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El buen samaritano

Aquella ciudad tenía su barrio pobre, como todas las ciudades del mundo. Una hilera de mendigos denotaba la otra cara de la opulencia. Casi nadie reparaba en ellos a excepción de un excéntrico millonario, el cual dedicaba un día de la semana para ejercer la caridad entre los desamparados.

Nadie sabía por qué el señor Mahoney escogía un día de la semana para regalar su dinero a tantos menesterosos, sólo había trascendido el hecho de que Dean Mahoney no tenía descendencia y sí una gran fortuna. Sin embargo, para los desahuciados era una fiesta el día en que Mahoney descendía de su limusina y comenzaba a repartir billetes a manos llenas. Aquello era más que una simple limosna; parecía otra manera de ejercer el poder. La gente que lo tiene todo no llega a comprender a veces el egoísmo de los que no poseen nada. La vileza de los desalmados comienza a manifestarse en el instante en que son conscientes de que pueden apropiarse de algo más de lo que obtienen. Pero el buen Mahoney vivía ajeno de las mezquindades de los pobretones que malvivían sus horas día a día. Y entre él y ellos sólo existía una diferencia: los pobres ambicionaban ser ricos y los ricos más poderosos. Sólo que a Mahoney le tenía sin cuidado si incrementaba o no su fortuna. Hacía tiempo había hecho sus cálculos y estaba convencido de que moriría dejando todo un imperio sin herederos.

Al barrio pobre de la ciudad hacía poco tiempo se le había sumado otro grupo de harapientos, gente caída en desgracia por su mala cabeza o por simple desidia de vivir. No siempre los desdichados llegaban a caer tan bajo producto de la enajenación. Hay gente que son marginales por naturaleza, huyen de la responsabilidad y no son capaces de responder por sus vidas como si la naturaleza los compulsara a vivir por el simple hecho de existir. Mahoney no era consciente de ello. Su vida había transcurrido signada por la consecución de metas que se trazó desde muy joven; allí radicaba el secreto de su éxito, y sólo él lo sabía.

Un día aciago, Mahoney no reparó en un harapiento que escrutaba sus movimientos desde la sombra de un portal. Mahoney repartía su dinero como siempre e imaginaba que aquel era un día como cualquier otro. Pero se equivocaba, entre las ratas siempre existe una más degradada y aquel marginal que lo observaba clasificaba como el más rapaz de los rapaces. Hacía tiempo que el alcalde de la ciudad le había concedido una medalla a Mahoney por su obra de caridad sin detenerse a pensar si el agasajado pecaba por un exceso de filantropía. Sin embargo, la rutina semanal de Mahoney le atraía cada vez más admiradores, exceptuando el individuo que ahora lo vigilaba con malas intenciones.

Al llegar a un callejón sin salida, Mahoney sintió un golpe bajo a la altura de sus riñones. Antes de cerciorarse de que estaba siendo apuñaleado, la hoja filosa del menesteroso se hundió repetidamente en la espalda del millonario. Se le escapaba la vida por las heridas abiertas y Mahoney observó consternado como el asesino lo despojaba de sus pertenencias. Antes de expirar alcanzó a oír los gritos de otros mendigos que acudían en su ayuda. Luego reinó la oscuridad.

La noticia del crimen se regó por la ciudad como pólvora encendida. El sepelio del millonario fue multitudinario, pero la curiosidad malsana por el contenido del testamento del finado ensombreció las exequias. Pasó un mes y el abogado de Mahoney hizo algunas declaraciones y fijó el día para hacer público el testamento de su cliente.

En toda la ciudad se especulaba sobre el destino de la fortuna de Dean Mahoney. Algunos osados apostaban a favor de las obras de beneficencia. Otros creían que el destinatario de las riquezas sería algún pariente lejano del hombre sepultado. Pero la verdad sólo se supo el día señalado y fue un instante inolvidable por su carga emotiva. El abogado de Mahoney acudió ante las cámaras de la televisión local luciendo un porte impecable. Comenzó a leer la última voluntad de su cliente con voz solemne. Entonces los menesterosos del lugar tuvieron una razón más para linchar al causante de sus desgracias. Las últimas líneas del testamento de Mahoney rezaban:

"… Les dejo a todos los desamparados de esta ciudad el tiempo y todo el dinero que la muerte no me dejó invertir en ellos".

F I N.

Keres - 2 de diciembre de 2005.

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