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De aceres y otros relatos

Cuando comencé en la escuela secundaria me topé con los guapitos, los hijos de los guapos cubanos, vamos a ver, los imitadores de sus padres. El guapo de secundaria no usaba pañoleta y tanto en la guerra como en la paz, llevaba pañuelo rojo para secarse el sudor y la guapería, pantalón campana, camisa apretada, botas rusas con tacón alto y dos tapas de pasta “Perla”, una para cada cordón de las botas. La peineta, aquella arma mortal para “agitarnos” la merienda, compuesta de tres galletas de sal y un refresco imitando al “Ironbeer” pasaban a sus manos a la velocidad de extraer la peineta del bolsillo de atrás. Cuantas veces extrañe a mi abuela con su jarro de café con leche y las dos tostadas repletas de mantequilla, ella que esperaba en la primaria a que me zampara todo aquel meriendón y después se marchaba con su paso lento.

Pero llegó la secundaria y las escuelas al campo y tocaba a mi escuela siempre en el frió, 45 días rejodido cargando tronquitos de yuca para sembrar, comiendo chicharos con bichitos y arroz con piedras.

Lo que más me molestaba era entrar a bañarme a aquellos barracones con agua llenos de jabón de antiguas cosechas e inscripciones con pasta de diente por todos sitios, “Perico se rayo aquí su primera paja” , “solo los cristales se rajan, los hombres mueren de” creo que con el frío no moríamos de pié sino del atragantamiento de nuestros huevitos duros casi llegando a la garganta o “ pepe y charito” hicieron el amor aquí, tremendo amor, había que tener amor para hacerlo en aquellas barracas inmundas, me imagino en una noche de relajo cuando vinieron las chicas del otro campamento a visitarlos.

Cagar era otra odisea, en una losa voladora, agujereada, te ponías en cuclillas y veías debajo de ti un excelente paisaje escatológico, pedacitos de “Granma”, no del barco, del otro el del embarque a los cubanos, bichitos de la campiña cubana, tremendos comemierdas y hasta un tronco de mojón que todos achacábamos al maricón de turno, con su culo caverna saliendo de el un maja de Santa María, hasta que descubrimos que aquel hijo huérfano de madre y padre pertenecía a nuestro subdirector docente, gordo enorme que pilló unas ladillas como puños, enredado con una guajira de la cocina.

Las ladillas eran autenticas arañas peluas y le seguían a él cuando cantábamos el himno nacional y hasta alzaban todas las patas para saludar al estilo pionero “Seremos como el Che” y si que querían serlo.

Pero lo peor eran los guapos en la escuela al campo, enseguida tenían machetes y cuchillos y eran los reyes del albergue, al llegar al campo ocurría una transformación diabólica, cuadrillas de matones auténticos. Allí los ataques de los guapos ocurrían los domingos en la noche, contra nuestras maletas de madera, caja fuerte y nevera con olor a calzoncillos cagaos y jabón Nácar, a punta de machete se escapaba nuestra leche condensada cocinada, el gofio, el panqué y todo lo que nuestros buenos padres acumulaban para llevarle al niño a su confinamiento, llámese campo de concentración de Weyler, llámese idea de Martí , de combinar estudio y trabajo, que el de la barba llevó a rajatabla, más de una vez me dieron ganas de ahorcar el busto de yeso, si muere la idea, pensaba, volvemos a casita sin piojos ni llagas.

Los guapos a veces tenían corazón y nos dejaban el fondo de la lata de leche o las migas del panqué.

Al pasar el tiempo crecimos y cada cual cogío su camino, muchos de ellos se dieron cuenta que la guapería alejaba a las jevas y comenzaron a acercarse más al matón mafioso respetado, con camisas a la moda y casquillo de oro el los dientes, otros cogieron el camino correcto y hoy son gente de bien a los cuales me encontraba en la calle y me abrazaban como a un hermano, victima de sus fechorías de infancia, a otros, los duros, me los encontré varias veces en la prisión, cuando iba a visitar a mis presos para hacerles la defensa en los tribunales y más de una carta, con mala ortografía llevé a sus casas.

Fue una época bonita, aún creíamos en el tipo, aún creíamos que sembrando yuca llevaríamos al país a la cumbre del desarrollo.

De esa época dorada de mi vida, debe quedar en Cuba, jubilado y tremendo chivatón, nuestro subdirector docente, con sus ladillas adultas, en su CDR particular. Cada una con una tarea especifica en la organización de masas, encargadas de vigilar, de los trabajos voluntarios, específicamente de destupir cañerías del barrio, porque lógicamente nuestro querido subdirector sigue cargando consigo su enorme mojón y soltándolo en las casas de sus vecinos para no tupir su inodoro mientras le gasta a los demás, los pedacitos de papel, digo, de Granma, que no es el yate de nuestro “embarque” sino unas hojas que se hacen llamar periódico en Cuba .

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