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Recuerdos de Chicoutimí

“IGNORANCE IS BLISS,” dice el refrán, o sea, “la ignorancia es una bendición. Y este pobre guajirito con ansias de llevar a sus espaldas poderosas alas, solo había logrado cargar un enorme caudal de poco saber. Primero me lancé al mundo noruego y luego al inglés…solito en el mar y sin mamita a quien correr. De modo que, yo que de niño era tan poco mi reír que mi madre me puso por apodo, “el viejo”, aprendí a sonreír entrecortado y a decir una mágica palabra, retando a todas las mujeres del planeta: “Yes.”

“Hombre, you tatatata…” “Yes, sir”

“Boy, sailor, etc…” “Yes, sir”.

Y el más duro, el más sucio, el más pesado de los trabajos, así como la peor piqueta, la mas despilfarrada brocha eran mis compañeras de viaje. Y los contramaestres y oficiales comenzaron a ver algo muy raro en estas ocupaciones: “El Voluntario”. Y así se me hizo muy fácil aprender, servir y ascender al tiempo que ganar aceptación en algunos lugares algo mas altos y deseables. Así, apenas los noruegos me pusieron al alcance de los americanos, me vi designado, “voluntariamente” a ciertas labores y misiones algo o mucho, delicadas. Y empezando por viajes peligrosos en barcos de carga sin escolta por zonas de alto riesgo, y después en otros campos, en mas delicadas misiones, mi vida fue cambiando según los días pasaban y las misiones aumentaban al par con mis estudios.

Hice algunos viajes a zonas mineras canadienses y pronto me vi enviado a buscar un mineral entonces secreto, (cobalto, gypsum y otras cositas mas que debo callar), a Chicoutimi y Jonquiere, por el Río Saguenay.

Salimos de New York por el Canal Intracostal y seguimos a lo largo y alrededor de Nova Scotia, entramos en Sidney y allí embarcó con nosotros un joven nativo de la isla, hijo de inmigrantes polacos, de 17 añitos, (qepd) a quien por ciertas razones ajenas a mi voluntad llamaré aqui, Pulasky, que hablaba ocho idiomas y era experto en ciertas materias químico-minerales entonces en demanda en cierto grado de secreto. Ese había de ser mi primer maestro de “buen” inglés, y más que un hermano en los meses siguientes.

Al salir de Sidney tuvimos una fuerte alarma. “¡Submarino a babor!” y regresamos a la bahía de Sidney por unas horas, pues nosotros teníamos abordo 16 minas anti-sub, dos ametralladoras 14 en las alas del puente y un cañon de 125 a popa… y un artillero de la Norske Kongelie, o Marina de Guerra Noruega. Con ese equipo éramos fácilmente carne para tiburón. Luego salimos adentrándonos en el Golfo de Saint Lawrence y de allí al Río Saguenay.

Por el Saint Lawrence navegamos bastante serenamente, zigzagueando a cuatro nudos y escuchando reportes de las radios locales, ya que las radios oficiales estaban cerradas en esos casos. Cuando hacíamos esto “solos” era a “suerte y verdad.” Usted llega o queda en el camino; y los alemanes eran grandes navegantes, excelentes oficiales y peligrosos enemigos. El juego era a muerte y la cosa era no poner el muerto, si no hacer que el muerto fuera el enemigo. Así se hacen las guerras.

Cuando nos acercábamos a Haute Cote Nord, la pequeña estación naval de allí nos hizo unas señas: “Hace dos días nos hundieron un carguero aqui alante.” Y más.

“Tenemos noticias de que hay un U-Boat (submarino) que anda sumergido en el Saguenay, a la altura de la L’ile aux lievres. O sea, un poquito más alante en nuestra dirección, probablemente en la Baie Ste. Katherine. Total, dicho en guajiro, “Al cantío-e un gallo y la vojdiumontero.” por la proa.

Nosotros avanzábamos entonces apenas con un movimiento capaz de permitirnos gobernar.

¿Cuantas horas estuve yo al timón? Yo era el timonél designado para canales y emergencias en ese momento, pues éramos una raza rara y escasa en esos días en que había muchos barcos flotando y a pesar de haber muchos de todo el mundo, habían pocos marineros experimentados.

Como a las dos de la madrugada una gigantesca explosión sacudía el barco desde el fondo y parecía elevarlo…Caos, alarmas, carreras…Un joven marinero de North Dakota, a quien estábamos entrenando estaba al timón, el Segundo Oficial estaba de guardia y yo trataba de dormir un rato allí mismo, en el puente para no alejarme del novato.

Un mundo que pasa de entre dormitando a infernal era el nuestro durante varios minutos.

Y quien sepa algo de mar y de torpedos y minas anti-submarinas, sabe muy bien el terror silente que se mete entre los poros y controla hasta el mismo espacio que debía ocupar nuestro pensamiento.

Pero detrás de la tormenta viene la calma.

El torpedo no había tocado nuestro barco sino que había explotado al chocar contra una boya.

Y aquella explosión causaba, a su vez, que algunas de las minas anti-sub plantadas en el río fueran detonadas.

De alguna manera muy callada y sutil, los pueblos de Chicoutimi y de Jonquiere nos recibieron como héroes al día siguiente, que era un sábado. Y no es que nos hicieran una fiesta, no; es que en las calles y sitios públicos nos miraban con cálidas sonrisas y amables saludos.

Los pilotos de la base aérea allí nos dieron un almuerzo lindísimo. Y pasa aquel día y pasa la noche.

Hermanos míos, para muchos seres humanos el drama de las partes grotescas de los sucesos es el recuerdo principal, para mi, no. Yo peleo mi guerra y disfruto el romance de la paz. Tal vez por eso he podido vivir tantos eneros sin que se me cocine el hígado a la italiana o a algún estilo algo menos poético.

Así es que mis observaciones a veces van a lo profundo del sentido humano o filosófico dejando atrás en frases cortas, si es posible, la sangre derramada y el cúmulo enorme de penas y dolores vividos y presenciados, porque esos los llevo hasta la tumba en el alma.

A la mañana siguiente, digamos que, el domingo, salimos a caminar por la ciudad algunos de mis compañeros, Armando Hernández, el sagüero, y yo, y por todas partes vimos un espectáculo que confieso nunca antes había pensado que podía ser visto en parte alguna. A cada casa que mirabas, podías ver que la puerta principal estaba abierta…y no había nadie allí. En Jonquiere nos pasa lo mismo.

Tony y yo caminamos por mas de tres horas para ver las dos bellas poblaciones con su exuberante vegetación, parques serenos y calles limpias….

Y, ¿donde están los vecinos de estos pueblos? nos preguntábamos nosotros, Tony y yo…pero ni los perros ni los bodegueros veíanse en parte alguna.

Al fin nos topamos con el Teniente Willie Arsenault, un joven piloto de la Royal Canadian Air Force, que habia de luego ser mi amigo por muchos años porvenir. El Teniente Arsenault tuvo la gentileza de caminar un rato con

nosotros y mostrarnos donde estaban los vecinos del lugar.

Quien haya vez alguna visitado esa bella comarca de la Provincia de Quebec, puede ver que casi en cada esquina hay una iglesia. Y cuando los vecinos de allí van a la iglesia, encomiendan sus viviendas a Dios. Si usted tiene hambre o sed, o intenta robar, por Dios, no lo haga, beba, coma y disfrute, que Dios nos da el pan de cada día. Y aqui, en esta casa, lo hemos dejado para usted.

¡AMEN!

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