El Sepulturero Cubano

Un hombre de palabra

Ya sé que te han llevado para esa oficinita de ahí enfrente. Me lo acaba de informar la rubia alta con uniforme de policía.¡Está muy buena esa rubia! Cuando me ha dejado sentado en este banco de madera, eché una buena ojeada a su culo . Lo cadencioso del movimiento de sus caderas. Lástima que sea militar, que trabaje en la aduana de este aeropuerto y que hoy yo me largue de este país.

Trabajo me costó obtener el permiso de salida. Puro chiripazo, pues todos los años participaba en el sorteo de la embajada americana Menos mal que soy un tipo perseverante, sino hace mucho que hubiera desistido de irme de Cuba y de sacarte a ti conmigo. Eres mi socio, mi amigo del alma y ni pensar en dejarte atrás.

Hace más de veinte años que te prometí, en aquella fiesta, en casa de Eduardo, que si me iba de este país, te irías conmigo. Soy hombre de una sola palabra y lo que prometo lo cumplo, aunque en ello me vaya la vida.

Querías conocer mundo, ¿no? Pues bueno, ahora vamos para allá, sino nos dejan, porque al paso que van las cosas, a lo mejor me dejan partir a mi, pero tú tendrás que quedarte. No te preocupes mi hermano. Si eso llegara a suceder, yo regresaría al cabo de un tiempo y aunque fuera metido en un condón te sacaba de aquí.

Las cosas pudieron salir de otro modo. Ya lo sé. Pero me dejé guiar por Isabel que no sabe ni cojones de estas cosas y ya ves, ahora estamos embarcados. Metidos en tremendo lío.

Desde aquí los veo, están ahí, metidos en esa oficina que tiene en la puerta un cristal opaco, corrugado. Son siluetas verdes que se mueven de un lugar a otro, como nerviosos. Parece que discuten, pues gesticulan y se oyen voces, unas comedidas, otras exaltadas.

La rubia es la que más gesticula, el moño amarillo va de un lado a otro y no deja de alzar las manos y los brazos a cada momento. Intenta aclarar las cosas.

Yo creo que no hay mucho que aclarar. En este asunto el meollo es sólo uno: Un tipo que sale legal ( ese soy yo), con pasaporte y visado para España se lleva consigo a un amigo, de manera ilegal ( ese eres tú). Pensándolo bien y aunque parezca una contradicción, no hay mucho de ilegal en mi acción. Yo te llevo conmigo porque me sale de los cojones, soy un buen amigo, un tipo de palabra y te lo prometí hace muchos años: “Te llevaría por el mundo, a conocerlo” Ahora bien, la forma en que lo he logrado ya es un asunto aparte y no se atiene a lo normal. Esa parte de normal lo admito. No soy ningún comemierda, ni anormal para pensar lo contrario. Tampoco pienso que tuviera otra opción.

La rubia ha salido de la oficina y se dirige a mi.

-¿Desde cuándo lo tiene con usted?-me pregunta.

Su voz es aguda y enfatiza su interrogante apuntándome con el dedo índice de la mano derecha.

Es un dedo largo y flaco coronado por una uña de color escarlata. Es extraño. Pensaba hace unos días, no sé por qué razón, que las mujeres militares no se ocupaban demasiado del aspecto de sus manos. Fue a raíz de observar unos carteles dispersos por la ciudad, donde se encomiaban las labores combativas de las jóvenes combatientes. En ellos se veían dos o tres muchachas lanzadas sobre una gran extensión de tierra e iban como a arrastras, ocultas bajo unos matojos que le servían de camuflaje, mientras empuñaban unos fusiles largos, de bayonetas puntiagudas y brillantes, refulgentes. Me fijé en sus manos y éstas eran algo toscas, manchadas de tierra roja. Eran buenas fotos. El borde de las uñas, sin pintar, estaba mellado. Una lástima, pues los rostros eran hermosos y parecían satisfechas arrastrándose por entre aquellos hierbajos. Seguramente que el fotógrafo les había tomado en su mejor momento. Al inicio de la maniobra. Frescas y lozanas.

Los pensamientos me han arrastrado y tengo ante mi, parada casi en posición de atención, a la rubia. Me observa con fijeza. Espera una respuesta convincente.

-Pues lleva conmigo unos cuantos días. Tal vez unos 10 o 12.

-¿Y antes? ¿Dónde estaba antes?

-En casa de la abuela.

-¿ Y por qué decidió ahora sacarlo del país?

-Es una promesa. Hace años que le prometí llevarlo a conocer mundo. En aquella época no tenía ni idea de cómo iba a lograrlo. Fue hace como veinte años. Éramos muy jóvenes. Le voy a ser sincero...

Me erguí algo en mi asiento para intentar acercar mi rostro a su cuerpo. Creo que fue algo intuitivo. Intentaba crear un clima de intimidad entre ella y yo. Pero ella se apartó, no del todo, sólo un poquito, muy imperceptiblemente, pero fue suficiente para obligarme a retraerme a la postura anterior, aunque algo menos relajado al intuir que las confidencias no eran de su agrado.

-Usted está loco.

Me miraba fijo. Yo también la miré, pero no soporté por mucho tiempo esa mirada que quería taladrarme las entrañas, entonces miré al suelo y automáticamente me llevé la mano al bolsillo superior izquierdo de la camisa.

-Aquí no se puede fumar.

-Perdone, estoy algo nervioso. Perdone.

-No tengo nada que perdonarle, pero sigo insistiendo en que usted está loco. Loco de remate ¿Sabe cuántos artículos del código penal vigente está violando con este hecho? ¿No lo sabe? Responda, no se quede callado.

He devuelto la cajetilla de cigarros a sustillo, al bolsillo. La miro.

-No lo sé. Además pensé que no era delito. Un tipo que sale con su amigo del país y punto. Eso ocurre a diario. No es noticia.

Estaba perdiendo los estribos. Me asombré de mi osadía.

-¿Qué edad tiene?

-Cuarenta y cinco años---respondí. Mi voz sonaba lejana, ajena. Era una sensación rara. Como si me observara yo mismo desde fuera. Un buche ácido me ascendió desde el estómago y me quemó la garganta.

-Por su forma de actuar parece que tuviera cuarenta menos. Es un cabrón muchacho.

-No, compañera, se equivoca, yo soy un hombre.

Entonces rió a mandíbula batiente. Era mediodía y el aeropuerto estaba a tope. Pero estábamos separados unos metros de la multitud por unas cintas plásticas que tenían colgado un cartelito: “NO PASE. ZONA MILITAR”

Y dentro de esta área restringida- que no era muy amplia, sólo unos cuantos metros cuadrados-, estaba yo( un hombre de palabra), un desolado banco de madera de color indefinido, descascarado a ratos, una mujer rubia, militar de profesión y unas diminutas oficinas tras cuyas puertas acristaladas se tomaba una decisión acerca de mi futuro inmediato y el de mi amigo. Él estaba con ellos, allá dentro: impotente, ajeno, ausente.

La rubia se arregló el pelo. Las risotadas se lo tenían revuelto, desordenado. Se sentó a mi lado, con las piernas abiertas. Llevaba un estrecho pantalón verde oliva, el que obligaba el reglamento.

-¿Cómo se le ocurrió tan descabellada idea? Cuénteme, por favor.

Con parsimonia encendió un cigarrillo. Levanté la vista hacia un cartel que estaba en la pared de enfrente: NO FUMAR.

Comprendió mi gesto.

-Olvídese. Fume usted también, le va a hacer falta.

Me extendió una cajetilla de Populares. Sólo le faltaban tres o cuatro cigarrillos.

La rechacé con un gesto entre cortés y desganado. No sentía deseos de fumar. Sentía el tiempo fluctuando sobre mi cabeza. Llevaba más de tres horas sentado en aquél duro banco y aún no sabía nada sobre mi futuro inmediato, ¿ me dejarían marcharme del país con mi amigo? A mi no podían retenerme, pero ¿Y a él? ¿Y mi promesa de sacarlo de este infierno?

-Mi amigo era un hombre alto y esbelto. De rostro sonriente y mirada alegre que le encantaban las aventuras. Nunca le interesó acumular objetos. Quería acumular vivencias. Nos criamos en el mismo barrio. Era el tipo de hombre que le cae bien a todo el mundo, pero en especial a las mujeres. Tenía un don especial, un no sé qué con el que había nacido. Era el primero en la clase, el primero en los deportes, el primero en tener novia. Bueno, mejor decir novias porque la verdad es que las tenía a montones.

La rubia me observaba, fijamente. Estaba interesada en mi soliloquio. No era de extrañar, más que un monólogo era una confesión y aclaraba todo aquél mal entendido en el cual estaba envuelto.

-¿Y por qué no me acompaña a la oficina y le explica todo esto a mis superiores? Le va a ahorrar un buen disgusto.

-¿Más del que he pasado ya?

-Tal vez, mucho más, creo. Pueden impedirle que salga de Cuba, pero no sólo eso-entonces su rostro reflejó un intenso abatimiento-, pueden condenarlo a muchos años de cárcel. Su delito es más grave de lo que imagina.

-Me imagino, ¿ vamos?

Me tomó suavemente el brazo derecho y me condujo a la oficinita de puertas acristaladas. Quería terminar con todo aquello.

El despacho era pequeño, rectangular. En el centro había un pequeño buró de caoba y detrás, arrellanado en una silla giratoria un hombre canoso, un militar. Creo que era coronel. Sí, era coronel. Tenía, me parece recordar, tres estrellas en cada charretera, formando un triángulo. Un triángulo isósceles.

-Por favor, siéntese.

Me señaló una silla del otro lado de la mesa, frente al buró, de cara a él.

Me senté e intenté parecer lo más relajado posible colocando ambas manos sobre mis piernas. Las palmas me sudaban y sentía como transpiraban a través de la delgada tela de mis pantalones domados y desgastados por el uso. Yo era un tipo sumamente pobre y ese era mi mejor pantalón. Lo tenía reservado para el día de la salida.

-¿Quiere fumar? Si quiere puede hacerlo, aquí sí.

-Gracias. No quiero.

-¿ Por qué quería sacar a su amigo de la forma en que lo hizo?

-Era un acuerdo. Una promesa que le hice hace mucho tiempo, cuando éramos muy jóvenes. Yo soy un hombre de palabra...

La rubia se sentó en una silla, algo más bajita que la mía y que se encontraba a mi derecha. Esperé a que se acomodara para continuar hablando, no quería pasar por descortés. A pesar de lo delicado de la situación en que me encontraba por primera vez ante las autoridades de mi país no me sentía ultrajado, no los consideraba mis enemigos. Ellos cumplían con su deber y yo trataba de cumplir con la palabra empeñada.

La luz plomiza del atardecer inundaba el lugar, también el olor a combustible de avión. Una aeronave despegaba, otra aterrizaba y podía deducirlo por los ruidos que me llegaban del exterior a través de la ventana de amplias hojas que estaba abierta de par en par.

Miré al paisaje que se me ofrecía a través del recuadro y divisé algunas nubes grises, cargadas de agua, que se movían lentamente hacia el este sobre un fondo azul, muy azul.

-¿Nos va a contar todo?

-¿No tengo otra opción, no?

-No, ninguna.

Y se dispuso a escuchar mi confesión final.

- Le contaba a su compañera, allá fuera, que mi amigo era un tipo único y que nos criamos en el mismo barrio. Era de esa gente que lo compartía todo, que no tenía nada de él. Sus padres no eran ricos, pero sí vivían sin aprietos en este país. Su nombre era Jorge. Se llamaba Jorge Álvarez. Tenía cosas muy buenas en su carácter, pero otras también muy malas, muy negativas.

-¿Cómo cuáles? ¿Puede ser más explícito?

-Sí, como no. Jorge era un hombre muy informal. No cumplía nada de lo que prometía. Es cierto que tenía otras cosas muy buenas que dejaban en un segundo plano este aspecto tan negativo de su personalidad, pero una cosa no es excusa o justificación para la otra. Creo yo, no sé. Pues siempre andábamos juntos. La gente nos llamaba “el positivo y el negativo”.Un día me enteré por un vecino de que nos llamaban así en la cuadra, en la escuela y pensé que era porque yo soy negro y él era blanco. Pero no. Me aclararon, al cabo de los años y después de indagar mucho, que ese alias se debía a mi afán de perfección y a que cuando daba una palabra sobre llevar algo a cabo, pues lo hacía, independientemente de las consecuencias que se derivaran de tal actitud. Es mi principal cualidad: cumplir con lo prometido.

-¿Y?

La mirada del coronel era ansiosa. Su voz también. Se inclinó hacia delante y colocó ambos codos sobre el buró. Se frotó las sienes con los pulgares. El pelo comenzaba a ralear en este sitio. Sus ojos saltones no se apartaban de mi rostro. Finas venillas azules surcaban su nariz de porrón. Seguro es un bebedor, pensé.

-El ser negro y sentirme un poco relegado a un segundo plano en todo frente a un blanco hizo que me creciera ante las dificultades, al menos es mi percepción de las cosas. En casa siempre me obligaban a decir la verdad, a que no robara nunca, a que fuera correcto, educado. Mi padre fue un hombre muy severo. Pertenecía al ejército. Me convirtió en una persona temerosa del que dirán y fui fiel a lo que él quería que yo fuera. Un hombre cabal, sin manchas, honesto y cumplidor. Cuando prometía algo, por nimio que fuera, lo cumplía a raja tabla. A los veinte años, en una noche de borrachera, frente al amar, en el malecón, le prometí a Jorge que viajaríamos por el mundo. Nunca había estado tan exaltado. Lo recuerdo todo con excesiva nitidez: la noche con el cielo tachonado de estrellas, el olor del mar, el muro desgastado y lleno de oquedades, y la amplia avenida desierta a esas horas. Eran pasadas las tres de la mañana. Estábamos ebrios, pero no demasiado. Al menos no para olvidar los detalles más relevantes de aquel momento. Entonces en un arranque de sinceridad me confesó que estaba enfermo, que le habían diagnosticado una enfermedad mortal y que moría en los próximo meses. Me quedé atónito. No supe que decirle. Su confesión me tomó por sorpresa. Le miré a la cara y comprobé por su mirada que no mentía. Lloraba.

>> Llévame a conocer mundo. A correr aventuras, ¿crees que merezco morirme con veinte añitos? Aunque esté muerto llévame, como sea. <<

-Se lo prometí. No tuve valor para negarme. Por eso me lo llevo conmigo.

- Gloria, dile a los muchachos de Criminalística que dejen de revolver esas cenizas. Que tomen una muestra para lo del ADN y basta. Ah, y que entreguen el resto a la madre del muchacho.

El militar se levantó y miró a través de la ventana.

-Usted no puede salir del país--me dijo.

Ahora su voz sonó dura, bronca.

-Me alegro, no podría irme sin él. Soy un hombre de palabra.

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar