El Sepulturero Cubano

Iluminado, ¿en Cuba?

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“No podemos estar enojados mucho tiempo con alguien que nos hace reír”
Jay Leno.

Cuba, década del noventa, quizás primer lustro: una verdadera explosión de religiones. Crisis. Los cubanos, todos, en medio de la debacle cotidiana, se agarraban a un clavo ardiendo. Para no sucumbir. Las personas se hacían Testigo de Jehová, santeros, o teósofos. Lo que fuera. Demasiada miseria material y espiritual. Veían venir el Apocalipsis, el total, el acabóse; porque el Apocalipsis local ya lo estaban viviendo.

Ingenieros, médicos, maestros, físicos, agrónomos, todos con buen nivel, y de improviso se vieron en la calle y sin llavín: cesantes, virtualmente desempleados, pues ganaban menos que un intocable en la India. Un monje mendicante sacaba más en un día, en plena ciudad de Bombay, que un médico en Cuba.

Pues la gente comenzó a buscar vías espirituales de escape. No es nada nuevo. Sino tienes cómo o con qué alimentar tu cuerpo, entonces alimentarás tu espíritu.

Floreció el negocio de las cartománticas, de los espiritistas, de los teosóficos, de los que buscaban un por qué a tanta miseria y el modo de paliarla.

Yo me deprimí muchísimo. Estaba por los suelos. Sin apenas ropa, ni zapatos, sin alimentos. Con dos hijos, una mujer joven ,y una bicicleta china que pesaba más que todos nosotros juntos. Vivíamos en un apartamento pequeño en la Víbora. Cuando hacía mucho calor y quitaban la luz nos íbamos a la azotea, a descargar y a dormir bajo las estrellas y el cielo como único techo.

Soy agnóstico. No tengo fe. Intentaba resolver el día a día según se presentara, sin coger mucha lucha. Escapando. Eso sí, leía mucho. Eso creo que me salvó en cierta medida de todo aquél desbarajuste.

Una tarde de mucho calor tocaron a la puerta. Fui a abrir:¡SURPRISE! En el umbral de mi minúscula casa estaba un hombre calvo, con una sábana enrollada alrededor del cuerpo a manera de túnica. Como los griegos de la antigüedad. Un loco, uno de tantos, pensé. Le cerré las puertas sin dar explicaciones.

— ¡¡Amiéiro, abre, soy yo Gustavo!!— dijo el tipo tras la puerta.

Coño, esa voz yo la conozco. Si, es Gustavo, el socio de mantilla, el maestro de historia. Abrí. No lo habría reconocido jamás de no haberse identificado. Pelado a rape. Su cráneo brillaba a la luz del mediodía. El rostro enteco con dos ojillos burlones clavados en un antifaz de ojeras, como dos botones de color indefinido. Una sábana empercudida cubría su cuerpo dejando al descubierto las piernas. Los pies los llevaba enfundados en un par de alpargatas desgastadas y cochambrosas.

— ¿Qué haces vestido así?

— Me hice budista— fue su lacónica respuesta.

No necesité otro dato. Estaba loco, concluí.

Me escrutó, detenidamente. Intentaba adivinar qué pensaba acerca de su repentino cambio, seguro. Aunque no era tan repentino hacía cosa de una ño que no nos veíamos y ese tiempo fue que, deduzco, ocurrió la conversión.

— ¿ Piensas que estoy quimbaó, no verdá?

— ¿Qué quieres qué piense? Con ese estalaje no puedo pensar otra cosa. ¿Qué bicho te picó, compadre?

— Recibí la iluminación. Fue hace un año, bajo la mata de mangos que tengo sembrada en el patio de mi casa. Sabes de la cual te hablo. Buda se me apareció y me enseñó el camino del despego, el recogimiento, el amor y el no sufrimiento. Ahora propago la verdad.

— Pasa mi socio, siéntese y coja un diez, ¿ sabes cuántos iluminados hay ingresados en el psiquiátrico, en lo que va de período especial? No lo sabes. Yo te lo voy a decir. Han internado a más de 500, sólo en ciudad de la Habana-le dije.

— Lo mío es diferente. Un convencido. Sé que no estoy loco. Soy un pacifista. Sino quieres oírme me voy y punto. No te obligo. No quieres oír la palabra de Buda, me voy. Mira, me voy.

En efecto. Se iba. Pero me intrigaba que no insistiera. Si estaba loco, estaba ante un loco diferente y eso captó mi atención.

— ¿Quieres dar una vuelta para demostrarte que estoy iluminado?-me retó.

Dudé, ¿cómo demostraría su iluminación? Algo sabía acerca del budismo. De cierta manera era una filosofía de vida que siempre me había interesado, pero hasta el punto de mi socio, de lanzarme a las calles de mi barrio, vestido sólo con una sábana y unas chancletas. No tenía nada que perder si el acompañaba, concluí.

— Vamos— acepté.

Salimos por Patrocinio rumbo a la calzada de Diez de Octubre. Caminando. La gente nos miraba al pasar. Bueno, lo miraban a él. Yo iba con tremenda peste a grajo, pero vestido formalito. Más o menos de acuerdo a un desposeído, pero sin llegar a llamar demasiado la atención.

— ¡¡MARICÓOOOOOOOOONNN!!— gritaron desde un camión, lleno de negros sudorosos y con deseos de bronca.

— Tranquilo. No a la ira— dijo con voz queda, depositando su mano derecha sobre mi brazo izquierdo.

Retiré rápidamente mi brazo. Hay que cuidar las apariencias. En la India puede ser normal que un tipo te coja el brazo o la mano en plena vía pública, en Cuba no. Menos uno que va a tu lado cubierto con una sábana y musitando frases ininteligibles.

El sol estaba en lo más alto y sentí sed.

— Tengo sed.

— No al deseo. Sino deseamos la necesidad desaparece-me soltó de improviso.

— Cojones, que me deshidrato. No tengo desarrollo espiritual ninguno. Estoy muy pegado al plano material— me rebelé.

— Tomarás agua tú. Yo no.

Entré a la pizzería que está a dos cuadras de Santa Catalina y Diez de Octubre. Me dieron un vaso de agua caliente. Mi amigo, envuelto en su improvisada manta se quedó afuera. En el portal. No miraba a ningún sitio. Le pasaron dos mulatas culonas por delante y no las miró. Dos tanques blindados, dos cachos de hembras, y el hombre inmutable. O está muy evolucionado espiritualmente o se quemó completo, pensé.

Avanzamos rumbo a Jesús del Monte. Un negro grande como un armario lo empujó, cayó al pavimento. Se levantó. Se sacudió y continuó andando. El tipo lo retó:

— Oye, maricón de mierda, ¿no me vas a decir ni pinga?

— No señor. Soy un iluminado, soy diferente. No a la ira. La ira es destructiva. Ahora mismo usted siente algo destructor. Yo no, soy un alma evolucionada.

Aquello fue del carajo. El negrazo lo agarró por el cuello y comenzó a apretar. Lo estrangulaba. La cara la tenía congestionada, medio azulosa.

— Oiga, deje a ese hombre. ¡¡¡DÉJELO, COJONES!!!!— me metí, para desapartarlos.

— Arrrrrrrrrrrrrrgggggggggg, déjalo que apriete, déjalooooo, él tiene que darse cuenta de su error... Déjalooooo, yo puedo morir, uufff...arggggg, déjalo, pero tiene que aprender a refrenar su ira.

— ¡¡¡SUÉLTELO!!!!— grité.

Yo aferrado al tipo, por la espalda. El negro se debatía en terminar de estrangular a mi socio o quitarse de encima mis manos que le rompían la camisa. Era un tipo demasiado fuerte, bien alimentado. Llegó la policía. Me apartaron y le cayeron a porrazos al negro. Dos policías orientales. Dos nagües. Le dieron tremenda leña.

Por supuesto, el negro soltó al socio. No podía ser de otra manera.

— ¿Cómo te sientes, Gustavo?

— Pues chico, más iluminado. Más elevado. Prueba tú para que veas que bueno es. Lo bien que uno se siente cuando logra moderarse y calmarse. Puro autocontrol.

— Compadre, con lo belicoso que usted siempre fue, ¿ no sentiste deseos de irle para arriba y romperle la crisma?

Me miró. La sábana lucía más sucia, más ajada. Estaba rota por algunos lugares. Se arregló desmañadamente la indumentaria.

— Claro, pero aprendes a controlarte. Mucho entrenamiento. No se logra eso en un día, ves ese que viene por ahí?

— ¿¡QUIÉN, EL BLANCO ESE QUE PARECE UN MASTODONTE!?

— Baja la voz, compadre. Ese mismo. Ahora cuando pase le voy a decir que me dé una patada en el culo. Tú verás cómo aguanto. Tengo mucho autocontrol. Lo he logrado sometiéndome a pruebas diversas a todo lo largo y ancho de la Ciudad de la Habana. A diario. Sin descansar ni un día. Deberías seguir mi ejemplo.

En efecto. Cuando el hombre estuvo a nuestra altura, lo llamó aparte.

— Eh, compañero, podría darme una buena patada en el culo. Por favor, duro, bien duro.

El tipo lo miró de arriba a abajo. Entonces se echó a reír. Soltó una carcajada amplia, burlona.

— ¡¡COÑO, EL PERÍODO ESPECIAL HA LLENADO LA CALLE DE LOCOS Y MARICONES, PAL`CARAJO!!

Y el hombre grande siguió su camino, menos mal. Una patada de aquella bestia hubiese echado por tierra sus teorías, con su prematura muerte; por supuesto.

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