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Yo y la religión

I - Las cuchillas de aguilé

El primer recuerdo religioso, es de seguro cuando tenía unos cuatro años. Me recuerdo que tenía una bata lindísima blanca con guingas rosadas, zapatos y medias blancas. Recuerdo mi padrino, un hombre alto, negro como el ébano de mirada y sonrisa noble, voz rauca con tono invariablemente calma.

En la fiesta, donde asistí con mis hermanos y mis padres, me llamó, porque supongo que estaba jugando con los otros niños y me pidió que diera tres toques en el piso, di uno y miré a todo el mundo que me decían “toca, toca” al final lo hice otras diez veces mas o menos, hasta que empezaron a reírse agregando “ya, ya”

El dolorcito de mano fue recompensado con unas gelatinas maravillosas “naranjitas” que en aquellos tiempos eran muy populares.

Después “recuerdo” un chekerè muy grande entre mis manos y los tambores que sonaban, recuerdo que la gente me miraba con mucha intensidad, y serios. Cuando me metía alante de alguien la gente cruzaba los brazos.

Después recuerdo la noche y el calor, en los brazos de mi padre y un cansancio enorme. Regresando a casa.

Después de eso seguramente hubo otros acontecimientos pero creo que no sean relevantes como este. Años más tardes supe el motivo de esta fiesta. Cinco meses antes más o menos, estuve por perder la vida. Alguien por descuido; dejó en la paleta de la silla de caca, esas chiquiticas de madera, que creo que en Cuba todavía existan; dos cuchillas de aguilé, que se usan para las maquinitas de afeitar. Yo y mi primo Pupi, nos la repartimos, teníamos casi la misma edad. Y aunque si nadie lo cree, las masticamos y no las tragamos.

Me cuenta mi hermana, que es un año mayor que yo, que ese día hubo un gran silencio en la casa.

Yo me recuerdo el doctor, jovencito, trigueño, con grandes espejuelos, que me miraba y me sonreía, confortándome, pero yo sentía un gran miedo como si oliera la tensión en el aire. Esa noche dormí en el hospital.

Sé que se les informó que tenían que esperar veinticuatro horas, y después podíamos morirnos como palomitas, si todo iba bien. De lo contrario podía ser drástico una hemorragia interna y dolores atroces. O !salvarse! !sería un milagro!

Que llegó a la semana justa. Yo y mi primo mirábamos a los vecinos de casa con un cierto empacho. Eso de estar mirando la caca me daba de verdad tremendo fastidio. Pero pensaba que después de todo tenían razón. Porque tenía muchas pecas negras y yo una caca así, no la había visto nunca.

Llegó un tío mío que era un medico pediatra, el esposo de la hermana mayor de mi papá de la cual me dieron el nombre pues ella no podía tener hijos. Con el cual no tenía mucha confianza, que me acostó en la cama de mi madre y me hizo algunos reconocimientos. Negó con la cabeza con cara de satisfacción y me dijo “vete a jugar”.

Cuando vino mi padrino le vine al encuentro. Y cuando me cargó le dije que tenía que decirle una cosa importante. ?Un secreto? !Si! “Dime” “Lo sabes que hice la caca liadísima” Se le aguaron los ojos pero se recompuso enseguida y sonriéndome afirmó “!Eh, tu no sabes cuanto!” Me dio un beso y me empujó cariñosamente animándome a ir para el patio con los otros.

Una tía de mi madre trajo una gallina, era un regalo para mí. Era blanca y hermosa, yo me encariñé enseguida. Dos o tres días después terminó en el caldero y esto me entristeció tanto que no quise comer. Mi madre me prohibió de exclamar lastima.

Mis hermanos devoraron el guisado como siempre con rapidez y sin chistar. Yo era de la parte de la gallina.

Por este evento, me hicieron entrar con un año de retardo a la escuela.

Cosa que no fue un problema porque nunca repetí y de consecuencia no me afectó, al menos no desde ese punto de vista.

II - Regina

Cuando mis padres se divorciaron, empezaron a suceder cosas muy feas. Siendo los patrones de la casa veníamos tratados como los últimos de la fila. Mi mamá tenía que trabajar para poder mantenernos. Mis tías, dos de ellas una era soltera la otra era a punto la madre de Pupi nos maltrataban y hasta para divertirse nos pegaban por el puro gusto de hacerlo. Mi madre las tenía en la casa para dejarnos con ellas, esto era algo que no soportaban, pero eran los años setenta, siendo solteras y lejos de mis abuelos que eran dos esbirros, para ellos era el sol, ya que por la tarde cuando mi mamá regresaba ellas se iban a pasear, con los enamorados.

Si había alguien que propio no me soportaba era la madre de Pupi. Me miraba mal, me daba de comer dos cucharadas grandes de comida a la vez, me pellizcaba los cachetes y si le venía la gana me mordía, diciéndome degenerada, agregando que tenía la misma cara del hijo e’puta de mi padre.

Las lágrimas me corrían por el rostro y el miedo me comía viva, no podía tragar y los chancletazos iban y venían.

Al final nos quedamos solos con mi mamá que no combinaba mucho. Desgraciadamente no nos dábamos cuenta que comenzaba la primera fase de una enfermedad que se la llevaría a la tumba sin llegar a cumplir cuarenta años de vida.

La vecina de casa, una señora sesentipicona, a la cual nosotros queríamos mucho porque fue en realidad la única abuela que nosotros tuvimos, la animó diciéndole que nos daría una ojeada de vez en cuando de manera que pudiera estar tranquila en el trabajo. Y así fue que empecé a comer, no me daba nada del otro mundo, en realidad comía lo que había. Los vegetales, el huevo, los chicharos. La chiva proletaria me decía mi madre.

Regina que así se llamaba, no quiso volver a su país natal España, en Castilla, porque no encontraba justo arrancar sus hijos del país donde habían nacido. Me hacia comer con tanto de ternura. Nunca me gritó y cuando mi madre faltó, muchas veces de mañanita temprano se aparecía con un plato de crepès calientes, era capaz de levantarse a las cinco para hacernos los churros como les llamaba, para nosotros cinco. Que estábamos completamente solos. Y todavía estábamos estudiando.

De ella me nace la devoción por los santos cristianos. Pues me enseñó a rezar, y me regaló un librito del rosario que conservo siempre y me lo traje para acá aunque si está viejísimo, me decía “es bueno rezar”. Si un día tienes un problema grande, ves a la iglesia y reza. Eso te calma el alma. Así era, dulce. Y así se marchó, calma. Cuando me siento mal o insegura pienso en ella, mi abuelita española y a sus ojos azules cielo que me daban la impresión de ver a través de ellos la eternidad.

III - Papá dios

A mi hermana Carmen le gustaba jugar, hacer la campana, vueltas de carneras, jugar a las bolas. Al león y el mono. A la pañoleta, subirse en el techo entre otras cosas. Y por supuesto “La pelota”

No se paraba, cuando cenábamos se mecía en la silla. Comía, y si había pollo frito o sarcochado, como nos sentábamos siempre juntas, me decía bajito, como un mosquito zumbón en el oído. Si no quieres el pellejito dámelo, yo le decía que si, me lo volvía a repetir intranquila porque los demás también me lo pedían, ella insistía, recordándome que con ella era ventajoso pues me daría las papas hervidas, cosa que los otros no harían. Si, le repetía. Como trataba de meterme una cucharada de chivo en la boca, puntualmente me daba un golpecito con el codo que me hacia o caer la comida, en el mejor de los casos, o un trastazo en los dientes. !BASTA!

Al grito, saltaba mi madre diciéndole, déjala comer en paz. Reprobándole su actitud..

Después de dos minutos, cuando las aguas se calmaban, el cambio lo hacíamos puntualmente, yo tenía todas las papas del mundo, Carmen su pellejito.

Después del nacimiento de mi hermana menor, dormíamos juntas en una columbina. Yo sufría para dormirme, pues sintiendo la música de Nocturno, un programa de radio que no sé si todavía existe, se ponía a bailar acostada. Visto que a las nueve mi madre nos quería en el lecho. Pero en cambio ella sufría cuando yo me dormía pues en invierno tenía los pies helados, y en verano era un fogón.

La intranquilidad de mi hermana, superó la paciencia de mi madre cuando una tarde más o menos a las dos cerca, se puso a tirar una pelota de goma, contra la pared. En casa después del divorcio, las cosas empezaron a faltar o desaparecer, cuadros adornos, manteles, sobrecamas, y tantas cosas que honestamente no sé, donde fueron a parar, creo que las vendía, y desgraciadamente dos de mis muñecas, junto con las de mis hermanas, fueron regaladas, a esas señoras que de vez en cuando aparecían en casa, con alguna dificultad en el matrimonio, un bulto de ropa vieja , a la cual mi madre consultaba casi seguramente de gratis, o por lo menos a un precio que no era consonante al servicio que prestaba.

Me recuerdo que era Octubre creo. El mediodía estaba un poco nublado, pero de seguro no iba a llover. Carmen empezó a tirar la pelota una y otra ves. La única cosa que había en aquella amplia pared del cuarto era un Papa Dios de cerámica. Con su aureola, con una de sus expresiones típicas, como esa que dice :Señor perdónalo, porque no sabe lo que hace”. Se sintió la querella de mi madre “Carmen….no tires la pelota en la pared que me vas a romper el papadios.””No yo no estoy tirando para esa parte y aparte lo hago con cuidado” “Carmen…como tu me rompas el papadios”

Se sintió silencio. Después de diez minutos, ?Qué estaba haciendo Carmen? empezó a tirar despacito, la voz de mi mamá se sintió en tono bajo, diciendo algo que no entendí. Como un testimonio, de esos que juzgan me puse en la butaca a espiar mi hermana sin decir palabras. Mis ojos hacían el recorrido de: Carmen, la pelota, la pared. De la parte derecha. Así constantemente. Carmen, la pelota, la pared. Tiene puntería. Pensé. Yo no lo podría hacer. Carmen, la pelota, la pared, de nuevo, y otra vez. Carmen, la pelota, !el Papadios!… como una estrella de Guerra Estelar, vi. aquella estatuica abrirse en mil pedazos. ?Carmen? no la vi. mas. Desaparecida. Mi madre como un ciclón salió del cuarto de atrás a buscarla, pasó por el baño y salió para el portal, buscándola. !CAARMEN! Se sintió un traqueteo en el techo, mi madre se giro y alzando la cabeza la localizó. !BAJATE! !TE DIJE QUE TE BAJARAS! Con aire serio pero descarado mi hermana miraba pa’ abajo negando con la cabeza. Sin decir ni pío, y pálida como el arroz.

Esta era de verdad la guerra del león contra el mono. Mi madre estuvo por primera vez una hora alante del techo esperando que mi hermana bajara, nunca lo había hecho. Entró gritándole que en tanto tarde o temprano tendrás que bajar, porque tú eres una hambrienta.

Cuando el sol empezó a bajar como a las siete y media Carmen bajó y a mi madre se le había pasado el berro al menos en intensidad, porque la miró con soberbia y le dio un pescozón de mala gana. Con el día se fue una tarde bastante movimentada y la ultima imagen religiosa que quedaba en la casa.

IV - Los dulces y las frutas.

Por un tiempo mi tía vivió en el cuarto de atrás, aunque si mi madre y ella tenían problemas y se trataban a regañadientes los muchachos corrían salían y entraban por todas partes de la casa. Mi tía tenía un altar en el comedor de la casa. Allí la Caridad tenía su demora. Le ponía flores, vasos de agua, de vino, de cerveza, su tabaco, albahaca. El pelo suyo que le crecía muy rápido y ella se lo regalaba a la virgencita adornándola porque así estaba linda. Libros de misa y dulces. Hhhhmmm, panetelas borrachas, coquito acaramelao, dulce de chocolate. Todos los niños de la casa nos poníamos de acuerdo para robarnos los dulces. Y los repartíamos escondidos de mi tía que si nos cogía de seguro la chancleta cantaba y dormíamos caliente.

Un día hicieron una supermisa , en la que asistieron muchas personas y compraron un racimo de plátano de más de un metro, lo colgaron en el techo en un clavo. Alguien lo puso allí, de ese modo.

A la semana el color de los plátanos eran verdes clarito y entre sábado y domingo empezaron a amarillearse. El miércoles ya estaban maduros. Figúrate no había dios que nos calmara. Visto que el olor perfumaba toda la casa. Hasta los vecinos si venían s e iban para el portal porque el olor te habría el estomago y también la boca, uhhmm, que hambre.

El sábado vino otra hermana de mi madre. Bueno aclaro la familia de mi madre, como hermanos eran quince. No es mentira. Trajo a sus tres hijos más pequeños, los parqueó y se desapareció.

Aquellos negritos, la mitad de uno daban guerra por todos nosotros que éramos ocho. Había un saco de pan viejo lleno de hormigas, se lo comieron. Una java de mangos verdes que estábamos esperando que se maduraran se lo comieron también. El eleguà de mi tía tenía cuatro pedazos de coco, se desaparecieron. En el trambusto, tropezaron con…!El racimo de plátano!

“Ni invente ni experimente” “Uno solo, tiita” “Né” “Uno” “Si se cae, entonces” mi tía se giro, mi primo a la velocidad de la luz cogió el palo de limpiar y le dio un solo janazo.

Yo no sé en que momento el puso el palo en su sitio de nuevo. Debe ser porque nos tiramos pa’ los plátanos. Mi tía nos miró con una media sonrisa, y negando con la cabeza se perdió en la oscuridad de su cuarto. Hablando entre ella y ella.” No, no, que va, yo no estoy pa’ eso”.

Al final la otra tía mía, regresó como a las once de la noche, diciendo que la cosa se había complicado y que no había podido desamarrarse con el trabajo ese, que estaba bestial. Dentro de un saco que llevaba, sacó dos pollos y una pierna, creo que de carnero , la dejó para ella y mi mamá. Se veía que estaba muy cansada. Acomodaba las cosas en el saco, haciendo tintinear todos sus collares y pulsos. Yo estaba allí y la miraba, era una mujer lindísima, tenía una medalla en el pecho que reflejaba la imagen de la Sta. Bárbara.

Los plátanos de Changó, una parte terminó adentro del saco, porque mi tía lo separó después que nosotros habíamos comido todos los que estaban maduritos una mano todavía estaba pintona y lo guardó para su hermana. Con mi tía la que tenía el altar , se fueron todas las golosinas cuando se casó con su tercer marido. Cuando nos quedamos solos con mi mamá.

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