El Sepulturero Cubano

Tres en una

Anécdota de una guardia médica en Cuba

De lo que voy a contar puede dar fe cualquier médico cubano, no hay en ello un ápice de exageración.

Las guardias médicas en Cuba no se pagan. No se percibe ni un centavo por esta actividad profesional.

En un mes puedes hacer cinco o seis guardias, depende. Una semanal, más una que corresponde a un sábado o un domingo.

Además, no está contemplado el descanso después de la guardia. Debes continuar trabajando al día siguiente hasta completar ocho horas laborales. Ni una más, ni una menos. Hay hospitales y policlínicos que por un ajuste interno de la dirección del centro le permiten al facultativo marcharse una o dos horas antes de la hora oficial de salida, pero escasean estos sitios. Lo habitual es que tengas que cumplir la jornada completa.

Algunos médicos, entre ellos me contaba yo, que utilizábamos el ardid de marcharnos y dejar la tarjeta a un compañero de confianza para que fuera él quien nos hiciera el favor de marcarnos la salida. Era un riesgo que corría el colega y el beneficiado, pero lo hacíamos.

Otro inconveniente con el que tropezamos los profesionales de la salud era la escasez de material, una pobre infraestructura hacía mella en el buen servicio, que se supone debíamos prestar a la población.

Al comenzar la guardia nos asignaban una cantidad de radiografías. Casi siempre eran cinco o seis, no más, también estaban contadas las ampollas de cada medicación: salbutamol, aminofilina, dos rollos de esparadrapos, cinco o seis sobrecitos con las suturas, tres bisturís, un frasco con peróxido de hidrógeno( agua oxigenada) y medio litro de rojo aseptil, etc. Ah, también un litro de alcohol de noventa grados teñido con timerosal para que no se lo tomaran.

Pasaban revista al inicio y el comienzo de cada guardia. Si faltaba algo que no estuviera bien justificado su uso podías buscarte un problema. La “ Santa Inquisición” estaba a la espera del mínimo fallo para caerte encima y destriparte. Pobre de ti si eras considerado un elemento virtualmente peligroso para la nación: indiferente, apático, que hubieras solicitado la salida del país o que alguien, un chivato, hubiese oído, por pura casualidad, que te gustaban las películas norteamericanas o que tenías un familiar en el extranjero que trabajaba en unas canteras de piedra y que le iba mejor que a ti, siendo médico en la Cuba socialista, tierra de Fidel. Nunca mejor dicho.

Bueno, luego de este preámbulo, paso a contarles una divertida anécdota. Que no por ser divertida se aleja de la verdad.

Era domingo y tenía guardia de 24 horas en el policlínico.

El edificio no era tan viejo, pero a trechos se caía a pedazos: persianas desprendidas, paredes desconchadas, bombillas fundidas y camillas chirriantes.

La consulta era asfixiante. Un angosto cuarto de cuatro por cinco metros, ventilada por un vetusto ventilador “Órbita”, atornillado a la pared, que sólo funcionaba en la primera velocidad, emitiendo una tenue brisa que no refrescaba mi cara, ya de por sí contraída, sudorosa y grasosa por el esfuerzo realizado minutos antes de arribar al centro, pues había trepado, andando, con la bici de la mano, la empinada loma de Jesús del Monte. Pendiente legendaria en la barriada que lleva su nombre.

En una guardia podía atender un cúmulo de 200 pacientes, en 24 horas. Virtualmente sin comer apenas nada.

A veces me traía algo de casa, un pan con algo y un pomo plástico con refresco instantáneo de sabor y color indefinido, tirando a amarillo, pero que mitigaba, subjetivamente, la sed. O eso me parecía. Era mejor que tomarse el agua de la pila con sabor a cloro.

Aquel domingo comencé a despalillar rápido: catarros, tumores, sífilis, gripes, granos infectados, locuras, paranoias y depresiones. No había mucho que prescribir, salvo cocimientos e infusiones; para guiarme tenía a mi alcance el vademécum de medicina verde. Éramos y somos la vanguardia de la medicina naturista. Seguramente la escasez de fauna y la abundancia de flora tendrá algo que ver en ello. Y el seso de nuestros dirigentes.

Aquel día me habían asignado sólo dos placas para toda la guardia. Estado de excepción, pues el resto habían ido a parar a la Dependiente ( Hospital Clínico Quirúrgico de Diez de Octubre). Habitualmente me dejaban cinco o seis. Desabastecimiento en el municipio. Esa fue la excusa que me dio quien me hizo entrega de la guardia, el médico que había estado en el policlínico de sábado para domingo. Sólo dos radiografías ¡Sólo dos! Y la cifra resonaba en mi mente. Tenía que hilar fino si quería salir airoso de la contienda.

La mañana transcurrió sin sobresaltos. Al llegar las doce del día se habían atendido 80 pacientes.

A la una y algo llegó un accidente de bicicleta. Un carro de alquiler traía a una despampanante rubia con una fractura, en apariencias, del hueso escafoides de la mano derecha. Típica: dolor en la tabaquera anatómica y caída de bruces con la palma de la mano extendida.

Ya gastaría una radiografía, pensé. ¿Una? No, no podía incurrir en ese lujo. Y comencé a elucubrar. Era un estado de excepción, tenía que jugármelo todo a una sola carta. Paciencia, mucha paciencia. No podía gastar placas, pero tampoco desacreditarme con diagnósticos erróneos o dejar marchar a un paciente sin enyesarle la mano, o viceversa, enyesársela sin justificada causa.

Entonces decidí lo que nunca debí haber decidido. Le puse un analgésico a la mujer y la acosté en la única camilla que teníamos, con la excusa de esperar a que aliviara su dolor para practicar los exámenes radiográficos pertinentes. El esposo que le acompañaba agradeció el gesto.

En realidad quería combinar una placa para tres pacientes (mi especialidad, una creación mía en período especial), esperaría a que llegara otro accidentado, o dos más, dependía de las lesiones que tuvieran, lo cual era común que ocurriera un domingo de verano en aquella parte de la ciudad. En una guardia solían verse hasta cinco o más lesionados, de carácter serio.

En efecto, a la media hora trajeron un negro enorme con un machetazo en el hombro izquierdo. Le canalizamos una vía, le curamos, suturamos, vacunamos y estabilizamos clínicamente. Sólo faltaba realizarle una radiografía para verificar si estaba lesionada la clavícula y asegurarnos de que el paquete vasculo-nervioso de la zona no había sufrido daño, o no existía un neumotórax ( entrada de aire a la pleura por rotura de la misma), aunque a la auscultación del pulmón éste funcionaba bien. Buena entrada y salida de aire. Pero tenía que asegurarme. En medicina vale más pecar por exceso y no por defecto. Esa máxima nunca me ha fallado, hasta el momento.

Yo contento, me frotaba las manos. La cosa marchaba bien, con otro lesionado más podíamos meter lo que yo solía llamar “un tres en una”. Así ahorraba material radiográfico para una urgencia en la madrugada, donde la cosa, a veces, se ponía fea. Se complicaba.

A las cuatro de la tarde llegó el que faltaba. Un viejo con un balazo en la nalga izquierda. Una bronca en Santa Catalina y Milagros. Había perdido poca sangre, pero tenía orificio de entrada, no de salida, ¿ dónde estaba alojado el proyectil? Pronto lo sabría. Para eso estaba la placa.

Llevé a los tres accidentados a la sala de Rx. Un eufemismo. Aquello era una fosa oscura en el sótano del edificio. La rubia bajó las escaleras caminando, el viejo cojeando y al negro lo bajamos entre tres, la enfermera, el CVP y yo, sujetándolo, iba mareado.

Al negro lo acostamos sobre la dura y fría cama de Rx — boca arriba — , la mano de la rubia, abierta, la coloqué bajo la axila derecha del negro, ya que este brazo el hombre lo podía levantar y me dejaba un espacio aprovechable, y al viejo lo acosté de lado, junto al negro, dándole la espalda a éste y con los pies en sentido contrario a los del otro y encogido sobre sí, en posición fetal, o sea, que la nalga accidentada quedaría muy cercana a la cara del hombre de color, no bajo su sobaco, este brazo no podía levantarlo por estar lesionado. En una sola toma, tendría las tres lesiones: la de la rubia, la del hombre negro y la del viejo.

Mientras la enfermera calibraba el equipo yo me afanaba en mantener al viejo sobre la camilla, se resbalaría e iría al suelo sino me andaba con cuidado, la rubia despampanante era una pesada, todo el tiempo quejándose de la peste a grajo del sobaco adyacente a su delicada manita blanca.

Para hacer honor a la verdad lo que emanaba de la axila del hermano era retama de guayacol, pero él era el más tranquilo. Estaba sedado y el machetazo que tenía no era jamón. Le habíamos dado 25 puntos.

Cuando ya teníamos todo listo: BUM, se abrió de sopetón la puerta de aquella caverna. Era el director del policlínico en uno de sus recorridos sorpresas que de vez en cuando hacía para ver cómo iban las cosas. La escena era digna de una película de los hermanos Max.

Menos mal que todos estábamos vestidos y el esposo de la rubia era testigo de nuestra buena voluntad. Él junto a ella le transmitía serenidad: “Mi vida, estate tranquilita, aguanta un poquito, el médico está haciendo todo esto porque no le queda otro remedio … Estate tranquilita, anda … Queda poquitico para terminar …”

Desde aquél aciago día conseguí que me dejaran sólo dos placas radiográficas.

El director del policlínico elogió mi buen hacer, mi denuedo, poniéndome de ejemplo ante una masa incrédula de compañeros de trabajo. Nadie daba crédito a mis recursos, a mi imaginación para salir del bache.

Me gané unos cuantos enemigos, ¿por qué? Yo sólo quería hacer el bien, ¿no creen?

* Para los curiosos: la rubia no tenía el escafoides fracturado, pero para asegurarme le mandé a repetir la placa en quince días, no sin antes inmovilizarle la mano. El viejo fue remitido a la Dependiente con el diagnóstico exacto de dónde se hallaba alojada la bala y el negro tenía fracturada la clavícula, por lo cual también le remití para que lo viesen los ortopédicos. Los dos fueron con otros cinco en una ambulancia que para ahorrar combustible trasladaba a los enfermos en grupo. El chofer del carromato sanitario tenía tanta imaginación como la mía para convoyar su carga.

Lunes, 27 de Noviembre del 2006

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