El Sepulturero Cubano

El doctor Campos se fue

Un auto negro, feo y quejumbroso se llevó a Campos, al doctor Campos, hace muy poco, hasta su última morada. El miércoles 13 de septiembre de este año. Creo que murió el martes 12 por la tarde. Me enteré a través de una escueta nota publicada en la prensa independiente, desconozco si la prensa oficial en Cuba le prestó alguna importancia al asunto. De cierto modo era un don nadie que se murió de dengue.

Sí, de dengue. No murió del infarto que sufrió a finales de 1999, en el mes de diciembre. Sin embargo el dengue lo mató, las plaquetas descendieron a un punto crítico y una hemorragia lo arrastró como una turbulencia hacia el otro lado.

Conocí a Campos, personalmente.

Era el cubano típico, jovial, abierto, dispuesto a echarte una mano en lo que te hiciera falta. Su muerte me permite agradecerle— estando él vivo hubiese sido pecado mortal que un gusano agradeciese algo a alguien de allá, ¿ no creen?— todo lo que hizo por mi y por mi familia mientras fue el director del policlínico Luís Puente Uceda, en la Víbora. En esa calle empinada por donde sube la ruta treinta y siete después de hacer parada frente al cine Alameda, para rendir viaje un poco después, al final de la loma.

Campos era un negro que pasaba por mulato, de estatura mediana, gritón, mujeriego y amigo de sus amigos. Que vestía deportivamente ( tenis, pulóver y vaqueros) y usaba una gruesa de cadena de oro al cuello con no sé qué virgen pendiendo de una medallota. Tenía tipo de todo, menos de médico. Sin ser esto un desmerito.

Cuando mi madre sufrió un infarto del miocardio en el año 1998 ( diciembre), me prestó todos los medios a su alcance para que no le faltase nada, en una época donde cualquier recurso era casi imposible de resolver: oxígeno, medicamentos, transporte … Él estuvo a los pies de su cama y su apoyo fue total e incondicional. Yo era un simple médico de familia y él mi director.

No le conocí un solo enemigo, aunque no era del tipo de personas que se andan con tibiezas cuando había que llamarle la atención a un subordinado. Le cantaba las cuarenta a cualquiera, sin dejar nada en el tintero. A las claras, delante de la persona, de frente, personalmente, como hacen los hombres. Creo que eso le granjeó un respeto incondicional por parte de todo el colectivo de los consultorios que estaban comprendidos en su territorio — que era inmenso, pues abarcaba hasta el reparto de lawton— ,y del propio policlínico

Era militante del Partido, pero nunca observé en su conducta nada injusto, ni genuflexiones aun necesarias en un ambiente en que era muy difícil mantenerse al margen de ellas.

Cuando le presenté mi salida del país no me envió a una fábrica como se hacía con otros médicos, a espera mi salida:

— Tú te quedas donde estás …— me dijo. Y exhaló con voluptuosidad el humo de un tabaco que sostenía su diestra.

En el 99 tenía unos cincuenta y cuatro años ( cuando sufrió el infarto), al morir tendría unos sesenta y uno. No creo que tampoco aparentara más edad, se conservaba bien. No lo imagino muerto. Su vitalidad era proverbial.

Aún puedo verlo por aquellos pasillos del policlínico, impartiendo órdenes, verificando que todo estuviera en orden, como le gustaba: la limpieza, las consultas de los especialistas, los quirófanos, etc.

Aquellos pasillos atestados de personas, siempre atestados, pues era un centro donde se hacían los chequeos médicos ( análisis, radiografías, etc.), a los que se marchaban del país mediante el bombo o sorteo de la Oficina de Intereses de Estados unidos en Cuba.

Tenía una secretaria que era un viejita blanca, escuálida y vivaracha. Muy locuaz y diligente. Era quien le llevaba todos los documentos al día. Él siempre andaba de una reunión en otra. Era, además, muy amigo, íntimo amigo, del director del policlínico Luís Pasteur, que estaba situado unas cuadras más abajo. Tres o cuatro, no más. Y se escapaba de vez en cuando hacia allí para charlar un poco. Sólo un poco.

Mi madre le tomó un gran afecto. Ella murió el 2 de enero del año 2000, por complicaciones de su enfermedad: Diabetes . Y hablábamos mucho acerca de él en casa. Ella me decía, y tenía ojo para valorar a las personas: “Ese negro es un pan … Vale mucho, mijo. Cuida esa amistad.”

A mi madre la enterramos un 3 de enero del año 2000 bajo una fina llovizna de invierno y en Cuba existe una creencia popular que dice que cuando alguien es sepultado bajo la lluvia es porque fue una buena persona. Espero que también haya llovido ese miércoles 13 de septiembre, el día que un feo auto negro y catarroso llevó hasta su última morada a mi amigo y colega, el doctor Campos. Era buena persona y merecía esa llovía casi otoñal. Aunque nunca mereció morir y menos de dengue.

Miércoles, 18 de Octubre del 2006

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