Varios autores

Otro septiembre

Otro septiembre, otro curso escolar con nuevas ilusiones y dos historias muy distintas en un mismo lugar: Cuba.

Mauro.

Suena el despertador digital de su mesilla de noche y la luz del sol se asoma entre las perfectas cortinas de su habitación. Su madre, ama de casa y fotógrafa por afición le pone el nutritivo desayuno en la mesa: cereales, leche, tostadas y mantequillas acompañaran a Mauro en su ajetreado primer día de escuela. El uniforme nuevo, mochila y tenis de marca están preparados para emprender la marcha junto al niño que juega entretenido con su celular mientras espera que su padre saque el carro del garaje. La escuela reluce y aguarda con impaciencia que los estudiantes lleguen. Los maestros esperan en sus aulas para recibir y dar la bienvenida a todos. Así es el primer día de escuela en el reparto residencial de Miramar. Lleno de embajadas, extranjeros y cubanos afortunados.

Leo.

A las cinco de la mañana se despierta de un salto. Tiene que estar muy pendiente de la hora para no llegar tarde. Los cañaverales que rodean su humilde casa se mueven con la brisa del amanecer y le susurran al oído que ha comenzado el nuevo curso.

Su madre, de piel oscura como la noche acaba de llegar a casa, se quita los tacones que ya están trillados de tanto andar y todavía con maquillaje en la cara y los labios rojos le da los buenos días. No espera a nadie más. Su padre hace mucho que no está. Tanto… que ya Leo ni se acuerda de él, ni lo echa de menos; aunque a veces por instantes cree que lo oye cantar en el patio como cuando era pequeño. Leo con trece años de edad sabe en que trabaja su madre y los esfuerzos que hace para que él pueda ir a la escuela. No puede decepcionarla, no se queja… coge un pan y se viste con el uniforme del año pasado que aunque gastado todavía le sirve. Sale de su casa y empieza su día como un niño más.

Las noches.

Pero en las noches los dos niños son uno. Su imaginación echa a volar y sueñan con ser el mejor futbolista; uno imagina jugar en el Real Madrid y otro en el Barcelona; escalar el Kilimanjaro, ver la Torre Eiffel; ser cantantes y es que los sueños poseen Inmunidad diplomática. Los sueños nunca se apagan, son propios, son libres.

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