De Cuba traigo un cantar

Barceló

- Déjeme el maletín y la jabita, Barceló, yo se lo subo a la casa - oí que Lazarito el de Tina le decía a alguien en el principio de la escalera.

- ¿Cuándo llegó?

- Ahora mismito llegué mijo, vengo de la terminal de trenes, ¿y tu mamá como está?

- Ahí, ella siempre chiváa con los dolores. ¿Su gente por allá, bien?

- Si, gracias a Dios, dile a tu mamá que después yo bajo a verla.

- Está bien, yo le digo que le vaya colando un poquito de café, se va a poner de lo más contenta.

Conocí a Barceló un día de esos en que no sabes qué hacer ni cómo matar las horas. Llegaba siempre con la misma guayabera azul y aquellos zapatos de puntera antiguos, un maletincito rojo de tela de nylon colgado de su mano y los espejuelos más grandes que su cara cayéndole al final de la aguileña nariz, herencia de su padre.

Llegar a su casa de La Habana le costaba casi dos días de viaje. Salía de casa de su hija Rosa a pie, en el pueblo trepaba como podía en la guarandinga de la mañana y luego empataba con otra guagua hasta la terminal de trenes de Sancti Spíritus. Cada dos meses venía a Luyanó a darle vuelta a su casa y recoger su pequeña fortuna en mandados, que Tina, celosamente, se encargaba de guardarle. Tenía el cuerpo abatido, no así el espíritu, que lo conservaba intacto como a los veinte, pero la realidad es que Barceló tenía 77 años, de idas y venidas a ninguna parte, con cuatro cajas siempre a cuestas con arroz, azúcar, frijoles, que se paseaban en un ferrocarril aniquilado. Las horas más traicioneras de toda su trayectoria, los minutos de vaivenes, se le metían en las costillas; el olor a rancio de la pobreza se juntaba con un humo cortante; su espalda ya no tenía donde reposar; los asientos se clavaban en el cuerpo, amenazantes.

En el campo se levantaba a las cinco de la mañana y con un sorbito de café ya desayunaba para todo el día. Antes que nadie se levantara, arreaba para su conuco, un pedacito de tierra que la hija y el yerno le habían dejado para que se entretuviera en algo, pero sin imaginar jamás que el viejo le dedicaría tantos desvelos. Cultivaba unas calabazas enormes que muchos le velaban nada más madurar. Antes de que el sol apretara al mediodía todavía encontraba tiempo para abrevar y alimentar los animales y llegar a tiempo para los buques de comida que le preparaba la hija, pues siempre gustó de comer en cantidades industriales.

Dice él que allá en el campo es más feliz, pues desde que se había muerto la vieja no era lo mismo y La Habana ya no se le antojaba mucho. Más bien le agobiaba tener que visitarla, y si no fuera por los mandados hacía tiempo que la hubiera despedido para siempre. Pero cada dos meses venía y los luchaba, aunque en ello se dejara los últimos suspiros de aire.

Yo lo veía trastear con tornillos y minúsculas arandelas; era un claro puzzle de inmediata escasez. De la gaveta de una mesa sacó un artilugio, una mesa repintada de carmelita oscuro, y medio roída. Sobre ella, un cuadradito metálico con dos cables, uno rojo y otro negro. Si yo hubiera estudiado la rama de ciencias ahora mismo les podría decir el nombre, pero no quiero buscarlo en ningún lugar, prefiero quedarme con la palabra artilugio pues así él lo había configurado, con “arte”. Era un resquicio de su profesión de electricista, un medidor de electricidad o algo así, supongo. Llevaba en desuso más de cuatro años por no haber conseguido la pilita de seis voltios que necesitaba, no una simple y llana pila, sino una de aquellas cuadradas que estaban perdidas desde el mismo día que le obsequiaron el artilugio.

¡Coño, y eso sí le resolvía a él allá en su patio de vencedores y aguacates! Lo buscaban a menudo preguntando si ahí vivía el electricista, y él respondía:

- Sí, aquí vive, pero no es nadie sin una pila de seis voltios. Mijo, si usted

la trae pase; si no, aún continua con su problema. No hay nada que masticar.

Tenía cantidad de trabajos parados, a falta de la fastidiosa pilita que no aparecía. Aquel cuarto era como un taller de televisores y radios pero en grado decadente. Almacenaba los que no tenían remedio, los desahuciados o dados por irreparables. Aquel montón de chatarra era el porvenir más cierto de mi nuevo amigo Barceló, el gusto propio por vencer las edades, demostrando que con paciencia y voluntad no todo lo incomprensible es desecho, no todo lo viejo es inservible.

El muchacho que le subió las jabas, Lazarito, vivió su niñez pegado a los pantalones de Barceló; él le decía Cocosito y algunos todavía se lo oyen nombrar a solas. Por aquella época Lazarito se las pasaba mataperreando todo el día por el barrio, escabulléndose a los gritos de la madre, a la que no le faltaban preocupaciones, pues tenía otro hijo y llevaba sola la casa con su mísero sueldo de limpiapisos. Barceló intercedía por el chico diciéndole que los machos se hacían en la calle y ella lo dejaba hacer, viendo en los ojos del viejo el cariño hacia el nieto que nunca pudo tener. Siempre fue un gran apoyo para la pobre mujer. Cada vez que le daban un respiro sus trastos eléctricos, cargaba con Lazarito para que pedaleara un poco de bicicleta en el parque cercano y viendo el ansia del niño por preguntarlo todo, se le aparecía algún que otro día con libros, primero de cuentos, y poco a poco, con otros algo más serios que motivaran su interés en las ciencias. Con el pretexto de que necesitaba ayuda para reparar los efectos eléctricos, lo sentaba en la silla a su lado y se ponía a hacerle cuentos, mientras lo enseñaba a pelar los cables casi a la perfección, un trabajito simbólico para un muchacho que algún día llegaría a ser ingeniero. Cada vez que recibía un buen pago, llamaba a Lazarito y le decía:

-Toma, esta es tu parte, te la ganaste, y le daba cinco pesos.

Yo los oía hablar y recordar el pasado, mientras imaginaba la Cuba de muchos, muchos años atrás, cuando ser electricista en La Habana debió ser otra cosa. La mente se me volvía color sepia, con fotos y postales.

De su pared de la sala, azul como el cielo, colgaba un diploma de un curso de electricista del año 1945, y una foto de su boda con Ofelia. Ella se veía una mujer no muy agraciada, con unos ojos dispares, que uno mira al norte y otro al sur, pero seguro que para el viejo Barceló, los más lindos de toda La Habana. Aún al oírlo hablar de ella, se le veía profundamente enamorado de su mujer fallecida. Lo demás era una casa vacía cerrada a cal y canto y que olía a sucio; el comején habitaba a sus anchas. En el bañito aquel de miniatura, una madera encima de la taza soportaba el peso de una gran piedra. Según me dijo, una vez se coló una rata enorme por la tubería; la acorralaron como a una delincuente pero se sumergió cual experta nadadora por la misma taza que la vio salir. A mí me daba un miedo de mil pares de... pero él lo veía normal, lo veía hasta gracioso. Yo sentía deseos de vomitar, y se me metió un dolor agudo en el bajo vientre. Aquel día no pude oír mas su historia, me acobardé.

- Gallega no te pierdas de aquí, ven estos días, que no se sabe cuándo te vuelva a ver. En cuatro días viro para Zaza.

- Está bien, con mucho gusto. Voy a tomar nota de esa pilita que a usted le hace falta a ver si en mi próximo viaje yo se lo resuelvo.

- Así sea, yo te la pagaba a precio de oro. En efecto, para él la pila valía oro, oro, oxígeno para su rutina, en manos de una gallega, extranjera al fin y la cabo...

- ¡No hombre no! olvídese de eso, si la consigo, cuente con que es un regalo...

El mejor obsequio o pago que podría tener es ver trabajar a aquel hombre con su artilugio contento de haber resuelto su problema después de ocho años.

Llevé la pilita al año siguiente. Para ese entonces los viajes para él se habían acabado, se estaba quedando ciego y hasta con espejuelos veía poco. Alquilé al pinareño, que me llevó a Sancti Spíritus. Al verme no me conoció, era lógico, veía poco, pero yo saqué la pila y se la puse en la palma de su mano. Una sonrisa cómplice se dibujó en su boca:

- Tú ves, ahora si vale la pena que me operen los ojos.

Yo solté una gran carcajada.

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