El Sepulturero Cubano

Iris

Iris es una joven pequeña y demacrada, estomatóloga en el policlínico de Lawton, a donde tenía que acudir cada jueves, a entregar planillas, papeles e informes de mis pacientes. Desde hacía cosa de tres años trabajaba allí y me resolvía un montón de problemas, siempre dispuesta para lo que me hiciera falta: un empaste, un turno para una limpieza bucal- para mi o para un familiar o amigo-; nunca recibí una negativa de su parte.

Mide un metro sesenta y rara vez pasa de los cuarenta y cinco kilos. Tiene la voz atiplada y acento oriental. Vive con su madre, su marido y tres hermanos, en un solar perdido entre otros, allá por la calle Delicias, entre Acierto y Villanueva, en el reparto Luyanó.

Iris es agnóstica, aunque nunca me lo expresó así, tan explícitamente, sólo decía: “Yo, yo no creo en ná, chico. Estoy demasiado escarmentá. Después de esto no hay ná.”

Iris con veintiocho años decidió tener un hijo. Un día me dijo que iba a dejar de tomar la “pastilla” y que quería que le siguiera el embarazo, por mi consultorio. Le respondí que no había problema, que a la segunda falta de menstruación pasara por mi consulta o que me diera sus datos de identidad para ir abriéndole una historia clínica. Esencial no sólo por la atención médica en sí, ya que cualquier médico del policlínico la iba a consultar, sino porque las dietas a las gestantes estaban muy controladas por el Municipio. Y era conveniente tener uno de aquellos trozos de papel de color cartucho, en el cual anotaban sus datos, el tiempo de gestación y demás, para tener derecho a algo de leche y pescado, que de otra forma era difícil conseguir.

Encorvada, se desplaza con vivacidad, farfullando, la cabeza hacia delante y ladeada. Habitualmente acude al trabajo con una carterita imitación de cuero, de ésas que venden en la catedral a los turistas. Creo que se la regaló un extranjero al cual empastó una muela, en una ocasión. Siempre apresurada, parece en guardia contra un enemigo invisible. Es inquieta e independiente y también muy nerviosa. Las uñas de la manos, melladas, se hunden en la yema de los dedos, dejando ver sólo un rectángulo blanquecino, sin media luna, quebradizo, llenos de estrías. Son los extremos de sus zarpas- así las llama- con las cuales se las tiene que arreglar para restaurar bocas estropeadas por la inanición.

Pero ella tiene la resistencia de las poseídas. Nunca se queja de nada. Si le preguntas cómo van las cosas, sin mirarte te responde: “Ahí, tirando”

No es en modo alguno una mujer atractiva, tiene la piel del cuerpo áspera y el rostro con baches y puntos negros, que no se molesta en ocultar con maquillaje. Pero tiene un no sé qué de atractivo. No es su voz, ni su cuerpo, ni sus manos. Es una energía que desprende y contagia.

Cuando habla, con esa voz suya, opaca, deslucida, no te atrapa. Quizás la ignores y pases de ella. Pero si te atrapará su historia, la mejor de ellas. Cuando estuvo muerta.

Sí, todo ocurrió de la siguiente manera:

El embarazo había transcurrido si complicaciones. Primeriza, pero sin problemas. Nada de anemia, ni infección de orina. El día fijado sintió dolores en la espalda que se irradiaban hacia delante, hacia el bajo vientre. El marido pasó a buscarme en bicicleta por mi casa, temprano. Sobre las siete de la mañana, un domingo.

- ¿Qué pasó?

- Iris está de parto. La llevamos para el Nacional, por la madrugada. Quiero que estés por allí, cerca del salón de partos. El ojo del amo engorda al caballo, además ella me pidió que te lo dijera.

- No hay problemas, pasa y siéntate que enseguida nos vamos para allá.

Me puse lo primero que encontré, luego me tiré por encima una bata de médico, ajada. De la semana anterior. Con manchas de café, pero pensé que aquello carecía de importancia en esos momentos. Cogí de encima del escaparate un maletín donde guardaba el estetoscopio, un bolígrafo y una libreta de apuntes. Revisé las gomas de la bicicleta para comprobar que estuvieran bien de aire.

- ¡Vamos!

Cuando llegamos al hospital, la tenían en preparto. Una sala donde se ubica a las pacientes que están en período de dilatación, pero que aún les falta un poco. Me senté a su lado, en una silla de hierro. Me dio la mano y me agradeció con una sonrisa.

- ¿Qué pasó? ¿Acobardá?

- Estoy cagá. ¡Por mi madre! Parece que la cintura se me va a abrir.¡Es insoportable! Primera y última vez que paro. ¡Te lo juro!

- Todas dicen lo mismo, luego se olvidan y tienen tres o cuatro más. Las mujeres aguantan más dolor que los hombres. Ustedes está preparadas por la naturaleza para eso.

- Déjate de filosofía barata, ¿ dónde dejaste a Oscar?

- Se quedó afuera, en los bancos junto a la entrada. Está más cagado que tú. Llegó a la casa blanco como un papel y con los ojos botados pa fuera, parecía que el que iba a parir era él y no tú.

- Jajaja, si te oye le da un soponcio ... Con lo acomplejado que es, mejor que no te oiga, Jajaja...

Me apretó un poquito más fuerte la mano y le palpé el vientre por encima de la bata de hospital, una tela acartonada y descolorida. De tacto desagradable.

Con cada apretón de su mano la barriga se le ponía tensa, como un globo que fuera a explotar. No se quejaba.

- En poco tiempo vas a salir de esto, las contracciones son bastante frecuente, ¿ cuándo comenzaste a sentir los dolores?

- Por la madrugada...

Hizo una mueca y viró la cara.

Por el pasillo se acercaba Octavio, un ginecólogo de experiencia. Venía acompañado por un séquito de estudiantes, a pesar de ser domingo.

Me levanté y salí a un patiecito del hospital, donde se amontonaban bidones de gas, mangueras y cajas con frascos de sueros. Esperé un tiempo prudencial, para no interrumpir el pase de visitas. A la media hora, cuando entré nuevamente a la salita, Iris no estaba en su cama. Me acerqué a una enfermera.

- ¿Y la paciente de la cinco?

- ¿La chiquitica?

- Si, esa misma.

- Se la llevó el doctor Octavio. A parir. Está lista.

- Ah...

Me escabullí hacia el exterior del hospital y me reuní con Oscar. Allí estaba, en el banco, donde le había dejado, con la mirada perdida en una vieja pared que tenía enfrente, reconcentrado.

- ¿¡Qué pasó, compadre!?

- Nada, todo está bien. Ya la llevaron para el paritorio. Yo voy hasta la casa y por la tarde regreso. Tú, si quieres, puedes hacer lo mismo, aquí no haces nada, todo está en manos de los médicos que le están haciendo el parto y el que se lo va a hacer es el mejor, lo sé porque fue profesor mío.

-No, yo me quedo. Por si acaso.

- Como tú quieras. Luego nos vemos.

Iris dio a luz un macro feto. Un niño demasiado grande e hizo una hemorragia post parto, intensa. El útero no se contrajo, luego de parir, con la celeridad y eficacia requeridas. Por algún motivo desconocido, quizás hemostático, falló el cierre de vasos expuestos en el acto del parto y perdió casi tres litros de sangre. El monitor comenzó a pitar, sólo como saben hacerlo esas horrendas máquinas cuando te estás muriendo y no hay latidos y el aparato vocifera que no tienes pulso, que no hay signos vitales.

Lo que me cuenta ella:

“Sentí que la vida se me iba, ésa es la palabra precisa... Yo estaba con dolores, y eran muy fuertes. Sentía que la cintura se me abría..Luego, por cortos espacios de tiempo, el dolor cesaba... Después volvía... Pero una vez no sentí dolor sino una extraña sensación de vacío, un vacío que me rodeaba, que me sumergía. Las voces, que antes oía perfectamente, se hicieron lejanas y se mezclaron con un zumbido en mis oídos. Como un viento gélido, pues además del zumbido, estaba el frío, no era normal.. Era como hielo, como si alguien hubiese empujado mi camilla hacia el interior de un témpano y me dejase allí, esa atmósfera se hizo líquida y el frío goteaba sobre mí...las gotas gruesas me golpeaban y sentía pinchazos por todo el cuerpo... Pasadas todas estas sensaciones las voces se apagaron y se hizo un silencio denso..."

“No había luz, ni oscuridad, ni túneles como dice la gente. Nada de eso. Era la nada, como cuando te colocan en medio de un escenario vacío, sin escenografía. Humo sí, mucho humo. Pero sin olores. De aquel humo emergió, encima de mi, una señora con una niña a la cual daba la mano, como si flotasen en el vacío, en la nada aquella. La mujer, de mediana edad y pelo blanco vestía una bata azul con orlas blancas, la niña sonreía, prietecita, con trenzas en el pelo, desnuda.”

“No dijeron nada, ninguna de las dos. Sólo me observaban, en silencio, en medio del humo gris, casi sólido. Yo me sentía bien. No sufría dolores, ni sentía otra cosa. No me desagradaba estar allí”

“Tres minutos muerta. Mejor, más exactos, dos minutos y treinta segundos. Ese fue el tiempo que estuve muerta. Actuaron rápido. Oscar no lo sabe, sólo tú. Para qué preocuparlo en balde, ¿ no crees?. Me reanimaron y me pusieron sangre, mucha sangre, creo que cuatro litros. Luego, el resto, ya lo sabes; una semana ingresada y a la casa.”

Cuando regresó a su casa, luego de pasar unos días en el hopital, en una sala de cuidados intermedios, le contó a su madre lo sucedido. Yo no estaba presente, pero dicen que la mujer cayó al suelo, bruscamente. Pero no murió. Sufrió un síncope. Eso dijeron en el policlínico adonde llegué cuando ya todo había pasado.

La mujer que vio Iris en medio del humo era su abuela a quien no conoció, pues cuando nació llevaba muerta unos cinco o seis años. El vestido con que iba vestida fue con el que la sepultaron. Ella no lo sabía. ¿La niña? Un embarazo que ocultó la madre a su padre, un desliz. Máximo secreto. De eso sí nadie tenía conocimiento en la familia, pues fue de cuando vivían en Guantánamo y aún Iris no había nacido. La niña murió de unas fiebres- quizá meningitis- a los tres años de edad, en el año 1959. Iris nació en el año 1971. Y esto que les cuento, ocurrió en el año 1999, unos meses antes de venirme a España. Todo el tiempo que estuve escribiéndo, sentí frío. Ahora que terminé, sólo un gran vacío. Espero que no les ponga tristes, como a mi.

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