De Cuba traigo un cantar

Cuba en mi horizonte

Mi marido dice que yo también soy más cubana que las palmas. Dice bien. Soy española, canaria y afortunada porque incluso soy cubana.

A los quince años, cuando en mi escuela otros oían a Spandau Ballet o Duran Durán, yo escuchaba a Benny Moré. Las casetes las grababa gracias a un profesor mío de música llamado Adolfo que, si no recuerdo mal, tenía familia en Holguín. A mí ese nombre de ciudad me sonaba a África, no se por qué.

Mi gran sueño era, algún día, de mayor, pisar la tierra de acogida de algunos parientes míos, pues para nosotros los isleños Cuba siempre fue la casa materna, la esperanza de un futuro mejor. Llegar al puerto de Santiago o La Habana era como cuando dos seres queridos se funden en un abrazo.

En mi casa el nombre de La Perla estuvo siempre en la boca. Mi tatarabuelo emigró para allá y no viró nunca; en La Habana construyó otra familia y dejó sus raíces enterradas en Tenerife. Los demás parientes no se lo perdonaron nunca pero él fue fiel a sus principios, y de una manera u otra siempre consiguió mandar un dinerito para llenar bocas y acallar críticas. Mi bisabuelo, durante toda una década, también iba todos los años a hacer la zafra. Cada temporada arriesgaba su vida en un velero. Lo hacía para mantener la familia pues en esos tiempos en Canarias el hambre apretaba y la única salida se encontraba en el llamado continente americano. Siempre, en nuestras vidas Cuba ha estado latente como si de una tía lejana se tratara, esperando conocerla por fin algún día.

Transcurrieron los años de mi niñez y adolescencia. Grababa todo documental cubano que cayera en mis manos y en esa época eran poco lo que se sabía de Cuba; había realmente desconocimiento por ir a la isla, y el desconocimiento llevaba al miedo. Un país comunista: decir que se quería viajar allá era motivo de malas caras, los demás pensaban que estabas tocada de la cabeza.

A los dieciocho años decidí independizarme, viviría cerca de mis padres pero en un apartamentito que ellos tenían en alquiler. En la mesa comiendo, un día le dije: papá, si piensas dejarme algo el día de mañana, yo prefiero que me lo des ahora para empezar a despegar, necesito un empujoncito. Mis padres me dejaron el apartamento, esa fue mi herencia. Así que el día que entré allí a vivir, iba con lo puesto, tenía casa independiente por fin, pero mis únicas pertenencias eran una vieja televisión y una alfombra que había comprado en Almacenes Herreros que me hacía las veces de sofá. Nunca tuve problemas de espalda, eso se lo imaginan, ¿verdad?, pues no me pude comprar el sofá hasta varios años después.

Desde esa época he ido atesorando una pequeña biblioteca. El tema resultante no podía ser otro, la emigración canario cubana entre los años 1898-1930, cultura, familias, economía, historia, fue un proyecto que hoy en día agrando cada vez que puedo.

Empecé a trabajar en lo primero que me salió, un reparto de publicidad, y al mismo tiempo estudiaba. Compré una hucha de barro de esas que son un puerquito y ahí iba metiendo algún dinerito de vez en cuando, si me sobraba en el supermercado. En el exterior de la alcancía escribí, “En el horizonte: Cuba”. Cada moneda que caía me parecía estar más cerca.

No fue fácil emanciparme. Era difícil en todos los sentidos y mis padres - yo sabía bien - esperaban que en cualquier momento regresara a casa con ellos, pero yo me mantuve y salí adelante sola. Mi madre me daba vueltas para ver si estaba comiendo; en definitiva mis viejos no comprendían cómo les había salido una hija tan aventurera. Lo que ocurre es que amor de padres es contra viento marea, y me querían por encima de todo: jamás hicieron otra cosa que ayudarme y callar.

Cuba se convirtió en mi horizonte. La bahía de La Habana fue la imagen que instalé en mi cerebro y como si fuera un salvapantallas, pasó a ser mi primera visión al despertarme cada mañana.

Por fin mi primer viaje a la Antilla se dio, vi un sueño cumplido, pero no cualquier sueño: “ El sueño”.

Como una niña arrebatada, brinque en un charco de lluvia en Santa Fe, quería asegurarme de estar despierta. Solamente puedo describir aquel momento, como si hubiera encontrado a una hermana gemela esperada durante cien años. Fue con olor a petróleo y sabor a maní. Recuerdo aquellas charlas en el portal de Inés, yo estaba en chanclas con lo dedos de los pies colorados de la tierra, dándole agua a aquel dominó...

Leyéndome algunos pensarán que Yara vive montada en una nube de utopías. Yo diría más bien que he sido una acompañante paralela que igual que el agua, desciende por los ríos buscando su camino, y mi río es cubano.

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