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Por poco me voy

Cuando me lo dieron a probar por primera vez, lo ingerí fácilmente. Era como un refresco de agradable sabor. Más adelante en su forma original, lo pude tomar de diferentes colores y sabores y ya no fue tan grata mi apreciación. El efecto fue diferente al que otras personas me habían comentado.

Ese día, después de una generosa ingestión, no logré recordar como llegué hasta el baño de mi casa, donde a penas tuve tiempo de bajarme los pantalones para descargar aquella diarrea líquida y pestilente, muy abundante y acompañada de intensos dolores de tipo cólicos, con continúas y sonadas flatulencias.

Luego le siguieron las piernas, con una sensación como de calambre y debilidad que no me permitían levantarme de la taza sanitaria y cuando con mucho esfuerzo lo intentaba, enseguida me invadían los mareos, la inestabilidad, el vahído. Fue inevitable pensar que moriría y entre los espacios que dejaban aquellas sensaciones espaciales, en un momento me pasó por la mente que era un lugar muy feo y raro para abandonar el mundo.

Como casi todas las personas hubiera querido pasar del sueño a la muerte, sin penas ni dolores y ser acogido por ese estuche que nunca veremos antes de partir, aunque sarcásticamente lo hubiésemos escogido con anterioridad. Aquel envoltorio holgado y duro en el que el oxígeno no era necesario y que debiera ser más hermético al vacío, para prepararnos y adaptarnos al absoluto silencio, que nos espera después, eternamente.

Pero morir sentado en el inodoro de la casa, era cruel, inhumano, dudoso, inmoral, ridículo. Por eso haría todo lo posible por levantarme y salir de allí, llegar hasta la cama, que era el lugar más práctico escogido por la mayoría para estas determinaciones.

Poco a poco los calambres y la debilidad se me instalaban también en los brazos, ¿me quedaría inmóvil?, ¿cuadripléjico? Incliné la cabeza lo más que pude hacia adelante en busca de una posición más cómoda para respirar por la boca, pero las náuseas hicieron que la contracción de los músculos abdominales me produjeran un intenso dolor que unido al meteoro que giraba en mi interior, me remontarían el pensamiento otra vez, a la despedida.

Por momentos una discreta mejoría me devolvía el ánimo y las esperanzas de continuar vivo, pero no pasaba de ser mera ilusión.

Aquel girar de todo como si me encontrara dentro de una gran esfera, suelto, sin poder agarrarme a nada, mientras ella rodaba en cualquier dirección y rumbo en todos los sentidos.

Parecía que estaba saliendo de la vida para entrar en el largo laberinto que conduce al infierno. Era el fin, no me cabía la menor duda, nada se me parecía más a la muerte que aquello y la memoria que se había esfumado, que no existía, como si mi cráneo no tuviera su contenido, como si se hubiera quedado, totalmente vacío.

Por ratos recuerdo una conducta eufórica, cantando hablando muy alto, riendo a carcajadas, ruidosamente, pero yo no era así, ese no era yo. Entonces, dentro de todo aquel malestar sentí pena, vergüenza de aquella actitud y de no recordar lo demás que había hecho ese día. Si noté la humedad que en el pantalón denunciaba, el descontrol de mi vejiga repleta y la salida espontánea de aquel líquido caliente que rodó por mis piernas hasta quedar contenido en los zapatos y con su olor característico, inundaba el ambiente ya bastante cargado por las diarreas.

¿Cuántas y de que magnitud serían las cosas que había hecho? No recordaba nada, pero una especie de fantasma, una voz, me indicaba que sería criticado cuando volviera a ver a las personas que a mi alrededor se encontraban, que sentiría su burla, sus acusaciones, sus reproches y volví a tener vergüenza.

El pensamiento quedó bruscamente interrumpido, ahora por la salida de un líquido espeso y grumoso, ácido, grasiento, espumoso que casi consigue ahogarme por la rapidez de su expulsión. Era un vómito, un tremendo vómito, amplio, con restos de alimento, con pequeños trocitos de jamón, queso y otros residuos no identificables de sabor extraño, difícil de describir y......... de nuevo el recuerdo del plato que contenía el saladito, los dados de queso, las lascas de jamón y el asco, las náuseas que aparecieron esta vez, de solo recordarlo.

Estaba sobre la mesita de cristal. Mi mano, ahora rancia por su paso por la boca al tratar de detener el maldito vómito, con esa mezcla de azúcar y grasa que adquirí al meterla primero en los vasos y luego en el plato para coger varios pedazos que entre los dedos mostraban la exageración, había eludido al tenedor e ignorando al resto de las personas que asombrados se comunicaban, a través del lenguaje del momento, el extraverbal y por su intermedio, expresaban asombrados, inconformidad por mi conducta.

Nada podía ser peor. No creía merecer este final. Con la conciencia castigándome, insultándome avergonzándome, el dolor en toda la barriga, las diarreas que ya me ardían el ano y casi parecían un esputo con algunas flemas, los pedos, el llanto, el vértigo que me recordaba la montaña rusa o las sillas voladoras pero con mas miedo, los calambres y la debilidad que impedían sostenerme en pie, el incómodo y asqueroso vómito sobre mi pantalón que ya olía a orina, todo aquel enrarecido y asqueante hedor.

¿Qué había hecho para merecer tan trágico fin? Podía verla venir, sentía la oscuridad y el frío de aquel solitario hueco que me acogería como a tantos otros dentro de mi incómodo forro.

La boca seca, áspera la lengua y la progresiva sed, me hicieron recordar lo agradable y necesario que resultaba tomar agua, bien fría, congelada. Ahí mismo frente al refrigerador, directo, de cualquier pomo o jarra, clara, inodora, insabora, tomar mucha cantidad, bastante, hasta que se derramara sobre mis ropas, ahora salpicadas por toda aquella podredumbre.

Era imposible, no podía ponerme de pie y mucho menos caminar hasta el refrigerador. Me sentía extenuado, débil, había sido muy grande el esfuerzo y mayor el agotamiento.

Aquel aliento raro, la pegajosidad en la boca y lo saburral de mi lengua, me devolvían el recuerdo de un recipiente metálico que sudoroso, mojaba el mantel y como centro de mesa contenía el refresco con pedacitos de frutas nadando en él, piña, melón, naranja. Estaba bien frío, sabroso y servido en vasos plásticos, se paseaba por toda la fiesta de la mano de alguien que se hacia famoso en un momento, de un solo golpe, autodenominado. Era el más codiciado y perseguido de la fiesta, al que le disputábamos en caravana, su servicio gastronómico.

Todos trataban de alcanzarlo mientras el intentaba llegar hasta el final, al patiecito, donde tranquilamente en los sillones, sentados, un grupo de personas mayores y educadas, esperaban casi sin esperanzas, con sus abanicos hiperactivos por el intenso calor, para mitigar aquella intensa sed. En términos futbolísticos se hubieran podido mostrar unas cuantas tarjetas amarillas y algunas rojas por aguantar de la camisa, al repartidor de aquellos vasos

El primero en alcanzar dos fui yo, con los dedos dentro, derramando algunas gotas por sobre las cabezas de mis émulos, en la trayectoria circular hacia el fuera de juego. Luego dos más y dos más y así, como puro refresco en aquel intenso calor, los bebí, casi sin respirar. La sed se calmó pero las nuevas sensaciones de alegría, libertad y desinhibición, me pedían seguir tomando, seguir disfrutando la felicidad del momento y sin pensarlo ni una vez, obedecí.

Los últimos recuerdos me sitúan, muy cerca de la cocina, conversando, riendo, bromeando como uno más de la familia, sin darme cuenta, cuando había dejado de ser yo.

Ahora era la cabeza la que quería estallar, latía al ritmo del corazón que más apurado que nunca me producía una muy extraña sensación de angustia, con cortes de respiración y sensación de muerte inminente, las lágrimas se disolvieron en el intenso sudor, la frialdad en la cara se hizo mas constante, ya casi podía ver mi funeral

Los eructos que emanaban un raro olor, como uranio empobrecido, se encargaron de explicármelo todo.

Había cogido mi primera borrachera, nada menos que con ponche casero, alcoholifánico, frutífico, sacarocrásico, que pudo ser la ultima y me vine a dar cuenta, sentado, sin poderme levantar de la taza del baño, donde casi nada me falto para abandonar, de una vez y por todas, con una tremenda curda cubana, este hermoso mundo unipolar.

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