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El hombre que regresó del Exilio

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..... ya no hay modo de morir como los otros.
Belkis Cuza Malé

Fue en una gélida madrugada que estaba junto a sus familiares allí esperando al hombre que habría de regresar del Exilio. El recuerdo de aquella noche y aquel encuentro me produce un escalofrió como de muerte. Lo vi llegar como suelen verse esos espectros que salen de las tinieblas buscando entrar de nuevo a ellas.

El hombre con pasos quejosos se bajó del avión que le traída de la distante Italia, y que ahora reposaba en la loza del aeropuerto Internacional de La Habana, después de salir de éste los cansados viajeros de esa jornada transatlántica. Él, el hombre de nuestra atención, venia de Italia, aquel país que le dio refugio cuando más de veinte años atrás decidió abandonar la delegación oficial cubana y solicitó asilo político. Observé desde la terraza junto a sus familiares que le esperaban, su lento andar, su fatiga y el espanto que ya le había sobrecogido.

Unas semanas antes aquel joven, nieto del hombre que habría de venir, me pidió que lo llevara a él y su señora madre, - quién era la hija más joven del hombre exiliado- , a esperarlo a la Terminal área. Nada había de extraño en un momento en que tantos venían a su abandonada Patria a visitar a los amigos y familiares, para después regresar a los remotos rincones de este planeta donde llevan mal o bien sus hastiadas vidas de exiliados. Accedí atendiendo a los favores que a él le debía y dispuse de esa noche donde la razón contendió con el enojo.

Éste es un hombre que regresaba del Exilio, muchos años atrás había asumido la decisión de quedarse, y había dejado a la familia atribulada. Fueron años de silencio nada conocido, de recriminaciones y temores, de esperanzas y desaciertos. Era también el apátrida que regresaba, el desertor que cabizbajo aceptaba un regreso casi humillante, era eso y más: un exiliado que aquel temprano día caminaba como gigante sometido por un tiempo ya sin esperanza.

Extenuado por un largo viaje que había comenzado hacia muchos años, entraba a las tinieblas de su tierra natal, que ya le era ajena; atrás dejaba años de bregar por las calles de Roma, días tras días vividos de angustias y de soledades, de las tristezas sin límites del exiliado; todo lo cual ya le habían apurado buena aparte de su tiempo. Dejaba las esperanzas truncas, los olores de los vinos, el humo espeso del tabaco en el ambiente estrecho de cuartos de hoteles y camastros saturados de la ruin humedad de los cuerpos trabajados y fatigados por las duras labores o el vértigo frenético del sexo ocasional y esquivo.

Era un hombre regresando del Exilio, caminando lento, mal vestido, de aspecto lánguido y con un rostro inexpresivo y vacío. En una de sus manos casi colgándole una vieja maleta pequeña a cuadros amarillentos que deslucía, en medio del frenesí de tantos que esperan ansiosos por familiares que suponen viven en la opulencia y les traen no pocos regalos. Pienso que en aquella pequeña y descolorida maleta traía sus medicamentos imprescindibles y algunas que otras fotos amarillentas.

Me fue presentado y no busqué más sus palabras, aquel hombre traía en sus labios palabras de cansado. Por más que sus familiares jóvenes le mostraban sus mejores expresiones de cariño, aquel hombre que llegaba del Exilo, sólo aprecia su sórdido interés en mostrarse aún vivo; es por eso que se hacia renuente a los halagos. Su mirada insignificante mostraba el fastidio hacia la vida de los que ya se aprestan para dar sus últimos pasos en escenario de quebranto. En aquel instante parecería que su única esperanza e intención era esa, dar su último suspiro.

Que era un rostro aprisionado por la enfermedad y la tristeza que consume, no había duda. Tal vez el encuentro con la esposa que había dejado hacia tanto tiempo le hubiera proporcionado una sonrisa a aquellos labios ya consumidos, pero no fue así. Su esposa en demasiado espera, había dedicado esos días antes de su llegada a prepararse para presentare a él, aún con animo de querencia; como también sus hijas que bien sabían que la muerte rondaba el evento del regreso.

Sus días pasaron en lejanías, fueron sus ojos desfalleciendo en la luz segadora de otras tierras y ahora se mostraban gastados por el sufrir y envejecidos. Se vio andando los caminos alegres de la campiña italiana, y recorrió con resolución y buen ánimo los suburbios de la capital romana con la esperanza de encontrar asidero a sus sueños de exiliado. Lo quería todo y creía merecerlo. Había desertado para bien, no para enlodar su cuerpo en tierras de labrantíos o ir a agotarse en largas faenas en ruidosas fabricas. Pero el tiempo paso demasiado rápido, corto de días y hastiado de sinsabores, creyó prudente regresar porque ya sus hijas le habían asegurado que no seria devuelto.

Aún le quedaba un último sueño y es saberse que no regresaba de las tinieblas, sino que había vivido una sucesión de eventos y que la suma de ellos era cosa buena. Cuando vio que sus pasos vigorosos se acortaban, y que una palidez de muerte le acechaba comprendió que la vida le revelaba el infeliz evento de la enfermedad, casi súbita, invalidante e impaciente. Las palabras del médico dándole el diagnóstico retumbaron en sus oídos durante todo el viaje de regreso; sus escasas palabras cuando se sentó en mi auto, fueron las palabras que suelen escuchársele al cansado. La cortedad de sus palabras era expresión de lo corto de sus días.

¿Cuál es mi fuerza para esperar aún? ¿y cuál mi fin para que tenga aún paciencia?, probablemente se preguntaba Ya no había fuerza, y la paciencia era inútil. El hombre que vino del Exilio, sintió los últimos afectos, el amor sacudido por la separación y el regreso, que le mostró su esposa ya anciana quien vistió de alegría sus últimos días; el amor casi inconveniente de las hijas que le colmaron de cuidados y la fresca y abundante sonrisas de sus nietos que le proporcionaron al hombre, que habiendo venido del Exilio, se aprestaba a entrar en las tinieblas.

Ocho meses después de aquel día de alborada casi en penumbras en que recibimos a éste, el hombre enfermo, hastiado, e inexpresivo y que se hacia acompañar de una pequeña maleta, sólo para recordar que andaba en viajes de no retorno; moría inquieto y susurrando que: regresaba con la vejez a cuesta y la enfermedad que ya le había arruinado su salud, a la sepultura. Esta la que bien había deseado, sin lejanía alguna.

El recuerdo de aquel hombre regresando del Exilio, en una noche impávida, cargada de símbolos fatídicos y luces alucinantes, siendo como era la imagen completa de una aflicción aterradora; me sorprende en mis noches de insomnio provocándome un temor casi de tormento.

Si es cierto que, como una sombra es el hombre; bueno es que Dios nos haga saber cual es la medida de nuestro tiempo, para así al menos pensar si algún día habrá retorno. Siempre queda la alternativa inexpresable de hacer derramar el alma dentro de uno mismo.

© 2006

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