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Maldito vicio

Surgat reapareció en medio de los raíles de tranvía. Con un pase rápido de las manos se impregnó de la capa de invisibilidad que lo hacía ante la gente que deambulaba por la calle cargada de bolsas de un Caprabo cercano invisible. Lo justo y necesario para ocultar con rápidez su despampanante desnudez.

El manual para la transformación que le había sido entregado tres meses antes de la actual fecha, aun le resultaba una maraña de palabras ininteligible. Casi nunca conseguía recitar las adecuadas para transformarse con éxito en su ascenso hacia el mundo terrenal sin antes perder quién sabe donde las extrañas vestiduras negras que acostumbraba a usar. Paso volando junto al telepizza de la esquina y torció a la izquierda siguiendo la trayectoria de la misma acera. Dos calles más abajo paso por una panadería. Junto a ella una juguetería que anunciaba con grandes carteles un descuento del 50 % en todas sus existencias y justo al lado se encontraba su punto de destino "EL ESTANCO".Un local pequeño de puertas acristaladas. Dos clientas dentro y el dueño, un tipo canoso y paliducho con apariencias corrrientes, vestido con una vulgar y barata camisa a cuadros y unos ajados vaqueros. Espero a un lado de la puerta hasta que el dueño se desembarazó de las dos mujeres y entró.

El dueño observó trás el mostrador oscilar las puertas de cristales y se quedó inmóvil pensando en la imposibilidad de que el viento lograra abatirlas, a no ser que se tratatara de un huracán era imposible. Aún así se giró a sus espaldas y comenzó a acomodar las cajetillas de camel en la estantería de madera, al volverse, ya Surgat estaba ante sus ojos totalmente desnudo.

La reacción del tendero ante la visión de aquel joven musculado en pelotas de considerable altura a quién jamas había visto por el barrio fue de inmediata perplejidad. Unos segundos después llegó el cabreo.

_ ¡Fuera de mi estanco!.

_¡ Ahora!. Gritó con el brazo extendido en desafio señalando hacia la puerta al joven que ni siquiera pestañeo y que se abalanzó sobre el inclinando el torso sobre el mostrador dispuesto a rodear su cuello no sin antes apoderarse el tendero de una piedra lisa que había traído consigo la semana anterior de su última visita a la montaña y que ahora usaba para sujetar facturas asestándole varios golpes en la sien. Surgat el demonio, con el cuello del tendero aun entre sus manos, se atolondró un poco volviendo a la carga en fraccciones de segundos tirando del cuerpo en uso de su descomunal fuerza arrastrándolo sobre el mostrador como si de un fardo de tela se tratara cayendo este del otro lado al suelo hecho una piltrafa.

_EM OL ÉRAVELL ODOT.* OJIH ED LA NARG ATUP.

Rugió posesionado de sus dos cuernos que habían emergido sobre la frente durante el forcejeo. El tendero contemplo aquellos cuernos y la tonalidad dorado fuego de la piel de su agresor entre jadeos asustadizos, le soltó una patada en la entrepierna con todas sus fuerzas.

_ ¿Que coño dices mono de mierda!. Gritó echándole huevos a la extravagante situación.

_ ¡JA, JA, JA!. Rió Surgat en estruendosas carcajadas.

Aquel pobre hombre no entendía una mierda lo que decía.

El mundo era un lio de lenguas y dialectos. Por cada país visitado necesitaba una formula de palabras diferente para que sus frases salieran desde su boca en el lenguaje exacto de la región. Estaba en Barcelona, en la localidad de Esplugues y sabía, o al menos creía, que había dicho las palabras adecuadas pero algo no marchaba. Entonces se percató que había dicho la frase al tendero en castellano pero al revés.Se concentró y pronunció aquella rara jerigonza del manual gritando por segunda vez la frase.

_ ME LO LLEVARÉ TODO.* _ HIJO DE LA GRAN PUTA.

Eso quería decir. Exclamó satisfecho.

Surgat se marcho dejando al tendero inconciente en el suelo protegido por la invisivilidad de su pase mágico de manos. Caminó San Fransec Xavier arriba a paso ligero y de nuevo se encontró en la avenida Cornellá atormentado por su incesante ruido de coches. El tintineo del tranvía proximo a el le hizo poner la vista sobre los raíles por donde horas antes había reaparecido con un claro objetivo, asaltar un estanco. Lo había conseguido y ahora caminaba en busca del portal que lo devolvería a su mundo portando su preciada carga dentro de un saco a sus espaldas abarrotado de cajitas de diversos colores adornadas con membretes publicitarios: CAMEL, WINSTON, MARLBORO, FORTUNA, eran algunos de los nombres que para el nada decían y que guardaban celosamente en su interior unos delgados tubitos cilindricos blancos que había visto arder despacio enganchado a los dedos de los humanos y que hacían que en sus caras se reflejara un indescriptible halo de placer desconocido para el y los de su mundo y que hoy conocerían gracias a su osadía de cruzar el portal a pleno día, aun siendo un demonio novato. Todos en el inframundo lanzarían humo blanco por los aires a borbotones y se engancharían sin duda a eso que en la tierra llamaban-.

TABACO.

Janett Martinez

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