Varios autores

Esta sección está dedicada colaboradores esporádicos, a aquellos con alma de escritores, poetas o ensayistas que sienten la necesidad de contarnos algo, de gritar algo, de compartir sentimientos y emociones con los demás, para que no todo concluya en un apagado grito en el silencio.

Aquí pondremos todos esos escritos que por falta de tiempo o cualquier otro motivo, no pueden o no están interesados en tener aquí una sección propia y mantenerla actualizada.

Todas esas personas solo tienen que rellenar este formulario (en construcción), para enviarnos sus cuentos, historias, ensayos, poesías,.. Tan solo pedimos que los que no sean cubanos solo nos escriban sobre Cuba y los cubanos de lo que quieran. No se admiten opiniones, para eso ya hay una sección específica en Conexión Cubana.

Animo y adelante. Muchos comenzaron con nosotros y terminaron publicando sus libros.


El patico feo

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La familia Pérez-Díaz es una “típica” familia habanera, compuesta por el matrimonio de José con María, y sus cuatro hijos varones. Afortunadamente, María es la que se apellida Díaz, porque si no, serían los del chiste, aunque en Cuba volar de verdad no es nada típico en 1990.

María está embarazada de nuevo, porque entre los apagones, lo caro de los bancos de video clandestinos, y lo pésima que está la televisión oficial, los esposos han tenido que entretenerse como las parejas de antaño, cuando no había televisión ni luz eléctrica, es decir, como en el medioevo, pero sin comida.

A los nueve meses exactos, prueba ello una vez más de la “normalidad” de la pareja, a María le han dado los dolores de parto, y, a falta de taxi o ambulancia, es llevada a Maternidad de Línea en un carretón halado por un burro, que hacía en ese momento el recorrido de la ruta 27 desde el túnel hasta el Malecón, donde da a luz un robusto varón de 9 libras, a pesar de la alimentación tan “especial” que ha sufrido la madre durante su embarazo y gran parte de su vida.

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Saber llegar

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Me sorprende el amanecer después de doce horas viajando en un autobús desde el norte de Texas hasta la frontera con México. Con las primeras luces del día observo las calles más próximas y el puente entre las ciudades de Brownsville en Texas y Matamoros en Tamaulipas, México. Es cerca de las 6:00 am y he viajado convencido de que el funcionario que me recibirá y me llevará hasta Ciudad Victoria estará esperándome en la Estación de Ómnibus que aquí se conoce como Central camionera.

Son los primeros días del mes de abril, una semana antes el funcionario de Instituto Nacional de Inmigración (INM) me había llamado a mi casa en Texas para decirme que podía ingresar al país y que él me estaría esperando en la frontera. Había seguridad en sus palabras, me mostré confiado considerando el interés que había por parte de la oficina del Gobernador del Estado, la Secretaria de Salud y ahora esta dependencia de la Secretaría de Gobernación. Nada indicaba que algo saldría mal. Si bien ingresaba al país sin documentos, si lo hacía de forma autorizada.

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A la deriva

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Las olas se estrellaban contra el costado de estribor, lanzando salpicaduras a nuestros ojos y chorro tras chorro del salino liquido al interior de la cabina. El mástil se sacudía libre de carga como los potros cerreros cuando juguetean en las montañas rocallosas. El último jirón de la telas se abría paso a tropezones entre cresta de ola y bocanada de tormenta. El bote corría de costado, manipulado a gusto por las ondas descaradas...al garete.

La pala del timón flotaba y se me reía burlona a unos pocos metros de la borda. Una carcajada de las aguas le había arrancado de sus soportes y ahora le mecía como a diosa en hamaca de mullidas cuerdas. Un remo era mi medio único de propulsión ahora, como si el espíritu de Saint Elmo quisiera robarme todas las pocas energías que me quedaban para usarlas en la noche como lumbre a su supuestamente maldita luz de los mares.

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La última voluntad

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"Yo que me voy, y tú que aquí te quedas son dos otoños".
- Jaiku de Shiki.

Le entró por los ojos la intensidad de la muerte. La halló sin buscarla en esa coincidencia de tiempo y espacio donde se inhala el miedo. Miedo de la muerte o de ser parte de ella, festín para sus dentelladas, inmisericordemente aniquiladoras.

La muerte ahora habitaba en sus pupilas y resplandecía en cada nueva mirada. Por doquier veía muerte y más muerte alimentando su retina. Parecía un mal presagio la sombra aterradora lidiando con la luz, invadiendo sus párpados. Aquella asesina desbordaba las cuencas de sus ojos y proyectaba toda su vitalidad hacia el interior del cerebro. Las imágenes que veía parecían anunciar el Apocalipsis. Disímiles formas de morir desfilaban configuradas en el tejido de sus neuronas. Trató de interferir a la parca en sus pensamientos, logrando con ello que la Muerte se revolviera en su obstinación y le devolviera, a modo de venganza, nuevas avalanchas de imágenes aterradoras.

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Otro graffiti de amor

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“ (...) perdí las tintas invisibles
para que sólo tu captaras el mensaje”.

( De Alquimia de fantasmas, Juan C. Rivera)

También a mi se me secó la garganta y quedé impávido ante aquel letrero, escrito con tinta negra sobre aquella pared descolorida y maltrecha, del parque habanero: “Ellos no murieron, sólo se fueron antes”. La tinta había dejado unos surcos gruesos sobre la intemperie del muro profanando la virginidad del ladrillo que parecía quejarse de la dureza del trazo y de la vileza del desesperado. Desconozco por qué extraña asociación recordé, inmediatamente, otro famoso graffiti que mereció innumerables crónicas periodísticas en los principales medios de la isla. Aquel otro más que una súplica era un grito agónico de alguien a punto del suicidio que, abandonando toda esperanza de ser localizado, escribía desconsolado en todos los sitios donde se paraba: “Lina, Carlos aún te busca”. Así las cosas, La Habana se fue llenando de esa frase que no parecía obra de una sola persona, sino de una campaña propagandística llevada adelante por alguna organización política cubana. Sólo que Lina pareció no enterarse nunca.

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Mojado al revés

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Empacó un par de camisas, un sombrero, Su vocación de aventurero. Seis consejos, siete fotos, mil recuerdos. “Mojado”, Ricardo Arjona.

Esta finalizando el año 2006, y sigue siendo el tiempo riguroso de aburrimiento y enojo. Atrás queda un año precario y desgarrador, como otros tantos que he vivido. Entonces es que me llega un mensaje casi incierto de una propuesta de trabajo en México. Si allí en el Estado de Tamaulipas y para trabajar en mi profesión.

La propuesta de ir a trabajar para la Secretaria de Salud del Estado de Tamaulipas, me sorprende y me alegra. En meses anteriores había escrito un articulo, que algunos de ustedes tal vez leyeron, titulado: En busca del sueño mexicano, en el cual, entre otras cosas afirmaba:

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Cruzando el mar

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Desde mi ventana contemplo el mar, los remolinos eternos de las olas como un juego del tiempo, aspiro el humo perdido en un gris intenso, mas allá de miles de peces, algas, pecios y náufragos se encuentra la Isla de los sueños, con sus calles húmedas de salitre y la sonrisa rítmica, eterna y maliciosa de los rodeados por el mar. Suspiro y acabo el cigarrillo que me mira con una pasión desoladora, rodeado de compañeros muertos. Hace frío y mi piel busca los efluvios calmados de una pequeña estufa eléctrica, recuerdo mi pecho cubierto por el sudor y los cuatro pelillos tropicales que mostraba como uno más. Es domingo, solo queda el mar, mis pupilas perdidas en el gris y una flor de invernadero que dialoga con su agua tratada, acostumbrada a sobredosis. Contemplo mi tarde como una vecina que siempre llega y abandona, solo queda el mar, separado por una columna finísima de cristal que impide su presencia en la noche. Las imágenes son como caracoles, se agolpan unas a otras y por eso no me matan, dañan, las imágenes guardadas son el producto de esta soriasis que quema interiormente, esa soriasis que te arranca la piel a tiras y te hace sentir como un pez con escamas que extraña el mar. Lejos la Isla, unos pasitos mas en el mapa, atravesando las Canarias, unos pasitos mas.

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Al interior de mi Isla

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A la memoria de mis abuelos, a los cubanos y cubanas amantes de esta tierra que sueñan con la luz de los aviones.

De mis dos abuelos tengo muy agradables recuerdos, uno mulato como la Cuba misma, fumador de tabaco y bebedor de aguardiente, pero hombre honesto y trabajador; el otro criollo descendiente de españoles, con nariz aguileña, piel blanca y fina, a pesar de haber sido un guajiro carretero. Entre agudos martillazos sobre puntillas y tachuelas enterradas en suelas y pieles de zapatos rotos, transcurrió mi infancia junto a mi abuelo mulato, quien era zapatero remendón. Los veranos eran para el abuelo blanco, desde el amanecer enredado entre yuntas de bueyes y aparejos de labranza, caminando largas leguas para llevar su carreta a los diferentes sitios donde debía dejar su carga de leñas o de viandas. De ahí surgí yo de esos dos abuelos humildes que nacieron en años anteriores al cincuenta y nueve y conocieron a las dos Cubas, la del capitalismo atroz con gobiernos deplorables como el de Fulgencio Batista y el socialismo vitalicio de miserias y escaseces. Como buenos hombres de familia, mis abuelos no cesaron de trabajar, siempre decían que el trabajo no mataba a nadie, que lo que mataba era la pereza y la sangre muerta, pero yo estoy segura que a mis abuelos también los mató el trabajo sin descanso y mal remunerado, el ver tirado por la borda el sacrificio duro de cada día, el no tener aliento para soñar, ni tiempo para vivir.

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Estrellas como nanas

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... Quién encenderá la luz en la tiniebla,
quién me regalará el sol y las estrellas,
quién paseará conmigo en noches sin luna,
quién me hará en el cielo una cuna..."
Raquel Ortiz. Estampas Nocturnas.

Hace tiempo que no las observo con la misma inocencia que tiene tu hijo. Le envidio. Él, al menos, todavía cree en fantasmas y en hadas, estoy segura de que tú le mantienes en vilo con todas esas historias que escribiste para él. ¿Pensaste pasearle por tus calles?.

Me hubiera gustado estar cerca para verte ejerciendo de padre. Casi puedo ver como coqueteas con todas las mujeres que se acercan a ese pequeño con la excusa de su infantil belleza. Mi querido amigo, ¿sigue Cuba dentro o la hemos apartado de nuestro camino para no dejarnos atrapar por la nostalgia?. Mantengo un libro tuyo entre las saturadas estanterías. Todavía huele a cachaza, a poemas a medio terminar y a aquella colonia en la que me embadurne entera para que la canela hiciera lo suyo. Seguro que ríes, era un truco que no podía confesarte por entonces, le hubiera quitado todo el encanto a aquel bote barato de agua de rosas que conseguí en una de las tiendas del mercadillo.

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Yo y la religión

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I - Las cuchillas de aguilé

El primer recuerdo religioso, es de seguro cuando tenía unos cuatro años. Me recuerdo que tenía una bata lindísima blanca con guingas rosadas, zapatos y medias blancas. Recuerdo mi padrino, un hombre alto, negro como el ébano de mirada y sonrisa noble, voz rauca con tono invariablemente calma.

En la fiesta, donde asistí con mis hermanos y mis padres, me llamó, porque supongo que estaba jugando con los otros niños y me pidió que diera tres toques en el piso, di uno y miré a todo el mundo que me decían “toca, toca” al final lo hice otras diez veces mas o menos, hasta que empezaron a reírse agregando “ya, ya”

El dolorcito de mano fue recompensado con unas gelatinas maravillosas “naranjitas” que en aquellos tiempos eran muy populares.

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Abuelito, mira, ¡esto es Cuba!

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Mira, abuelo, tengo una sorpresa para ti, en la escuela me pidieron que escribiera ' algo ' y yo escribí de tu Cuba. Escucha abuelito:

'Cuba es una palabra SAGRADA. Es la palabra que más yo he escuchado en mi vida. Si mal no recuerdo las primeras palabras que escuché al salir del vientre de mi madre fueron las de mi abuelo gritando: '¡Carajooo, llegó al mundo otro cubano!...

Cuba es una palabra que cuando el noticiero la menciona yo sé que me tengo que quedar callado y si no me callo tengo que escuchar a toda la familia regañándome y diciéndome:

'¡ Cállese la boca, muchacho, que están hablando de Cuba!...'

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