Varios autores

Al interior de mi Isla

A la memoria de mis abuelos, a los cubanos y cubanas amantes de esta tierra que sueñan con la luz de los aviones.

De mis dos abuelos tengo muy agradables recuerdos, uno mulato como la Cuba misma, fumador de tabaco y bebedor de aguardiente, pero hombre honesto y trabajador; el otro criollo descendiente de españoles, con nariz aguileña, piel blanca y fina, a pesar de haber sido un guajiro carretero. Entre agudos martillazos sobre puntillas y tachuelas enterradas en suelas y pieles de zapatos rotos, transcurrió mi infancia junto a mi abuelo mulato, quien era zapatero remendón. Los veranos eran para el abuelo blanco, desde el amanecer enredado entre yuntas de bueyes y aparejos de labranza, caminando largas leguas para llevar su carreta a los diferentes sitios donde debía dejar su carga de leñas o de viandas. De ahí surgí yo de esos dos abuelos humildes que nacieron en años anteriores al cincuenta y nueve y conocieron a las dos Cubas, la del capitalismo atroz con gobiernos deplorables como el de Fulgencio Batista y el socialismo vitalicio de miserias y escaseces. Como buenos hombres de familia, mis abuelos no cesaron de trabajar, siempre decían que el trabajo no mataba a nadie, que lo que mataba era la pereza y la sangre muerta, pero yo estoy segura que a mis abuelos también los mató el trabajo sin descanso y mal remunerado, el ver tirado por la borda el sacrificio duro de cada día, el no tener aliento para soñar, ni tiempo para vivir.

Mientras estudiaba en la Universidad constantemente pensaba en los dos ancianos por mí venerados, yo tenía sueños, algo que ellos no tuvieron. Uno de mis más ambicionados deseos era el de poder salir al exterior del país, no para quedarme en algún sitio, sino para viajar, seguir estudiando, superarme, conocer otras tierras. Siempre me compadecí de mis abuelos porque para ellos el mundo se redujo a la rutina en la cual se sumergían sus vidas, el zapatero remendón martillo en mano y la boca llena de finas puntillas, se sentaba a la misma hora de cada día en su puestecito de trabajo, tomaba un tiempo para almorzar y luego emprendía la labor hasta que el sol se iba y la oscuridad del atardecer le impedía continuar; el carretero se despertaba cuando aun el alba no asomaba, tomaba su cazuela de comida y no volvía hasta entrada la noche, para repetir lo mismo en cada jornada. No estoy segura de que mis abuelos viajaran a otras partes del país fuera de las regiones donde nacieron, mucho menos salieron de él. Recuerdo a mi abuelo mulato hablarme de los aviones como cosa de ciencia ficción: me daría un gran susto si tuviera que subir a uno de esos aparatos, me decía. Eran tan raros los aviones que cuando alguna vez pasaba una avioneta o un helicóptero a baja altura, no solo mi abuelo y yo, sino todo el barrio salía con gran algarabía para ver aquella cosa de película. No imaginaba entonces que anhelar salir de este país puede resultar un empeño casi imposible de lograr. Mis abuelos trabajaron sin descanso antes y después del comunismo, sus raíces se hicieron tan profundas que solo se cortaron cuando el aliento de sus vidas expiró y se llevaron con ellos un mundo diminuto: cuatro paredes de una casa y una larga guarda raya con un horizonte sin descubrir.

Nací justo cuando la Revolución cubana entraba en su edad adolescente, en el 1973. Similar a Jesús de Nazaret quien nació en Belén, una pequeña aldea casi olvidada y humilde de Judea, yo nací en la oriental provincia de Holguín, la parte más sufrida y empobrecida del país, palestina de cuna como despectivamente me llaman por ser oriental; como mi abuelo blanco era oriundo de Sancti Spíritus en el centro de Cuba y allí vivía tuve al menos el privilegio de viajar fuera de mi terruño y disfrutar los viajes en ómnibus por la carretera central, o las travesías aventureras en el tren lechero. Luego vinieron los años universitarios, nada más y nada menos que en la Capital, entonces mis viajes se extendieron hasta la ciudad más importante de Cuba, la bella, pero envejecida y roída Habana. Disfruto enormemente cada sitio de esta Isla que he tenido el privilegio de visitar, los paisajes y la gente. En cada lugar descubro las diferencias regionales y la notable similitud que identifica a todos los cubanos, esa manera de vivir solidariamente con los otros creando en cada barrio una especie de familia mayor, solidaridad que nos ha ayudado a sobrevivir las más duras crisis o ese ingenio de inventar, de transformar lo viejo y desahuciado en algo útil, de sacarle lasca a todo como bien decimos en nuestra jerga popular. Pero no logro superar el escalón en el que se quedaron mis abuelos, los aviones aun vuelan a grandes alturas y distancias, pero yo vivo encerrada en esta isla, como aferrada a esta tierra, mis raíces crecen más y más y aunque no quisiera pecar de fatalista, mi sueño de viajar cada día se torna más lejano.

Así han vivido y vivimos generaciones de cubanos, imposibilitados de mirar fuera de esta isla alargada que nos vio nacer y crecer y que ha visto morir a algunos. Nuestro contacto con el exterior es tan demacrado y pobre como pobres son las noticias internacionales que nos pasan por la tele, o las historias que nos cuentan nuestros familiares y amigos radicados fuera del país. Son pocos los cubanos y cubanas que han tenido y tienen el privilegio de viajar y regresar, de contar con un álbum de recuerdos foráneos. Los otros son aquellos que se han ido de forma definitiva, por una u otra vía, en condiciones legales o ilegalmente ya sea arriesgando la vida misma en peligrosas travesías en el mar, concertando nupcias ficticias con extranjeros, y miles de modos más, porque como le escuché decir a un balsero en el año noventa y cuatro: cualquier forma es válida para escapar de esta vida de perros.

Mis abuelos nacieron antes de la Revolución, yo durante ella, llegué a creer que mis sueños, a diferencia de los de ellos, se harían realidad si me esforzaba, estudiaba y me preparaba para la vida, pero al comprender que el Socialismo no ha logrado las grandes metas que se trazó desde sus inicios, viviendo en una Cuba llena de llagas y dolores, de penurias económicas donde el diario vivir se resume a la lucha por la subsistencia, mi sueño se ha debilitado, y al menos por esta vez, como Jeremías el profeta llorón, me doy el lujo de expresar y lamentar mi insatisfecha necesidad de volar en los aviones.

Recuerdo unas letras que escribí siendo adolescente cuando comencé a ver con otra óptica mi entorno comunista y revolucionario y aterricé en una Cuba abandonada por el socialismo europeo, llena de huecos y graves errores que aun hoy arrastramos, una Cuba sin economía y demasiadas consignas y como dijera el cantautor Carlos Varela: la política no cabe en la azucarera; como tampoco cupo en las balsas que se lanzaron al mar con todo el riesgo de dejar en las aguas el último aliento, ni en las familias divididas, ni en el adiós a la patria para encontrar en otra cultura, otro idioma, otro sitio una forma más simple de saciar las necesidades materiales tan importantes como las espirituales o ideológicas porque no solo de pan vivirá el hombre, pero, oh Dios, danos hoy el pan de cada día.

“ Siento que fui hasta el cielo y que luego alguien dio en mi trasero y ahora estoy resucitando en este infierno en flor que poco a poco me está quemando. Pienso en los cuentos que creí, en los héroes que amé, en aquella leyenda antigua de una amplia sonrisa y flores esparcidas en el mar buscando con angustia un sombrero alón que se perdió. En el Libro que me impedían leer, porque era un pecado capital no ser materialista y dejarse adormecer por el opio de los pueblos. Siento que no he vivido igual a otros y pienso en la niña que en mi escuela comía mejor merienda y amarraba sus motonetas con grandes lazos que yo no tuve, la niña que luego fue dirigente estudiantil y viajó al exterior porque su padre era alguien importante en el gobierno y el mío a penas un simple obrero honesto de este país. (…) Luego crecí y estoy sintiendo que mis hijos vivirán el mismo cuento, y ahora qué hacer si ya no tengo nada que hacer para ir sintiendo.”

Pero siempre al final, esta vez como el sabio proverbista Salomón, dejo el pesimismo y vuelvo a ser la misma soñadora, guardando en mi corazón el recuerdo tierno de mis abuelos, colocando a los miles de cubanos que murieron en el mar buscando nuevos rumbos y a los que se fueron definitivamente y se alejaron de los suyos para alcanzar una vida terrenal más plena y que viven con la añoranza de su país y de su gente, en un lugar especial de mi memoria. Me tumbo al suelo, bocarriba, para poder seguir imaginando el vuelo de los aviones, creyendo que algún día romperé esta insularidad que me abruma para salir y volver, libre, a esta tierra que llevo bien adentro.

Yoaxis Marchecho Suárez.- Licenciada en Información Científico Técnica y Bibliotecología y Máster en Estudios Teológicos por FLET. Desempeña sus labores en la Iglesia Bautista de Taguayabón en Villa Clara Cuba junto a su esposo el Pbro. Mario F Lleonart, quien edita el Blog Cubano Confesante

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