El Sepulturero Cubano

Cómo se sostienen los dictadores

Un dictador no puede ejercer su poder sino cuenta con el apoyo de fieles colaboradores y, a menudo, de buena parte de la sociedad. El leit motiv para que ciudadanos aparentemente corrientes, y bondadosos, se presten a colaborar con la maldad pueden ser tan dispares como el miedo, el oportunismo o la sumisión al poder.

Y la reflexión anterior surge leyendo las declaraciones de Benedicto XVI, quien afirmó en su reciente visita al campo de exterminio de Auschwitz que el pueblo alemán había sido usado como instrumento del nazismo.

Pero, ¿es cierto esto? Hay quien piensa que ninguna dictadura se impone y perdura sin la ayuda de una parte considerable de la sociedad. Según Daniel Jonah Goldhagen, autor de “Los verdugos de Hitler” hubo 100 000 alemanes que contribuyeron directamente al exterminio de los judíos, aunque este autor aventura que la cantidad podría ser mucho mayor: medio millón de culpables del Holocausto.

El autor en cuestión es profesor de la universidad de Harvard ( Boston) y afirma en su libro que eran alemanes comunes, ciudadanos de a pie los que ejercían su función, sin presiones directas del gobierno nazi, ni por un sentido innato de la obediencia. Sencillamente estaban envueltos en un proyecto nacional, afirma el profesor.

No hay ningún elemento que haga a un alemán peor o mejor que un chileno, un español, un francés o un cubano.

En Cuba todos colaboramos con el mantenimiento de la dictadura, todos, y si no desertamos antes fue porque no pudimos o el zapato no nos apretaba el pie lo suficiente, o sea, que mientras la situación económica nos permitió ir tirando o no se nos presentó la ocasión, pocos nos aventuramos al exilio.

Es a partir de la llegada de la Comunidad a nuestro país, cuando la “asepsia” política del régimen se resquebraja y las personas comienzan a preguntarse qué hacen metidos allí, en aquel laboratorio de experimentación.

Yo comparo a Cuba con una gran empresa en la cual tú, ciudadano, eres un empleado, despersonalizado, cosificado y vapuleado por el empresario ( el presidente del país) . Tienes dos opciones: te las arreglas para largarte del país ( a otra empresa), cuestión sumamente difícil, o te adaptas a lo que dicte el amo. También puedes simular adaptarte que para el caso es lo mismo. Eso nos convierte en colaboracionistas directos e indirectos. A todos los que vivimos dentro de la Isla, con unas cuantas excepciones.

La emigración cubana por su naturaleza es económica, quien la convierte en política es el régimen cubano. El hecho de solicitar salida del país te estigmatiza ante todos: en tu cuadra, en el centro de trabajo y entre los amigos. No valen las explicaciones, si las hubiere, de que si me voy porque quiero mejorar mi estatus, que me caso con una extranjera/o, que mi prima me reclamó, que necesito nuevos horizontes, etc.

Allí no entienden de eso, esas explicaciones te las puedes ahorrar desde que presentes tu “salida del país”. Si usted se marcha, los que están montados en la carroza, sea el director de tu centro laboral, su vecino integrado por las mismas razones que usted, y demás personajes aledaños y “comprometidos” con el proceso revolucionario, se desmarcarán; será abandonado a su suerte. Con sus excepciones, que son las que confirman la regla.

Y reflexionando un poco más, pienso que las dictaduras favorecen la emergencia de los sentimientos más bajos del hombre. Que hay personas que sólo pueden vivir bajo el tacón de la bota dictatorial, eso favorece las excusas más diversas, como por ejemplo: “Lo hago porque me mandaron”. No se contrasta lo que dictan las leyes con los principios morales. Eso facilita también las cosas, el trabajo que se hace y la vida en general, para algunos que prefieren no elaborar o aportar nada de su propia cosecha: un funcionario automatizado al más puro estilo socialista. Aunque también permiten que afloren los sentimientos más bajos y destructivos: la envidia, la ira; y poner en práctica acciones que satisfacen al ego de los serviles que los albergan. De ahí los chivatazos, la existencia de verdugos que trabajan en los calabozos a deshoras y por cuenta propia. Sea el país que sea. Es un fenómeno general y el hombre es él y sus circunstancias. Piensa como vive, condición que lubrica los engranajes más inefables de una sociedad totalitarista.. Se aprende a ser malo. Las mismas fuerzas que estimulan los actos más sublimes, son las que curiosamente motivan la conducta malvada.

Resulta sumamente difícil gestionar una respuesta única que responda por qué se sostienen los dictadores. La banalidad en la valoración de sus conductas porque media un interés económico entreteje una infraestructura económica que les permite su permanencia en el poder, de eso no caben dudas. Colaboracionistas por conveniencia todas las dictaduras los han tenido y no falta la aquiescencia internacional de grupos, organizaciones y países que se comportan con verdadera indulgencia por diversos motivos: ignorancia, dejadez, confianza ciega y económicos, repito; primando estos últimos.

Sábado, 28 de Octubre del 2006

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