El Sepulturero Cubano

Hombre precavido vale por dos

En Cuba hay que ser muy precavido. Me lo enseñó mi padre: “Cualquier precaución que tomes es poca”. Era su frase favorita. Y no le faltaba razón. Cuando salíamos a la calle a resolver, a la luchita, se armaba como Rambo. No es que llevara armas de fuego, ni nada de eso, es que antes de salir se echaba tantas cosas en los bolsillos de la camisa y del pantalón, que parecía un cazador en un safari por África. O un superviviente.

En el bolsillo superior izquierdo de la camisa, la libreta de abastecimiento más manoseada que la Biblia del cura del pueblo, que había muerto hacía unos años. Una apoplejía.

Junto a la libreta colocaba una crucecita de madera hecha con ramitas secas de “Abrecaminos”, según consejo elemental y reiterativo de la espiritista del pueblo, Cristina.

“Emilio sin eso encima, como están las cosas en este país, no te aconsejo que pongas un pie en la acera” Eran las palabras de la vieja pitonisa, a la cual mi padre acudía en busca de consejos espirituales cuando las cosas en casa se ponían malas. Vaya, lo de siempre: que no llegase el arroz a la bodega en tiempo o se agotase el que teníamos en casa. Que los chícharos no alcanzasen para todos: mi madre, él, mis hermanos y yo. Y la espiritista parece que tenía una conexión especial con el barco que traía el arroz y el chícharo a la Isla, porque casi nunca falló en sus vaticinios. Sólo una vez dijo que ese mes darían aceite en la bodega, a cuarto de libra por persona y lo que dieron fue manteca, aquel sebo blanco que para recogerlo debías llevar una cazuela porque el bodeguero te lo daba envuelto en un pedazo de cartucho, cuando lo agarraba el sol lo derretía como un durofrío. Pues libreta de abastecimiento y crucecita, en el bolsillo superior izquierdo de la camisa caqui carmelita. De esas que se almidonaban y usaban mucho los guajiros por su tela resistente. Luego se colgaba en el cuello un grueso cordón de botas del cual pendían las llaves de la casa, y las de una maleta de herramientas que contenía un par de alicates, una segueta, un martillo, un juego de destornilladores, dos llaves inglesas, un picoloro, y un saquito con puntillas oxidas que iba recogiendo por la calle. En los contenes de las aceras se encontraban buenos clavos. No era fácil hallarlos en la ferretería. Era el tiempo de la libreta de la ropa y sino te tocaba tu grupo no podías comprar ningún artículo, aunque lo tuviesen en la tienda. Nosotros éramos la F-4.

Mi padre se inclinaba para atarse bien los cordones de las botas altas, rusas. Luego se incorporaba y se ajustaba el ancho cinto del cual colgaba un cuchillo de 15 centímetros de hoja, enfundado en una vaina de cuero domado por el uso. No salía nunca de casa sin ese cuchillo. Era más que un arma de defensa, un instrumento de trabajo; con él les cortaba la hierba a los conejos que criábamos en el patio.

En el bolsillo derecho trasero del pantalón iba el carné de identidad, manchado, deshojado, ultrajado por sudores e inclemencias del tiempo. Omnipresente.¡ Con la policía nunca se sabe! Te lo podían pedir en cualquier esquina. Mejor precaver que no tener que lamentar.

En el otro bolsillo trasero del pantalón iba el pañuelo, de color indefinido, ajado, traslúcido de tanto uso.

En las medias metía la billetera porque había que protegerse de los carteristas en la guagua, en el incierto trayecto. Era una cartera abultada, pero no porque contuviese mucho dinero, sino porque en ella llevaba una oración escrita en papel cartucho para cada ocasión: La de San Judas Tadeo (para los casos difíciles), la de Justo Juez, la de Santa Martha (para alejar a los enemigos, etc. No podía aprenderse de memoria todas aquellas plegarias y cuando la situación lo ameritaba, sacaba la que más convenía al percance. Como un conjuro para alejar el mal. Otro consejo de Cristina, la espiritista del barrio.

La cabeza era coronada por un sombrero de yarey. Por el Indio, el sol. A la una de la tarde era un riesgo andar por La Habana a cabeza descubierta. Aunque él siempre se quejaba del viejo sombrero, no dejaba de salir sin él. Recomendación de mi madre. Hubiese preferido un Stetson. Lo tuvo una vez, pero se lo robaron. Sentía nostalgia por aquella prenda. Más de una vez me contó que no sabía en qué lugar había visto una publicidad donde un vaquero saciaba la sed de su caballo llevándole agua del río en su Stetson, dándosela a beber al jamelgo, cual si de un bacín se tratase. ¿Existió esa publicidad? No sé. Él insistía en su veracidad.

El cuchillo iba en la cintura, del costado derecho, pero en el izquierdo llevaba una cantimplora. No había donde tomarse un vaso de agua en La Habana. La deshidratación acechaba al ciudadano de a pie en cada esquina, al menor descuido. Él se cuidaba.

En la mano izquierda llevaba una jaba de saco y dentro una capa de agua remendada. No teníamos paraguas. La jaba era por si caía algo en el camino: pan, alguna vianda que se pudiera resolver. Cualquier cosa era bien recibida.

En uno de los bolsillos delanteros del pantalón, en el derecho, echaba el menudo para la guagua: monedas de cinco centavos, de veinte y dos o tres de cuarenta. Y en el izquierdo portaba un pomito con café. Para levantar los ánimos. El que vendían en la calle era aguachirle.

Ah, también tomaba un libro del librero por sí se demoraba mucho la guagua, para matar el tiempo, sentado en una piedra a la sombra de un árbol o simplemente en el quicio de cualquier portal cercano a la parada.

El libro podía ser una novela de Simenon o de Conan Doyle, lecturas ligeritas, nada tormentoso. No como mi madre que llevaba en su cartera cosas como: “Cumbres Borrascosas” o “Los Miserables”

Antes de salir de casa rezaba tres Padres Nuestros y dos Avemarías. Para protegerse contra todo percance. Contra todas las banderas. Se persignaba ante una imagen que tenía oculta en el cuarto, pues en la sala no podíamos tenerla. Los tres hijos estudiando era un impedimento para dar rienda suelta a sus creencias religiosas. En cierto modo se reprimió muchísimo después del año 1959.

En la Historia el tiempo se divide en antes de Cristo( a.C.) y después de Cristo (d.C.); o nuestra Era y antes de nuestra Era. En la mente de mi padre existía una división: en antes del 59 y después del 59. Antes de F, después de F. Antes de Fidel y después de Fidel.

Con los años, su personalidad — abierta, dicharachera y gentil— , trasmutó en hosca, desconfiada e irascible.

Hablaba poco y bajito, aunque no conspirara en contra del gobierno; era un pacifista a su manera. Un gallego que no se metía en ná. Pero temía algo. No sé lo que era, un temor que flotaba en el ambiente, que se respiraba. Creo que su miedo, que no era infundado, tenía una razón lógica, sólo que yo no lo comprendía porque aún no tenía edad para ello.

Ataviado como les comentara, enrumbaba hacia la jungla, la austera ciudad. Mi padre concebía a la urbe como un gran enemigo que acechaba con ojos invisibles. Si hubiese leído “Pequeñas Maniobras” de Virgilio Piñera, podría decir que no podía parecerse más a su protagonista, Sebastián.

Era muy desconfiado. En casa nunca hablaba más de dos palabras con mi madre delante de nosotros. “En boca cerrada no entran moscas” o “El que guarda su boca, guarda su alma”. Se asemejaba a Eladio Secades en aquello de que las frases eran algo así como una industria de convicción en conservas.

Y vivaqueaba por la Ciudad de La Habana en busca de consuelos para el alma y el estómago. Los primeros en librerías de viejo, los segundos en angostos y serpenteantes pasillos de cuarterías y solares.

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