De Cuba traigo un cantar

El verdadero nombre de Clara

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Vive en un banco frente al parque. Mario hace el mismo recorrido todos los días desde su edificio hasta el trabajo y le dice Hola al pasar, pero no hay respuesta.

Al principio él pensaba que la persona en cuestión era un hombre. La suciedad, unos ropajes amplios y un gorro calado hasta las cejas la hacía una persona asexual; hoy sabe Mario que es una mujer. Fue a causa de una visita de la Asistencia Social del Ayuntamiento, la semana pasada. Hablaron largo y tendido con ella pero era como estar hablando con una pared, su mirada estaba perdida, muy lejos. A fuerza de convencimiento, lograron llevársela en una furgoneta de color gris.

Tres días más tarde se había escapado del albergue: como la hija prodiga, volvió a estar sentada en su banco, hablando sola a los cuatro vientos; tenía acento, no era española. Se le veía bañada y le habían cortado el pelo de una forma más femenina. El gorro había desaparecido y llevaba otra ropa, un nuevo aspecto más saludable.

Mario no se quitaba de la cabeza a aquella mujer que por sus años podía ser su madre, la tenía clavada en el corazón, era un sentimiento que lo superaba. Y como la forma de ser de Mario es terca, y le picaba la curiosidad, cada vez que pasaba por aquel parque, de camino a su trabajo, se le iba la mirada al banco y se preguntaba, ¿cómo una mujer de mediana edad aún, llega a esta situación?

Al día siguiente era martes y después de analizar una serie de puntos, decidió ir al Ayuntamiento. Seguía pensando en su madre y, en el fondo, aunque estaba ayudando a una desconocida, se consolaba en pensar que estaba pagando la ayuda que necesitó su madre una vez.

Creyó que en el Ayuntamiento no lo iban a recibir, ustedes saben que ya todo es con cita o manga ancha. Esperó su turno y entró en la oficina. Aquello era caótico, los estantes llenos de papeles sin ordenar, el teléfono sonando :

- Buenos días, yo vengo por el caso de la indigente que vive en el banco de la calle Europa, no sé si sabrá de quien le hablo... una mujer de unos cuarenta y cinco, cincuenta años...

El señor que lo atendía empezó a mirar un fichero y por fin le respondió:

- Mire usted, sé de quien me habla. Hace unos días envié dos asistentes a hablar con ella y lograron convencerla para ir a un albergue, pero no hay forma de poder ayudarla. Manifiesta algunos episodios que según el médico, pertenecen a algún tipo de esquizofrenia. No quiere vivir en España, no acepta nuestra cultura, nuestra forma de vivir, y el Ayuntamiento no puede proporcionarle por el momento más ayuda que el albergue municipal.

Mario salió de allí peor de lo que había entrado, encontró mucha hipocresía en unos servicios que se decían para el “necesitado”. De camino al banco, había decidido llamarla con el nombre de Clara, porque tenía los ojos de un lúcido azul celeste.

Clara estaba acostada a lo largo, con una manta por encima, tiritando de frío. Mario se paró a su lado y ella ni se inmutó. La tocó en el hombro, a modo de llamada y entonces ella reaccionó pero sin moverse. Solamente abrió los ojos lentamente y se le quedó mirando. Mario se sintió un poco intruso y hasta entrometido, pero continuó hablando.

- Oiga señora, escuche, mi nombre es Mario, ¿podemos hablar un momento?

- Si - dijo ella, lo conozco. Usted es el que me dice Hola todos los días y al que yo no respondo.

- Bueno, yo quería hablarle, hace mucho que la veo aquí en este banco, me da mucha lástima verla en la calle. Dígame, ¿cómo puedo ayudarla? Realmente no lo hago por usted, lo hago por un sentimiento de culpa que tengo desde que mi madre murió lejos de mí.

El no se sentía mejor que nadie ni más humanitario; quizá en otro momento de su vida no le hubiera puesto asunto a ningún mendigo, pero podía más su conciencia y la razón de tanta preocupación era un gran sentimiento de culpa. Su madre murió en un asilo, sola, sin la compañía de los hijos, y eso no se lo perdonaba.

- ¿Por qué vive en la calle, no tiene adónde ir, una familia...? - le seguía preguntando.

Ella seguía como ausente y la respuesta a su pregunta tardó en llegar como si viniera desde lejos, desde otro planeta.

- Me llamo Norma Santamaría. Soy cubana, mi padre era español de nacimiento, de la isla de La Gomera, concretamente de Valle Gran Rey. Después de pasar mil penurias para conseguir la nacionalidad española, salí de Cuba con una maletín lleno de sueños y al llegar aquí, el sueño del paraíso donde el maní cae del cielo se me desvaneció por días. En su lugar llegaron la soledad, la falta de trabajo. Soy una mujer sin preparación, me dejé vencer por el primer golpe nada más llegar, y no he podido recuperarme. Y sí, tengo una familia, ¿sabe usted?, pero está lejos.

- Norma, ¿cuál es su deseo?,- le pregunta Mario.

- Yo no sé si tengo deseos, hijo, mi cabeza de vez en cuando adquiere vida propia, y ella es quien me manda. Dicen esos señores que es una enfermedad, yo les digo que lo que estoy es enferma del alma y que más enferma ya no se puede estar. Pero si estuviera en mi mano, volvería con los míos.

- ¿Qué se lo impide?

- El dinero mijo, el dinero, y la pena de llegar con “una mano adelante y otra atrás”, esta gran frustración que arrastro.

A Mario, el hecho de que fuera cubana le tocaba aún más la fibra pues eran innumerables los amigos que él mismo había hecho en Cuba, en un viaje que hizo en el año 97. La conversación terminó en silencio. El se fue vacío como una botella a la deriva en el mar, pero sin mensaje dentro.

Esa semana la pasó pensando en cómo ayudarla. Realmente él no era rico, no tenía más que para su propia subsistencia, pero su ya amiga Clara, o Norma, o como se llamase, vivía en sus pensamientos; ayudarla se había convertido en un reto personal.

Pasaron cinco días más, y el quince de enero se plantó delante de ella en el banco y le sonrió; ésta vez ella le correspondió.

- Mañana vengo a buscarte, vamos al Consulado, hay que ponerte al día con el pago.

- Yo no tengo dinero, ya lo sabes.

- Sí, lo se - dijo él.

Dos semanas más tarde Clara subía a un avión de Cubana de Aviación en Las Palmas de Gran Canaria con destino La Habana. Así sucedió todo; Mario pagó los gastos: además de quedarse sin vacaciones ése año, le quedó una pequeña deuda en el banco. Al día siguiente recibía una llamada a cobro revertido desde La Habana. Simplemente se oyó decir:

- Llegué bien, gracias por devolverme la vida.

Mario volvió a su rutina, el trabajo, las preocupaciones diarias, y un buen día, mientras desahogaba su ansiedad con un cigarro, en el portal de su casa, distinguió a lo lejos, en el parque, a los asistentes sociales, buscando a Clara. Sonrió para sí y se dijo:

- Esa gaviota ya hace tiempo que voló.

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