Varios autores

Cruzando el mar

Desde mi ventana contemplo el mar, los remolinos eternos de las olas como un juego del tiempo, aspiro el humo perdido en un gris intenso, mas allá de miles de peces, algas, pecios y náufragos se encuentra la Isla de los sueños, con sus calles húmedas de salitre y la sonrisa rítmica, eterna y maliciosa de los rodeados por el mar. Suspiro y acabo el cigarrillo que me mira con una pasión desoladora, rodeado de compañeros muertos. Hace frío y mi piel busca los efluvios calmados de una pequeña estufa eléctrica, recuerdo mi pecho cubierto por el sudor y los cuatro pelillos tropicales que mostraba como uno más. Es domingo, solo queda el mar, mis pupilas perdidas en el gris y una flor de invernadero que dialoga con su agua tratada, acostumbrada a sobredosis. Contemplo mi tarde como una vecina que siempre llega y abandona, solo queda el mar, separado por una columna finísima de cristal que impide su presencia en la noche. Las imágenes son como caracoles, se agolpan unas a otras y por eso no me matan, dañan, las imágenes guardadas son el producto de esta soriasis que quema interiormente, esa soriasis que te arranca la piel a tiras y te hace sentir como un pez con escamas que extraña el mar. Lejos la Isla, unos pasitos mas en el mapa, atravesando las Canarias, unos pasitos mas.

Pienso volver , solo son nueve u once horas, solo eso, solo ese pequeño espacio de tiempo fundido que cambiaria esta visión gris de mar, este frío inmenso, esta estufa que quema con artificios, estos pelos escondidos en el albornoz prestado, esta libertad prestada por un tiempo para poder gritar y me quedo mudo. En mundos mentales paralelos se muere, en uno mi cuerpo cobra espacio, mi mente vuela como un colibrí buscando algo de néctar que no encuentra por más que mueva las alas, en otros la ausencia cada día te hace morir, fácilmente mueres y matas. La ausencia tiene daños colaterales, como las películas. Cae la tarde y despierta solamente la imagen de una manchita pequeña en el pie de mi madre, solo el pie de mi madre esta vivo para mi, su voz se agota como ese gris que va siendo negro y el tono de su voz se recuerda solo pronunciando tu nombre. Me visto, esta bufanda anudada y la mirada en el espejo tienen la imagen del ahorcado bendecido en los periódicos por su capacidad de conformar las paginas amarillas de nuestra historia. El frío me golpea en la cara, la fragancia del perfume de una mujer distante se mezcla con el salitre del mar ajeno y alguien me pide permiso en el ascensor, con mirada perdida, casi por reflejo, casi sin tocarme, casi muerto como yo. Contemplo los ojos del viajero en su descenso, sus ojos están vacíos, o tal vez los míos no descifren que existe vida en sus ojos. Me toco los ojos y palpo la masa ocular pensando que puedo haberlos dejado en mi habitación pero ellos están allí, adheridos a mi masa cerebral como una lapa milenaria y fría como el aire de la calle.

Tuve tardes mejores, contemplaba el mar y un barco semihundido se balanceaba con el ritmo pausado de unas olas con olor a mí, los huesos de mi abuela reposaban tranquilos escuchando la música del mar y reverdecían con la pasividad del calor eterno, compartido con sus vecinos y yo a unos pasos le contemplaba a ella reverdecer con la promesa del encuentro cualquier día. Con su trenza enrollada a la cabeza prepararían las tostadas con mantequilla más ricas del mundo y le sonreiría con cara de mango maduro protegido por sus ramas en un mayo de lluvias.

Suena el muñequillo verde del semáforo.Todos cruzamos como ovejas. El roce de las piernas me recuerda el antiguo rebaño camino al matadero, la calzada se inunda de fábulas de ovejas negras y blancas dispuestas a ofrecer su cuello. Ninguna de ellas protesta, solo comentan su dolor y ya no existen ovejitas negras ni angelitos de Machín. Los coches de ojos perdidos esperan, las ovejas pasan mientras alguien fuma. El humo se pierde entre los pasos de cebras y ovejas, algún motor juguetea con el frío y caen gotitas grises. Desciendo de la ciudad al mar, busco la sombra de la mar femenina y extraviada entre mayúsculos bloques de hormigón. Gente que bebe y fuma, alegría desbordada de lo que nunca más verán, alegría del solo instante de vivir, del ensueño, de lo efímero.

¿Cuando perdí a mi hijo?, las imágenes de la ciudad se agolpan unas a otras y por eso no me matan, angelotes meones, héroes de batallas perdidas que se quedan fríos como yo, la sonrisa del angelote es fría como la lapida que nunca tuvo mi abuela, me mira camino al mar y mea con tranquilidad interminable. Un skin golpea al negro angelote camarero, el negro me mira resignado, le faltan los ojos o acaso nunca subí a mi habitación. El negro no me mira, recibe resignado. ¿De donde eres. Me mira sin ojos.

Busco el mar desenfrenadamente, meteré mis piernas hasta la cintura de su composición y descansaran en paz, azules, enclenques y reverdecidas. Busco el mar, ese mar que me trasmita el sueño perdido, las conchas transitando por las plantas de mis pies mientras aplasto las plantas verdes que crecen en ellas. Busco el mar, ese ser inimaginable, sin nombre, infinito si alguna vez, en algún idioma el mar significa infinito.

Mi cuerpo esta en el mar, la brisa se siente cargada, me elevo, lentamente y camino, el mapa teñido de azul muestra pequeños puntos de tierra que voy destruyendo con mis piernas. Gulliver engrandecido levanta pequeñas corrientes de ballenas y tiburones, arenas tranquilas y peces de linterna, dejo atrás las Canarias, planto la otra pierna en la tierra de la violencia y el abandono. La ruta en solitario lleva unos saltitos mas a través del Atlántico, lleva solo unos minutos atravesar tanta osamenta, acumulada de años en el estrecho e interminable mar. Siento como aplasto cabezas, balsas, hombres con sueños, cabezas flotantes. Hay cabezas solas, lo siento por el tacto de mis dedos, mis plantas pueden palpar debajo del mar que es un cráneo joven, su cuerpo llevado por la corriente no es problema de nadie. Hay un malecón interminable al cual accedo invisible, mi corazón late ante la puerta marrón, quito las sabanas blancas y ella ronca con una profundidad espantosa, tiene una mancha pequeñita en el pie, sus dedos son largos y algún sueño pasajero la cubre como un manto. Me siento a su la do como una aparición y escucho su ruido como la música que hacen los trenes que llegan a esas estaciones donde todo sonríe y somos buenos.

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar