El Sepulturero Cubano

¿Somos o nos hacen?

No voy a filosofar. Para qué. Basta con tener ojo avizor, observar, escuchar, callar y tener sentido común.

Soy cubano y no me apena confesarme, no ante Dios, sino ante ustedes. Es mi opinión, por supuesto. Cualquiera puede tener otra, seguro estoy de ello.

¿Los cubanos somos o nos hacen internacionalistas?

Lo tengo claro, clarísimo: nos hacen. ¿Excepciones? Puede haberlas, no lo pongo en duda. Tampoco ello restará fuerza a mi opinión, sólo por un aspecto, aunque suene a frase manida: la excepción confirma la regla.

Los cubanos no somos internacionalistas, nos hacen ser internacionalistas.

Las misiones internacionalistas y teledirigidas por el gobierno cubano son de tres clases: educativas, militares y de salud pública. No hay más. Lo otro es para esferas más altas, las misiones de contrainteligencia militar. Pero ya esas son palabras mayores y no vamos a tocar ahora ese tema. Ya habrá tiempo para hacerlo.

Caballeros, los cubanos cumplimos misiones fuera de Cuba por dos razones fundamentales: una es para que no nos “truenen”, la otra es para mejorar nuestro estándar de vida. Pónganlas en el orden que deseen. Todo lo demás son adornos políticos, retóricas y cancioncitas de cuna con himnos patrióticos que sirven de música de fondo para endulzar, lubricar y “concienciar” lo que te meten, ¿¡o qué!? Si hay algo más, díganmelo, porque, o yo soy demasiado realista, o estoy loco de atar.

¿Cuántos jóvenes cubanos murieron en Angola? No sé. Muchos. Las cifras no me gustan, ocultan mucho. Los regímenes totalitarios gustan de las cifras, a falta de hechos, números. Fácil: suma, resta, multiplica y divide. Y si se ven con la soga al cuello le calculan la raíz cuadrada al fenómeno y en paz.

El caso es que en mi cuadra tenía un socio, buen amigo. Nos criamos juntos en El Calvario. Cabalgábamos aquellas sabanas en potros robados y nos metíamos en la unidad militar cercana, la número no sé cuántos, a robar mangos y mameyes de Santo Domingo que son riquísimos en dulce, aunque el mamey coloraó es más sabroso como fruta. Y sobre esto un paréntesis: de la semilla negra del colorado se extrae un alucinógeno. Se ralla la semilla, se cuece el polvillo en agua, luego se filtra, y se bebe como una infusión. Es mejor que la ayahuasca.

Bueno, continúo.

Santiago tenía dieciséis años cuando el SMO ( Servicio Militar Obligatorio) lo llamó a filas, corría el año 1977. Pensó que nunca pasaría la prueba de ingreso: miope, pies planos, menos de un metro y pico de estatura y 110 libras de peso. Pero la pasó y llegó al barrio vestido de militar, parecía un plátano fruta con la cáscara arrugada. O como dijo la madre: “Coño, pareces un tamal mal envuelto”

Lo enviaron a una unidad militar que está en Managua. Los pases se lo daban cada tres o cuatro meses y siete pesos mensuales de sueldo. No tenía novia. Nunca la tuvo. Pensó llegar a sargento en el ejército, ganar un sueldo decente como oficial y cuadrar una chiquita decente.

No era un tipo bruto, leía mucho. De vez en cuando vomitaba buenos poemas de amor. Ácidos, no cursis. Una aridez innata, lejos de su aspecto físico.

Una tarde me dijo en el parque del pueblo que tenía que irse para Angola.

— ¿Angola?— pregunté, respondiendo.

— Sí, compadre. El capitán dice que iremos metidos en la bodega de un barco, vestidos de civil— dijo.

— Eso está duro, mi socio. ¿Por qué no te niegas como los “jipangos” esos que se negaron a ir a la guerra de Vietnam.

— Ah, te volviste loco. Esto no es la yuma. Aquí te fusilan, compadre. ¿Qué tú te piensas, eh?

Y fue. No por patriotismo, sino por cobardía, o porque no tenía otra opción, porque lo obligaban. Hizo muchos planes. Tenía miles y todos sencillos, muy simples: casarse, tener hijos, seguir jodiendo por el barrio, leer y escribir de vez en cuando un poema de amor, de mujeres que le ignoraban, de nubes cargadas de agua, de vidas imaginarias …

El himno, la trompeta, la bandera y las mismas descargas de fusilerías que lo despidieron fueron las mismas que lo recibieron. Un pequeño ataúd regresó, silencioso. La algarabía la pusieron los otros. Y las caras de circunstancias, muy importante.

Otro caso, Adriana, médico de familia y madre de dos niños me dice un día en el policlínico que estaba loca, desesperada, porque le acabaran de mandar para Haití, Venezuela, el Congo … Para donde fuera:

— ¿Qué, altruista?— pregunté.

— No, pipo,¡necesidad!— contestó riéndose.

Era hermosa, desenvuelta, inteligente. Y marchó.

De vez en cuando me contaba por cartas que llegaban de allá lejos y con mucho de retraso que los indios del lugar no eran mala gente, pero la tenían hasta la coronilla. Acumulaba los dólares que le pagaban y trapicheaba con cualquier cosa. Le pedí que me contara cosas del lugar, del país, de sus costumbres, de su modo de vida:

“No estoy pa`eso. Lo mío es la resolvedera. Estoy tratando de cuadrar con el jefe de la misión para que de aquí me manden para otra. Pa donde sea y pa lo que sea, Fidel” Concluía.

Y no la critiqué, como nunca critiqué a mi socio. Resolver, miedo, y muy poca humanidad es lo que respiré en todas las misiones internacionalistas cubanas. Cuando no puedes escoger y, ahí está el quid de la cuestión, es cuando haces cualquier cosa por cualquier otro motivo que no sea por amor y desinterés. Huelgan las comparaciones. Saludos.

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