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Una herida que no cierra

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Un hombre supura por el vientre abierto, en una cama semejante a una nave de maderas carcomidas, en viaje hacia la inminente presencia de la muerte. Seis meses goteando, contemplando el techo de una habitación donde se mueven figuras armadas, vigilas permanentes, matadores de los rumores, de la luz.

Su oficio corresponde a la actuación del moribundo; su misión: impedirle el respiro bajo un árbol de barrio, el perenne ajetreo del libre, la humilde condición del asustado delante de su minuto final. De todas formas no se lo merece, sus fieles servidores lo saben y le castigan.

Con pantomimas solapadas, reverencias y risas de ocasión le dicen que todo va bien, “eres el faro de este viaje; negaste el norte, la posibilidad, naufragamos a la deriva, entre brumas, obligamos a bracear, ahora aprovechamos tu desfallecimiento, a eso nos has acostumbrado, a flotar…”

Mientras la atmósfera se enrarece con la fetidez del cuerpo que se pudre en su propio sumidero, escamoteando el silencio, algunas aves de rapiña se posan en la alta torre del dominio; ciertas carroñeras concentran la mirada en el despojo, “se nos esta secando”, murmuran contrariadas delante del escaso festín.

Numerosos pájaros, inclasificables, cansados de batir ala durante medio siglo, habituados a mostrar las plumas desbastadas, la mente en el incierto grano, picotean las migajas. Las aves migratorias entrechocan las patas con desespero y gritan a ese tiempo, donde se extraviaron las cartas del aire, quizás, las únicas posibles del regreso.

Poblado de culpas, el viejo de los grandes poderes, muere. Su agonía le desmiente. Los partes médicos oficiales se adaptan a su linaje de escoria, nos comunican espeluznantes citas a la bilis, la sangre, las hemorroides, los desmayos, la perdida de control.

Su absoluta voluntad, sus caprichos desfallecen; tiene demasiado miedo para sonarse un buen tiro en plena frente. En las sombras, un degenerado resentido, le suministra el remedio que alivia, le mantiene “aparente” hasta que termine de desenredar la madeja del poder, y vacíe los armarios comprometedores. El oportunista remueve la mierda, ensaya unas botas, vandálico esconde sus intenciones.

Fueron décadas y décadas de patada e imposición, de desvíos, de abusos. El estropeado dictador se ha quedado sin traje verde olivo para su propio funeral, _demasiado grandes_ Su antiguo reloj Poljov no se ajusta a la nueva hora. Los rusos no producen mas esas piezas de repuesto; y los chinos saltaron a una tecnología diferente. La mesita, el radio, los presentes, él, son piezas de museo de horror, deficientes, anacrónicos… ¿Se dará cuenta que es una postalita publica, un mito de alardoso y prepotente que se va en diarreas? El más grande títere de toda una estructura de poder, atado a la vida, por unos hilos que le obligan a permanecer cara al techo, prisionero. El fi(d)el cortador de anhelos, en su castigo, desconfía de las miradas posadas sobre él, capaces de traer, otra vez, al Chavez, presidente, a ese bruto podría ocurrírsele, de pasarle un enema de petróleo…

¿Como traducen a este engreído que su estado es lamentable? ¿Como le explican que en esa otra enorme, casi infinita extensión de afuera, que es el mundo su desenlace provocara estruendos saludables?, ¿Como le manipulan ? ¿Como le mienten para que crea que seguirán su camino? ¿Quiénes son los “tata-papa-abuelitos” que narran cuentos al lobo?

La oportunidad es demasiado buena para resolver antiguas querellas familiares, solapadas ambiciones de las amebas y sanguijuelas que habitan todo medio estático. Muchos puestos en la banda municipal quedaran vacantes, el mas ágil podrá tocar los cencerros en la próxima retreta, y esta tendrá hasta castañuelas.

Si se da cuenta, si la lucidez atraviesa un instante su frente, ¿identificara que los aullidos, las plegarias, las lamentaciones que le incitan a dejarse caer, a no batallar otro respiro, pertenecen a los viejitos desnutridos; al anciano con la pierna cortada en un portal de la calle Infanta; a la madre en locura detrás de la leche para criar a su hija; a los ahogados del estrecho; a los fallecidos en un hospital extranjero , el vértigo del vacío en el hueco de dos brazos extendidos, sin poder abrazar al que quedo; a los aniquilados en el espacio natal, indefensos…? Si comprende, ¿sufrirá? Ni siquiera merece esa breve iluminación de humanidad.

La muerte se burla de cualquier chantaje de sometimiento. Ella, él, tu, yo los anónimos pasantes de un mundo sin pasarelas, asomados al deterioro de un hombre partido en sus entrañas por el dolor físico, seguimos comiendo bolas de catibía. Aunque grite mi necesidad de rozar el codo de mis semejantes, de aunarnos en defensa de elecciones, de democracia, de exigir un cambio, de hacerlo ya, no hay respuesta. La bestia dejara pronto de ser espejo, de ser la causa para muchos. “_Ah que alivio”_, es el consuelo.

Hagan al menos esto, por favor, aprovechen para enviarle el ultimo odio, la frustración, la tristeza, eliminen esa contaminación del mal, de un golpe entreguen el dolor que les causo, después será demasiado tarde, los mares estarán tan revueltos, que los peces grandes no tardaran en comerse a los chiquitos.

Suspendido a tubos, a cables médicos, reposa abandonado, ni el mismo sabe qué quieren las amorfas bestias que recreo en estanques artificiales. Se resume a hueso, a ojos de espanto, a ese fin mierdero de equivocado.

El reconoce que ya no juega, es el “joker” de ocasión, solo para ganar tiempo. Las cartas sobre la mesa no tienen valor; la partida esta cerrada. La escenografía de paisaje coloreado tropical no admite mas capas de pintura despasada. Nada sostendrá los muros en derrumbe. ¿Estallara la furia en un inmenso trueno que carbonizara cabezas, o la isla pasara a balsa de sustento de los nuevos controladores?

¿Los que aprendimos a correr seremos capaces de tomar de la mano al de paso vacilante? ¿Se han preparado para la batalla que se acerca, donde la confusión, la dispersión, obligaran a estrenar nuevas armas? Ellos si, nosotros lo dudo. Todo lo que vendrá es incierto. Ha sido una larga guerra, con incontables pérdidas de inocentes y pocos guerreros a la altura

Sagrada analogía en su fin. En medio de su cuerpo de dictador, la cicatriz infectada no merma nuestro corte salvaje, la herida que lloramos en la piel, en las manos, en este vivir estropeados, en exilio.

Ese muerto ha muerto _dirá mi alma, pero no sé si habrá consuelo: mi abuelo ya no esta, ni convertirá un popular en dos cigarrillos; y la que fui se perdió en la desesperante espera.

Margarita García Alonso - Le Havre, 17 de enero, 2007.

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