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La última voluntad

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"Yo que me voy, y tú que aquí te quedas son dos otoños".
- Jaiku de Shiki.

Le entró por los ojos la intensidad de la muerte. La halló sin buscarla en esa coincidencia de tiempo y espacio donde se inhala el miedo. Miedo de la muerte o de ser parte de ella, festín para sus dentelladas, inmisericordemente aniquiladoras.

La muerte ahora habitaba en sus pupilas y resplandecía en cada nueva mirada. Por doquier veía muerte y más muerte alimentando su retina. Parecía un mal presagio la sombra aterradora lidiando con la luz, invadiendo sus párpados. Aquella asesina desbordaba las cuencas de sus ojos y proyectaba toda su vitalidad hacia el interior del cerebro. Las imágenes que veía parecían anunciar el Apocalipsis. Disímiles formas de morir desfilaban configuradas en el tejido de sus neuronas. Trató de interferir a la parca en sus pensamientos, logrando con ello que la Muerte se revolviera en su obstinación y le devolviera, a modo de venganza, nuevas avalanchas de imágenes aterradoras.

Se había quedado solo en el patio como sobrecogido por el relámpago de un rayo. Frente a él, a cincuenta metros, yacía desmadejado y colgado de un poste el hombre recién ejecutado, el cual se había negado a que le vendaran los ojos ante el pelotón de fusilamiento.

El tiro de gracia resonó en ese instante en el patio. La Muerte se revolvió con el sonido y el impacto de la bala le abrió al moribundo nuevos espacios histriónicos para el Ángel Exterminador.

Volvió a sentir pavor al parpadear y notar que la Parca seguía allí, y lo peor era que ya no merodeaba, vivía dentro de él como si su envoltura humana fuera el vehículo que anunciara la mala nueva: la llegada de su Armagedón privado.

Lucien se llamaba el ajusticiado que miraba ahora a la Parca desde los ojos de la Muerte. La Parca que miraba su fin se regodeó un instante con la visión del final del hombre, culpable del asesinato de su amante. El hombre poseído por la Muerte le había arrebatado la mujer al ejecutado: el clásico triángulo amoroso disuelto con la muerte de alguno de sus implicados o por el abandono de quien no arrostraba el peligro de ser descubierto en ilícito trato carnal. En este caso ella había sido la víctima del despechado esposo ultrajado, de Lucien.

El destino quiso que la última voluntad del ajusticiado, fuera la solicitud de la presencia del amante de la infiel en el sitio de la ejecución. El único sobreviviente del triángulo amoroso era un simple periodista, cuyos ojos habían visto mucho mundo, muchas guerras y toda serie de tragedias personales y colectivas, pero jamás su propio calvario, que la visión de su rival ejecutado lo aceleraba.

Volvió a pestañear mientras liberaban las amarras del poste y el cuerpo de Lucien, caía inerte al suelo terroso del lúgubre patio, donde se aplicaba la pena capital. La Muerte que habitaba en él, le trajo en un alud de memorias las escenas macabras del horrendo crimen, donde pereciera su amante. Volvió a revivir con toda intensidad la sucesión de los disparos alcanzando el cuerpo de Rachel, mientras él huía despavorido y desnudo como un crío ignorante de las reglas elementales del decoro.

Ahora, en el patio, trataba de exorcizar todos sus recuerdos huyendo de la visión del muerto, mientras la Muerte que habitaba en él corría a su encuentro.

La Muerte se petrificó como un vidrio opaco en los ojos de Lucien. Pocos segundos antes del tiro de gracia, y unos minutos todavía anteriores a la descarga de fusilería, en el cerebro de Lucien se había configurado como una obsesiva maldición postrera su última voluntad: le regalaba su muerte al hombre que lo había impelido a matar por dolor y por el sentimiento de abandono. “¡Sí, Paul, mi muerte vivirá en ti y te poseerá hasta morir con la misma fuerza con que le diste vida a ella entre mis manos!”.

Todavía eso era lo que pedía Lucien mientras agonizaba aguardando, amarrado al poste, por el tiro de gracia.

Instantes más tarde otro cuerpo se desplomaba sobre el patio.

Antes de caer la tarde, los sepultureros del penal se vieron en la obligación de enterrar el cuerpo del otro hombre fallecido, aparentemente, de muerte natural. El médico de la prisión certificó en el acta de defunción que el periodista nombrado Paul Bresson, había muerto de un síncope cardíaco debido, al parecer, al miedo que le produjo la impresión de presenciar la ejecución de ese día.

Fin.

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