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Nadie hace botella

El año comienza con una tormenta que me cala de los pies a la cabeza. Parada a la espera de que el autobús recoja lo poco que queda de mi espíritu observo como dos borrachos de diferente sexo intentan aparearse en el banco de hierro escurridizo que decora la espera del transporte. Pienso que si ella levanta un poco más la pierna derecha y el baja un poco las rodillas tal vez terminen encajando, como si fuera una operación matemática y automática, sin embargo, ellos se empeñan en hacerlo más difícil por falta de entrenamiento o conocimiento, que para el caso es lo mismo.

La lluvia cae sin piedad y el frío se me mete dentro mientras la compañera jadea entrecortadamente en señal de que a ella se la han metido y la goza y disfruta como nunca. Ha pasado la Noche Vieja y todo sigue igual que siempre, solamente han cambiado las calles que ahora repletas de cristales y basura hacen de esta ciudad una de las más feas a los ojos de los turistas, que contribuyeron en el desastre posterior al toque de las uvas. El autobús no llega y los coches pasan delante mojándome los tobillos con cada uno de sus acelerones. Me enfado conmigo misma y recuerdo que el último mensaje recibido decía que si hubiera aprovechado la ocasión ahora él estaría recogiéndome en la puerta del trabajo para que como una princesita me introdujera en su coche forrado de cuero y llegará sana, salva y seca a la puerta de mi casa. Es entonces cuando reconozco que sólo hecho de menos una pareja los domingos por la tarde y los días lluviosos como éste, pero me enfado mucho más cuando en un intento de pedir ayuda a un conductor con cara de inofensivo el tipo acelera como si fuera un atracador que a punta de pistola le pide “la bolsa o la vida”. Sé que no estoy atractiva con el pelo empapado y la jabita en la cabeza pero no es como para tomárselo tan a pecho porque si me hubiera dado la oportunidad de quitármela y pedirle ayuda se hubiera dado cuenta de que yo también soy inofensiva.

Nadie hace botella y eso me indigna. Dos horas en una parada de autobús de último diseño donde la publicidad recalca que Madrid esta comunicada de punta a punta para que nosotros nos lo creamos es una estafa, el Metro de Madrid vuela, los autobuses no contaminan y siempre seguiremos siendo impuntuales. Sólo quiero darme una ducha caliente y meterme en la cama, escuchar el silencio de mis cuatro paredes y hablar conmigo misma si tengo ganas o pelearme con lo que soy como hago a diario, pero nadie hace botella y una loca no puede hacerla con una bolsa en la cabeza porque estoy en Europa y Europa es otra cosa. Con lo fácil que hubiera sido que hubiera parado el coche y galantemente me hubiera dicho:

- ¿Hacía dónde vas bonita? - Mostrando mi salvación con su sonrisa. De ese modo hubiera conseguido que me quitará ese plástico para soltar mi melena en un movimiento rápido de cabeza y enseñarle que yo también tengo sonrisa.

La palabra que intento buscar es ¿despersonalización? O se trata de que somos solamente seres desconocidos que en algunas ocasiones nos hacemos pasar por personas amables. Busco una explicación ante tanto desarrollo y llego a la conclusión de que cuanto más modernos nos hacemos más al filo del subdesarrollo humano nos encontramos. Mirándolo bien no tiene importancia que en esta ciudad no se haga botella, en realidad, es un hecho aislado dentro de un cúmulo de hechos, gracias a ese acto sólo hubiera podido nacer una bonita amistad o una maravillosa enemistad. El caso es que yo me he perdido conocer a un hombre asustado y él se ha perdido conocer a una descolocada mujer.

Hubiera sido maravilloso entrar en ese coche para sentirme de nuevo en cualquier calle de mi segunda ciudad, como en aquella ocasión en la que el conductor del carro de caballos hizo bajar a dos ingleses borrachos para recogerme y pedirme en dos segundos matrimonio, ambos sabíamos que era mentira, pero ambos disfrutamos de media hora de camino contándonos nimiedades que no nos llevarían a ningún lugar para después, contemplarnos por el simple placer de hacerlo, como cuando se contempla algo realmente hermoso que no queremos dejar de disfrutar. Hubiera sido maravilloso que me contará que se sentía estresado o que también acababa de salir de trabajar y no sabía hacía donde dirigirse, tomar un café en cualquier lugar y saber de su existencia para no convertirle en otro más que pasea por esta ciudad dentro de cuatro ruedas y un motor que no le deja ver más allá que las luces de un semáforo.

Nadie hace botella en esta ciudad, nadie recoge a nadie. Nadie esta dispuesto a cobijar a otro que no sea a sí mismo y la palabra es despersonalización, sin duda, despersonalización. Entiendo porque algunos se han marchado y porque otros aunque no quieran hacerlo están deseando que llegue el momento adecuado para levantar las alas y volar en pos de un viento que sea diferente al que aquí se respira. Ahora entiendo que lo que me enseñaron era acertado pero para otro tipo de ciudad, que aquí no se puede ayudar con lo que se tiene sino con lo que se quiere y que en muchas ocasiones ese querer inexistente nos hace tan insensibles como primitivos.

Nadie hace botella, nadie para ante mi desdicha, nadie observa a una mujer que desubicada quisiera encontrarse entre otros brazos y otros climax que no fueran los de la compañera que en cinco minutos ha consolado su propia desdicha, con un entrar y salir torpe y sin afecto, con una forma mecánica de amar que desconozco, casi como me quiere esta ciudad, indirectamente, rozándome sólo en leves altercados para dejarme con la misma sed de siempre.

Ella debería de conocer también tus maneras para entender porque quiero regresar a tus brazos cuanto antes, Cuba.

Raquel Ortiz - Miércoles, 03 de Enero del 2007

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