El Sepulturero Cubano

Sección literaria del cubano José Luis Amieiro.

Tres en una

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Anécdota de una guardia médica en Cuba

De lo que voy a contar puede dar fe cualquier médico cubano, no hay en ello un ápice de exageración.

Las guardias médicas en Cuba no se pagan. No se percibe ni un centavo por esta actividad profesional.

En un mes puedes hacer cinco o seis guardias, depende. Una semanal, más una que corresponde a un sábado o un domingo.

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Cuba es un convoyado

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En Cuba hubo una época en que se pusieron de moda los convoyados. O sea, si comprabas esto, tenías que obligatoriamente comprar otra cosa que no tenía relación con aquello que tú en principio necesitabas.

Voy a intentar realizar un recuento de las cosas que mis padres tenían que comprar convoyadas. Quedarán muchas fuera, pues la memoria traiciona y omite detalles importantes.

Por ejemplo, tenía yo siete años y fui con mi madre a “La Polilla”, la librería que está en la calzada de Diez de Octubre a menos de una cuadra de distancia del paradero de la Víbora. Ella quería regalarme un libro por mi cumpleaños: “Las aventuras de Pinocho”. Entramos y nos atendió una mulata, alta, con muy buen porte, de unos cuarenta años. Muy gentil. Amable y cortés.

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El Arca de Osvaldo

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Suelo navegar por Internet buscando noticias curiosas. Cosas fuera de lo común. Hay días en que encuentro cosas suculentas.

Un relato, una crónica o un cuento pueden surgir, y de hecho surgen, muchas veces, leyendo un periódico, mirando la tele, navegando por Internet o simplemente hojeando un libro. No es ningún secreto. Más de una buena obra literaria ha sido creada a partir de uno de estos elementos.

Bueno, la cuestión es que hoy he encontrado algo que para mi o para cualquier cubano, resulta un hecho curiosísimo y que hace volar mi imaginación. Me explico:

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Una cubana le escribe a su tía que vive en Miami

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Querida tía:

Aprovecho la ocasión de que mañana salen unos amigos para allá y te harán llegar esta carta. Es más rápida que por correo convencional. Gracias por los dólares que mandaste la última vez. Compramos lo más necesario: jabón, pasta dental, detergente, desodorante, y dos o tres cosas más. Te las enumero porque no quiero que vayas a pensar que el dinero se despilfarra. Se coge para lo que más hace falta. Papi quiere que te haga saber que no se le harán a abuela las prótesis dentales, porque para lo que está comiendo no los necesita. Y no es que le falte el apetito, no, eso no, es que hay tan poco para llevarse a la boca que sería un gasto innecesario. Papá siempre ha sido muy práctico, y lleva razón.

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La Escuela al campo

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Mi primera escuela al campo fue en el año 1978. Yo estaba en séptimo grado ( primero de secundaria), y el campamento quedaba frente a una granja avícola. Y se llamaba — el campamento — , “Forjadores del Futuro”.En San Antonio de los Baños.

Nos llevaron desde La Habana hasta allí en guaguas, Girón V, con unos asientos durísimos. Ortopédicos. Eran de una mezcla de plástico y bagazo de caña. Te ponían la espalda y el culo tan duros como ellos.

Recuerdo que cuando nos apeamos de las guaguas en medio de una plazoleta, nos dieron la bienvenida dos o tres campesinos de la zona acompañados por los “Guías de campo”. Todo el camino de la entrada al campamento estaba custodiado por altas y espigadas palmas reales. En el tronco cada una tenía clavada una flor de hierro, el emblema del XI festival de la juventud y los estudiantes, que se celebraría en La Habana unos meses después.

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El viejo, la mujer y el paraguayo

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Llegó de improviso, como una exhalación, me abracó con sus huesudos brazos, se retiró un poco: “Estás igualito, cabrón”

Y él era el mismo, sí, sin duda, era Hipólito, el epidemiólogo del policlínico donde laboré por más de diez años, en la Víbora. Aunque con unos añitos más. No lo veía desde mi partida de Cuba, hace siete años.

Por qué se había venido a España con su edad, y sus problemas, barruntaba yo, mientras él no dejaba de darme palmaditas en la espalda. Pero no hizo falta que lo sometiera a un exhaustivo interrogatorio. Él mismo fue desgranando su historia. Descargó la pesada carga de un tirón, en el bar que está en la esquina de mi casa, frente a mi y a un par de jarras de cervezas de medio litro.

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Se me hace la boca agua

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— ¿Para cuándo llega la familia de tu mujer, gallego? — le pregunté a mi amigo, un recio, culto y reservado español, que estimo en grado sumo. Profesor universitario ya jubilado, de literatura española.

Me miró, sin dejar de prestar atención a la carretera que serpenteaba ante sus ojos:

— Chico, si todo sale según lo planificado, mañana estarán aquí— y siguió abundando en la información, no le había pedido más explicaciones, cosa rara en él, que se mostrara tan locuaz. Estaría contento con la venida de la familia cubana, pensé— Viene la madre, el padre y un hermano que tiene como cuarenta años. Todavía me pregunto como los han dejado venir a todos juntos, pero la verdad sea dicha, mis contactos en el consulado dieron sus frutos …

Lo miré de reojo. Continuaba él observando el caminando, oteando las señales que salían a su encuentro en las curvas, en los arcenes. El velocímetro marcaba los 120 kilómetros por hora, el amplio y potente Mercedes se deslizaba por la autovía que conduce a un pueblucho de esos que se pierden en lo más profundo de la geografía española y que en los mapas de carretera ni siquiera se destacan por un nombre, sino sólo por un punto, un accidente geográfico sin importancia.

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Monos y leones

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El próximo mes de octubre el Parque Zoológico Nacional de Ciudad de La Habana, cumplirá 68 años de inaugurado. ¡Cómo pasa el tiempo!

El Zoológico al igual que la Revolución Cubana ha tenido sus más y sus menos, sus altibajos. Más bajos que altos.

A la entrada del mismo, bajando por la avenida 26 en dirección a Nuevo Vedado, a la derecha, existen tres cervatillos a los cuales sirve de pedestal una abrupta roca. Es una obra de la escultora cubana Rita Longa.

Los domingos mis padres me llevaban allí o a la playa. Yo prefería ir a ese lugar. Tengo muchas fotos de ese parque. Y es como si hubiese crecido allí. Me gustan los animales. Todos. Sin distinciones. Nunca he podido machucar una cucaracha con contra el suelo. Me da pena.

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El papagayo verde

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No es lo mismo ser perro, jicotea, loro o serpiente en España , que en Cuba. Y digo España, por referirme a un país en especial, pero podría decir Japón, Estados Unidos o Suecia.

El primer mundo cambia mucho la vida a las personas, y a las mascotas de las mismas. Aquí, en estos países desarrollados, da más negocio ser veterinario que médico. Ahora, eso sí, tienes que ser un veterinario bueno, polifacético.

En Cuba ser veterinario es relativamente fácil. Piensen: un veterinario en nuestro país tiene su campo de acción muy reducido. Vacas, si quedan, deben ser poquísimas, unas cuantas, flacas. Y las que están gordas las tienen los jerifaltes en sus terrenos. Pero ellos tienen, segurísimo, sus veterinarios particulares para ellas.

Lo único en lo que más o menos puede trabajar un veterinario en Cuba es en el tema de los cerdos y los caballos. El que tiene un perro en su casa es muy extraño que se gaste sus pesos en llevarlo al veterinario, aunque existen sus excepciones que son las que confirman la regla. Tipos macetas que llevan a su perrito al médico para que lo examinen, pero son muy pocos. Los perros en Cuba son bastante resistentes, como las personas, y cuando se enferman tú los ves por el jardín o un hierbazal comiendo hierbas para curarse de la indigestión que cogió con el jurel- con la cabeza del jurel-, que es lo que el dueño puede ofertarle.

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Los cubanos quieren marcas

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Los cubanos quieren marcas. No creo que el fenómeno esté generalizado entre nosotros, ni mucho menos, pero a veces mis familiares saben más de marcas viviendo en Cuba, que yo que llevo una tonga de años por estos países.

Si les envías algo: calzado, ropa de vestir, interior, etc. Te enteras luego por el que te hizo el favor de llevárselas y entregarles el paquete, que los más jóvenes pusieron mala cara porque los tenis no eran de tal o más cual marca. O que el pantalón estaba “fulastre” porque el color no le cuadraba a Alberto, mi cuñado, que era quien iba a ponérselo, entonces lo vendió.

La revolución ha exacerbado la sed por las marcas. El no tenerlas les provoca ansiedad o los separa del resto que si pueden lucirlas. Antes no era sí. Y hablo de los tiempos de la revolución, no de antes de 1959. Me refiero a la época mía de adolescencia y juventud ( los setenta, los ochenta) .

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El cuerpo o la cabeza

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En Cuba te la pasas todo el tiempo en una maldita encrucijada, escogiendo. Toda tu vida transcurre frente a una disyuntiva: “Ser o no ser”; aunque en esa pequeña isla del Caribe las cuestiones del diario no requieren de tantas reflexiones elevadas o filosóficas. Más que ser o no ser, es un “lo tomas o lo dejas“ Todo se encuentra más cerca del plano terrenal.

Hay anécdotas que afloran en mi mente y suenan, con el paso de los años, a puro, duro e increíble surrealismo.

Allá por los años setenta, finales quizás, vivíamos — mis hermanos, mis padres y yo — en el barrio del Calvario. Un reparto de casitas bajas, apiñadas en callecitas y callejones sin asfaltar, al final de una loma que surgía un poco después de pasar el reparto Mantilla.

Eran años duros, de mucha escasez. Mi padre había ideado un complicado sistema para almacenar agua en casa: para descargar el baño, para asearnos, para preparar los alimentos, etc. Pero el agua, ese preciado líquido, no podía desperdiciarse. Mi padre llevaba un control estricto sobre su consumo.

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