De Cuba traigo un cantar

Meilide Habana

Mae, había ido de visita. Los padres no hay que descuidarlos mucho y los domingos en familia tampoco, había oído una vez de niña. Ojalá fuera así de fácil.

Se quedó parada en la puerta antes de entrar unos segundos. El barrio, parecía mejorado, ser patrimonio histórico no había caído en saco sin fondo. Se veía gente en los comercios, movimiento de personas buscando quizás calmar su dolor de cabeza y de vida, buscando la pomadita del tigre y el dragón.

De fondo, en la casa de su prima Li Sung sonaba la canción china Meilide Habana que algunos traducen como Linda Habana. Mae lo desconocía, pero aquella canción decía muchas cosas ciertas.

Era una mujer delgada, de piel extremadamente blanca, ojos rasgados y padres chinos, pero ella no tenía más que eso, un físico oriental y la ignorancia por el idioma más hablado del mundo.

- ... que rarita saliste niña ... - se decía a sí misma- medio en broma, quitándole hierro a su propia encrucijada.

Siempre fue la oveja negra del barrio chino cubano, no le apasionaba la cultura “ del camino y del poder”, no entendía de perfumadas “ flores de loto “ ni de la filosofía de Lao Tsu.

En el fondo, siempre quiso sentirse china porque sus padres lo eran, y aunque respetaba a los suyos por encima de todo, su destino fue diferente. Se había pasado su vida intentándolo, para al final, resignarse y sentir que sólo era una cubana más.

-...Mi amiga, se seguía diciendo a sí misma – cuando se conformó tu identidad Dios no preguntó el porqué de tus ojos rasgados. ¡ Que ironía, mi vida ¡

Mae tiene quizá un sentimiento de culpa, el hecho de ser hija hembra y única la hacía sentir como si su vida fuera un pecado.

Con muchos esfuerzos y la apatía paterna, había estudiado la carrera de medicina. Supuestamente su destino no existía fuera de aquel barrio, y su mayor responsabilidad hubiera estado en el negocio familiar. Una de las pequeñas tiendas que venden de todo y todo se encuentra, en la calle Zanja.

Le reprochaban un comportamiento “imperdonable”. Y algunas veces siente que no debio nacer nunca, no por lo menos de esta manera.

Con el transcurso de los años se había casado con su novio de la universidad, un chico inteligente, culto y tranquilo. Su mayor crímen había sido enamorarse de una hija del sol naciente, y así se lo decía en tono jocoso.

Mae es una mujer de interrogantes, se sentía más cubana que Martí, pero su padre se empeño en criarla como si vivieran en el mismo Pekín.

La respuesta era muy sencilla, siendo jovencita se había zafado como bambú seco y no se dejaba mojar para darle forma. Mae se adaptó a las costumbres latinas como un zapato a su horma.

Volver al barrio, fue recordar toda su infancia. Pasó por su mente una película subtitulada. Al momento terminó por borrar ansiosa aquellos recuerdos de su cabeza, e insatisfecha y dolida se encogió de hombros .

Después de un minuto de reloj, tocó el timbre y se preparó para saludar a sus padres después de tanto tiempo.

- Hola madre- se acercó a darle un beso que la madre agradeció con la mirada, amaba a su hija y quizás fue quien más la entendió siempre, mujer al fin y al cabo.

Su madre lloró de emoción y le temblaban las manos. Su madre era una mujer sumisa a la figura de su esposo.

Caminaron silenciosas hasta la sala de la casa. Mae se conocía el camino a ciegas, fue lugar de muchos cumpleaños y de amor. Aquello formaba parte de la película que vio en su cabeza, cinco minutos antes.

De espaldas y sentado en el suelo, su padre, leía ensimismado el diario popular chino, y cuando al sientó detrás, se quedó mirando a la ventana. Se sentía sorprendido. Ella lo conocía muy bien.

- Hola padre. – le dijo

Hubo un silencio largo, y le vino a la mente la última conversación de un año atrás.

Había quedado claro la última vez que allí ella no tenía nada que hacer. La monumental discusión que se formó una tarde de julio, no se iba de la memoria del padre, un hombre bueno pero terco y cerrado. Un chino fuera de China envuelto en una inquebrantable doctrina mística. Algo raro de ver, pues, el barrio chino de La Habana ya era todo menos chino.

El viejo le prohibió la entrada a aquella casa, hacía ya un año, demasiado tiempo. Discutieron y discutieron, cada uno defendiendo sus postura, mientras un cristal muy bello se rompía en el interior de aquel hombre.

La respuesta de su viejo, la devolvió a la realidad.

- Mae no se que has venido a hacer aquí, tú ya sabes que no tienes padres, ni tío ni primos. Elegiste tu vida hace algún tiempo y nosotros no estábamos dentro de tus planes.

- Padre, no volvamos a lo mismo, por favor, la familia no es un plan, ni un proyecto y siempre la tuve presente. ¿ pero que castigo quieres darme por intentar ser feliz? – Padre, sólo estudié una carrera y me enamoré de un hombre bueno, ¿ por dios cuando vas a perdonarme?.

- No nombres a Dios, - le espetaba el padre -. Tú no sabes quien es tu Dios. Y levantándose del suelo donde estaba sentado, y sin mirarla, le dijo – Vuelve a la que ahora es tu casa, no debiste salir de allí-

Mae se cansó de explicarse, era saliva gastada inútilmente. Por mucho que amara a aquel viejo no era capaz de arrancarle su dolor. Miró a su madre, le devolvió la sonrisa y se fue rendida una vez más. Acortó camino por la calle San Nicolás, saliendo por allí, la guagua tenía mejores paradas.

Antes de salir, les dijo:

- Vine a decirles que van a ser abuelos, aún me faltan siete meses.

La barriga de Mae creció sin la compañía del los padres, se sintió arropada por los suegros y de Joel, su marido que entendía especialmente, la situación, por haberla vivido desde que los dos eran más jóvenes. No era aceptado. Y para más rabia sabía, que el cambio de posturas, no estaba de lado de acá.

A final de octubre, en época de ciclones vino al mundo un bebé de pelo cobrizo pelirrojo, de piel blanca como su madre y ojos rasgados.

La herencia física se veía al instante, era evidente.

En cuanto pudo caminar, Mae inició un último intento, pidió a su marido que la acercara al barrio.

Se llenó de dignidad y llevó a su hijo en brazos a ver a los abuelos.

Fue un recorrido duro, los sentimientos se mezclan y la impotencia se hace presente como nunca. Allí iba una mujer hija que se desdoblaba en mujer madre para poder comprender. Tocó la puerta de la casa, tocó varias veces.

La puerta no se abrió.

Fue su último intento. Después de ese día Mae alzó el vuelo y aprendió a sentirse libre. Tenía a un bebé en las manos que no se merecía pasar lo mismo que ella había pasado.

Y fue buena madre, la mejor del mundo.

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