o en la cola de la bodega. Según Lucía nos contó, tuvieron la suerte de coger una guagua hasta el entronque de Pinar del Río y allí esperar, bajo un puente, "tan sólo" una hora y media hasta coger un camión que venía directo a Viñales, aunque llegaron empapados a casa, después de cinco horas de viaje en la parte trasera del vehículo, bajo un gran aguacero. Ni qué decir tiene, que la mayoría de los camiones sólo tienen techo en la cabina, y da gracias.

Así pues, después del penoso regreso a Viñales, Lucía tenía que resolver un billete en ASTRO para La Habana lo antes posible. Made conoce a casi todo el mundo en el pueblo y, como he explicado antes, siendo amigo del amigo del amigo y teniendo un par de fula, uno puede resolver algunas cosas. Made es de las que tiene tres dólares en el bolsillo y parece que vaya en busca de alguien que los necesite en lugar de guardárselos para ella. Así, y quizá gracias a que un turista no llegó antes y compró su plaza, Lucía pudo regresar a La Habana. Pero no sin tener que sufrir una demora de tres horas en la parada. Su vuelta al cabo de un mes con Toti fue más que una odisea. Fue una pesadilla. Sobre todo para Made.

Esto demuestra el segregacionismo al que me refería, tan sólo en materia de transporte. Algunos turistas quieren sentirse solidarios y viajar como los cubanos. Sin embargo, el sistema está hábilmente estructurado para separarnos de ellos mediante la moneda, viajemos en ASTRO o en Viazul.

Sigamos con el separatismo. No recuerdo exactamente cuándo me enteré de que, en Viñales al menos, a un cubano no le está permitido rentar una motocicleta. Ni un carro. Ni siquiera una bicicleta. Ni siquiera se le puede designar en el contrato como segundo conductor. Nunca se me ha dado una razón válida, pues las preguntas que haces a empleados del estado en este país nunca tienen respuesta, pero sospecho que puede ser debido a uno de estos dos motivos: que no se confía en el cubano, pues debido a la escasez de todo en este país, existe un alto riesgo de que la moto nunca vuelva a aparecer entera, ni por piezas; o que el cubano no se puede permitir pagar el seguro, y mucho menos el vehículo o su reparación, en caso de accidente o siniestro. Esto implica, por otro lado, que el turista no debe permitir que un cubano maneje la moto, bici o carro que ha alquilado, pues si lo hace, corre el riesgo de tener que pagar una multa de cincuenta dólares. A mí me dieron un toque. Menos mal que cuando la policía fue a dar parte al gerente de Transtur, yo no estaba en el pueblo. Cuando fui a devolver la moto, el gerente de la empresa que alquila las motos, me advirtió que la policía había estado preguntando quién tenía rentada la moto con número de matricula 5711, porque habían visto que un cubano andaba manejándola. Ese era Michel, el medio-hermano de Made, que le encanta especulal ante sus amigos con el motol que le ha prestado su amiga yuma. El gerente simplemente me estaba alertando para que no terminase pagando una multa. Desde ese día sólo permití manejar a Made y a Bertica, y únicamente en carretera, nunca en las cercanías de los pueblos.

Existe otro modo de viajar en Cuba, las guaguas que no son de ASTRO, es decir, que no son interprovinciales. Por ejemplo la que nos llevó de Baracoa a Moa. Que no sean interprovinciales no significa que no haya mucha gente que opte por usar estas guaguas, incluso cuando su objetivo es viajar entre provincias. En lugar de viajar en ASTRO, cogen una guagua de un punto a otro, luego un camión, luego un carro particular y así sucesivamente hasta llegar a destino. Este modo de viajar es en realidad el más común, ya que rara vez sabes cuando vas a tener que hacerlo y por tanto las reservas con un mes de antelación de ASTRO no sirven de nada.

En la provincia de Pinar del Río, las guaguas son bastante escasas, aunque yo he tenido la suerte de poder subir en varias. Estas guaguas no siguen un horario, aunque creo que a veces lo intentan. Las guaguas que pasan por Viñales, cuando pasan, lo hacen una vez al día. Por ejemplo, hay una que va de Viñales a la capital de la provincia, Pinar del Río. Esta sólo he logrado cogerla una vez, con Bertica, alrededor de las ocho y media de la mañana. Todas las demás veces que he estado esperando desde las siete hasta las nueve de la mañana, no ha aparecido entre esas horas. Hay otra que va a La Palma, justo en el sentido opuesto, y que sólo pasa por la noche, aunque debería hacerlo alrededor de las seis y media de la tarde. Nunca me he visto obligada a coger ésta, y menos mal, porque va siempre a reventar. También hay otra guagua que va a Pinar por las mañanas y vuelve a salir de regreso hacia las cuatro, pero esa no la puede coger cualquiera. Yo he tenido el "privilegio" de subir en ella gracias a Bertica. Es, atención, la guagua de los enfermos de Sanguilý. Cuando oí esto de boca de Bertica por primera vez, mi cerebro a toda prisa se imaginó docenas de ancianos dentro de una autobús cochambroso, los pobrecillos con la sonda puesta, o arrastrando las perchas esas para el suero, todos decrépitos, y rodeados de enfermeros con jeringuillas. En fin, otro vídeo de Thriller , sólo que con enfermos. Horrible. Claro, con esta fotografía que me había inventado de la guagua de los enfermos, le aseguré a Bertica que tampoco había que ponerse tan extremista, que podíamos esperar a que llegase otra guagua, o una máquina; que al fin y al cabo, llegar en hora a sus clases no era tan importante como para que tuviésemos que viajar durante una hora y media en semejante vehículo. Bertica entonces me explicó que no era como yo me había imaginado. Como el policlínico (urgencias para los españoles) de Sanguilý, es como si no existiera, todos los sanguileños que necesitan ir a los distintos hospitales de Pinar, cogen esa guagua, que supuestamente parte del pueblo a las seis de la mañana. La guagua es directa, solamente hace paradas en los hospitales de Pinar y a partir de las tres de la tarde va recogiendo de nuevo a la gente. Así que, aunque atraviesa Viñales por la calle principal, casi nunca para por allí, pero Bertica conoce a la enfermera que viaja de co-piloto y si la ve esperando, le hace el favor de dejarla subir, sabiendo que habrá recompensa.

El tamaño de todas estas guaguas es menor que el de los microbuses españoles y la cantidad de personas que recoge, el doble. Siempre caben dos más. El estado en que se encuentran, penoso, y la velocidad que cogen loma abajo, osádamente vertiginosa, pues desconectan para no gastar combustible. Sin embargo, si está usted dispuesto a arriesgar su cuello en el viaje y a pasar una hora y media, generalmente de pie, para hacer un trayecto de menos de treinta kilómetros, es lo más barato para viajar entre localidades, además de los camiones.

En realidad no hay mucha diferencia entre las guaguas y los camiones, aunque estos últimos sí que no tienen ningún horario. De hecho, si no hay un amarillo en el punto, muchos pasan de largo. Otra diferencia sustancial es que la gran mayoría carecen de techo, y en Cuba te puede caer tremenda trompa de agua así por las buenas. También puede que las guaguas sean un tín más cómodas, primordialmente porque sí tienen techo y porque sí tienen asientos. Pero la diferencia que más grabada tengo, es el nivel de dificultad para subirse ahí arriba. Porque he visto en cientos de ocasiones cómo la gente se encarama y también lo he comprobado personalmente haciéndolo varias veces, que si no, diría que es imposible trepar a uno de esos camiones. No tienen por dónde. Generalmente tienes que subir haciendo varias escalas: primero la llanta, luego la cámara de la rueda, luego lo primero que veas donde puedas plantar el pie sin dejar de agarrarte con las manos, ya mugrientas; y por fin llegas a esos pedazos de madera entrelistados o paneles de hierro, que hacen las funciones de "vallas protectoras". Hay gente que te extiende la mano muy amablemente para que puedas subir mejor, pero a algunos que parece que les sienta mal que una yuma monte en "su" camión y se ponen ahí, justo delante de tí, para que no puedas pasar la pierna por encima de la valla protectora. Todas las veces que yo he montado en un camión, Made o Bertica han tenido que alzarme, empujándome el culo desde abajo porque si no, no había manera de subirme. Todo un chow . Es todo como muy surrealista.

Otro método más caro, pero no necesariamente más rápido ni más confortable, son las máquinas. Las máquinas son carros de los años cincuenta que, a trancas y barrancas, todavía funcionan. Mejor dicho, el motor medio-funciona. Las ventanillas no bajan, o no suben, las puertas no abren o no cierran. En fin, un desastre. Quienes hayan visto Fresa y Chocolate , recordarán la escena en que Diego se baja de una máquina, mientras una señora gorda le mete prisa: "Apúrate papito, quehta cafetera me tiene ostiná" . Son como taxis compartidos con un destino común, si es que la máquina llega al destino. No es raro ver máquinas averiadas o echando humo a un lado de la carretera. Al conductor, que está intentando repararlas, sólo se le ven las piernecillas, el resto del cuerpo lo tiene empotrado dentro del motor o tirado bajo la carrocería. Todo sea dicho de paso, no son sólo las máquinas las que se quedan a mitad de camino, en las orillas de la vías de tránsito. Se ven camiones, guaguas y carros particulares. Rara vez un tur. Cuando se trata de un camión con pasajeros o de una guagua, la escena no es fácil. Es muy triste ver a toda esa gente tirada en la carretera, sobre todo si está atardeciendo o es ya de noche. Si normalmente se tardan horas en coger botella o una guagua, en estos casos las posibilidades de que alguien les recoja se ven reducidas al conjunto vacío. Las máquinas y las guaguas deberían funcionar las veinticuatro horas del día. He dicho.

De Viñales a Pinar, una máquina cuesta diez pesos. A pesar de que para un cubano es un precio bastante inasequible, siempre van llenas. Los dueños de las máquinas tienen licencia del estado para transportar a cubanos. Se dedican a ir y venir de un sitio a otro varias veces al día. A veces no salen de su punto de partida a no ser que esten llenos, y quiero decir, llenos-llenos, seis o siete pasajeros, sin contar al chófer. Estas máquinas son de las increíblemente anchas, pero no para tanto. Pero claro, cuantos más pasajeros logre, más pesos para el bolsillo del conductor, que, total, va a ir igual de cómodo. Por cierto, si no va usted con un cubano, intentaran cobrarle en dólares, claro. Yo, aunque vaya acompañada de uno, no abro la boca, por si acaso. Una vez, viniendo de Pinar, una de las señoras que viajaban con nosotras me oyó decirle algo a Bertica y le preguntó:

"¿De dóndehella?"

"Eheppañola", contestó Berti, en voz baja.

El conductor lo oyó y dirigió la mirada hacia mí a través del retrovisor, como queriendo comprobar por mi aspecto, que, efectivamente, no era cubana. Pero cuando llegamos a Viñales nos cobró solamente los veinte pesos de rigor. Menos mal, porque yo no llevaba ni un dólar, ni un peso, encima.

Hay un método gratuito de viajar entre localidades, y es tener la suerte de que te pare un carro particular, que es lo que más se parece a nuestro "hacer dedo" o "auto-stop". Tu suerte depende de si conoces al conductor o no, de si viajas tú sólo o sois dos, o tres o la familia al completo. (Absténganse del intento en caso de ser familia numerosa). Todo es cuestión de suerte. La primera vez que me dieron botella, fue con Made. Y precisamente el primer tramo del trayecto, de Viñales a La Palma, lo hicimos en un jeep (que ellos llaman yipi ) particular. Sólo estuvimos esperando en el punto una hora y media. Tremenda suerte. Hay veces que la gente tiene que virar p'atrás , es decir, a su casa, o a dormir en la cafetería, porque han estado todo el día en el punto y no ha pasado nada. Y no me lo estoy inventando. Anda que no ha habido veces que Berti ha tenido que virar para el Bosteso porque no ha podido coger nada para el Cayo, o para Sanguilý, después de estar hasta seis o siete horas esperando en el punto. Ese día, que yo iba por primera vez a Sanguilý, llegamos a La Palma sobre las once de la mañana, después de que el señor tan amable del jeep nos diese botella hasta allá. En el punto para ir a Sanguilý estuvimos unas dos horas y media esperando, hasta que por fin, llegó una guagua y salimos corriendo tras ella, yo a riesgo de perder los pantalones en la carrera. Es que había perdido batante peso y los pantalones se me caían. Después de estar sentadas, - sí, conseguimos asiento -, nos enteramos de que la guagua vira de nuevo hacia La Palma en Magueye, es decir, que nos deja a cuatro kilómetros de la casa de Bertica. Con la calorina que hacía, Made tenía la esperanza de poder coger algún camión por lo menos hasta el entronque, pero yo por aquel entonces todavía no había montado en uno de esos camiones, que para mí eran como dinosaurios, y me daba muchísimo corte hacer el ridículo trepando a uno. Siempre intentaba por todos los medios viajar de cualquier otro modo. Así que le dije a Made que por qué no íbamos andando hasta Sanguilý, pues "era preferible ir paseando por la carretera, en un día tan maravilloso". Total, sólo eran cuatro kilómetros, hacía un calor insoportable y las vistas infinitas de caña, caña y más caña eran muy, muy atractivas. No, en serio, el paisaje es divino. Creo que Made adivinó al instante lo que había tras mi seductora proposición, y a pesar del calor de las dos de la tarde en plena llanura de cañaverales, Made, que aborrece el sol, transigió y aceptó mi sugerencia sin rechistar. Poresita . Creo que luego me arrepentí de no subir al camión que paró y nosotras ignoramos.

Hay también carros particulares que ejercen de taxis, ilegalmente. Por lo general, a éstos se les busca, en lugar de esperar a que pasen, y son más caros. En Viñales hay varios, todos unos oportunistas. En cuanto saben que el que quiere viajar es un yuma, y aunque vaya acompañado de un amigo cubano, suben el precio inmediatamente. Yo sólo he alquilado uno de éstos y fue únicamente porque ese día me sentía angustiada sólo de pensar que teníamos que ir hasta Sanguilý cogiendo botella. Cuando está negociando el precio, el chófer siempre le engañará con respecto a las cantidades, de todo. Lo que le cuesta cada litro de combustible, los litros que el carro consume por kilómetro recorrido y los kilómetros que hay hasta el destino. Yo ya me las se todas, claro. Dónde compran la gasolina ilegal, cuántos litros consume un Lada o un Moskovich y cuántos kilómetros de distancia hay entre las diferentes localidades de los alrededores. Si esta vez pagué cinco dólares más de la cuenta, fue únicamente por no discutir y porque me daba igual pagar un poco más, con tal de no sufrir la tortura de esperar botella. Pero siempre dejo bien claro al conductor, de un modo u otro, que sé que me está timando. También hay que considerar el hecho de que si la policía para a uno de estos carros y le cogen con un yuma dentro, hay multa. Da igual si es tu amigo y te está haciendo un favor; o si le conoces desde hace meses o incluso años. Si no tiene un permiso legalizado, la multa que le cae es fina. En las carreteras del estado hay muchos, excesivos, puntos de control de la policía, donde todo conductor que pasa, ha de parar para que se le revise el carro. Es el modo del gobierno de ganarse unos pesos más por ilegalidades, ya sea por camuflar manteca o unas langostas en el maletero, por llevar a una persona que no porta su documento nacional de identidad, o por llevar a un turista. Si las actividades ilícitas vigentes ya no dan suficientes fondos al estado, se inventan unas cuantas más.

Miguelito, el hermano de Bertica, me ha llevado dos veces a La Habana en su carro particular cobrándome única y exclusivamente el precio de la gasolina, a diferencia de todos estos oportunistas. El riesgo de ser cogido por la policía era el mismo, o incluso más alto, por ser autopista. No se deje engañar si ponen una multa al chófer. Hay que andarse con mucho ojo cuando se alquila este tipo de vehículos, porque a veces, los propios conductores están compinchados con algún oficial de policía para que les pongan una multa, que el turista, ante semejante injusticia y con un profundo sentimiento de culpabilidad, termina pagando. Después el conductor y el agente se repartirán el botín. Otra vez, este timo es fácil de esconder a la administración. El agente declarará en su planilla de multas una cantidad inferior a la que el turista le ha pagado.

Las carreteras. Las carreteras son del año mil. No obstante, el gobierno se cuida mucho de no dar a los visitantes motivos para criticar el país en ese sentido, así que se ocupa de mantener en mejores condiciones los accesos a lugares, puntos o localidades turísticas. Recientemente han vuelto a asfaltar un buen tramo de la carretera de Pinar del Río a Viñales, pues el flujo de tráfico está aumentado considerablemente. Autopistas, creo que debe de haber tres, que salen de La Habana, Santiago y otras grandes ciudades. El resto de las provincias han de conformarse con algunas carreteras sin señalizacizar.

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