El Sepulturero Cubano

Cuba es un convoyado

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En Cuba hubo una época en que se pusieron de moda los convoyados. O sea, si comprabas esto, tenías que obligatoriamente comprar otra cosa que no tenía relación con aquello que tú en principio necesitabas.

Voy a intentar realizar un recuento de las cosas que mis padres tenían que comprar convoyadas. Quedarán muchas fuera, pues la memoria traiciona y omite detalles importantes.

Por ejemplo, tenía yo siete años y fui con mi madre a “La Polilla”, la librería que está en la calzada de Diez de Octubre a menos de una cuadra de distancia del paradero de la Víbora. Ella quería regalarme un libro por mi cumpleaños: “Las aventuras de Pinocho”. Entramos y nos atendió una mulata, alta, con muy buen porte, de unos cuarenta años. Muy gentil. Amable y cortés.

Mi madre le pidió el libro para mí, el de Pinocho. La empleada se dirigió a unos anaqueles que estaban situados a su izquierda y extrajo el ejemplar de uno de ellos. Un blanco asmático, delgado, que entraba en ese momento por la puerta, le dijo:

- Silvia, acuérdate que el de Pinocho se vende con el de Marx.

- Ay sí, me gusta ese cómico, Groucho Marx o el hermano, me da igual- dijo mi madre. Sonriente.

El asmático se puso serio y replicó:

- No señora, no es el cómico, es el político, el economista.

- Ah- respondió mi madre y la sonrisa se le desinfló al momento.

Salimos de la librería cargaditos. El Capital de Carlos Marx, tres tomos. Y el de Pinocho. Un convoyado.

Otro día mi padre necesitaba clavos, puntillas. La puerta de la cocina se caía a pedazos y entraban por ahí, a la casa, toda clase de bichos: lagartos, ratas, hurones, perros, gatos, gallinas, lombrices, majaes …

En la ferretería agarró tremendo berrinche. Le vendieron un paquete de cien puntillas, “La historia me absolverá” y dos números extras de la revista “El Caimán barbudo”. Al final todo vino muy bien, pues no había papel higiénico. No hay mal que por bien no venga.

El término convoyado es un poco confuso, puede significar muchas cosas, como: intentar obtener un propósito con falsos halagos o también confabularse, cochambarse.

Mi padre después de dos o tres experiencias negativas con los convoyados, no le quedó más remedio que admitir que la revolución cubana era un convoyado. Pero de mierda.

Y tenía razón. Hasta los programas de televisión venían convoyados. Si querías ver la telenovela de las nueve, tenías antes que zumbarte un discurso de Papá de seis horas.

El picadillo de soya es un convoyado de tendones, desechos y algo de carne. ¿Carne?

Un día mi madre me pide que le haga un mandado. Que vaya a la bodega, que están vendiendo por la libre latas de carne rusa. Me fui para allá y me puse en la cola. Llevaba poco dinero en el bolsillo. No más de cinco pesos. Eran los años setenta. Una lata de carne rusa caducada salía muy barata ( en el racionamiento, no en el mercado negro, que costaba entonces muy cara). Y yo sabía que la carne estaba vencida porque mi padre , delante de mí, le había dicho a mi madre que eso seguro era de la reserva militar. Que cuando estaban listar para botarlas, las vendían al pueblo.

Exacto, compré tres latas de carne medio abofadas, convoyadas con dos libros del Ché, tres ediciones extras del Granma y un par de afiches de una foto de Fidel con una escopeta al hombro. Todo tuve que pagarlo. Regresé a mi casa por más dinero. Mi padre dejó los libros del Guerrillero para labores traseras y clandestinas, botó los afiches e hirvió bien la carne para destruir las bacterias que pudiese albergar. Candela al jarro hasta que suelte el fondo. Gustaba de repetir como el viejo Pancho Tabernilla, aquel viejo jefe del ejército de Batista.

No sólo lo que se vendía era convoyado, sino todo lo demás. Si se iba la luz, al rato quitaban el agua.

En los carnavales y en el Coppelia cuando hacían recogida de hippies, homosexuales y desafectos, el porrazo te lo convoyaban con un sopapo o una patada por culo. No podías escoger. Era como una “completa”: trancazo más patada en el culo, más sopapo. Todo, en este caso, por el mismo precio.

Hoy yo soy una víctima de esa crianza entre los convoyados. Porque el convoyado va conformando una personalidad masoquista. Aunque no quieras. Somos hijos de las circunstancias. Muchas fueron las veces en que me vi obligado a llevarme a casa algo que no necesitaba , pero que tenía que comprar si quería obtener lo que de veras me hacía falta.

Por eso cuando entro a un supermercado extraño mucho que al comprar un bombillo no me obliguen a llevarme, pagándolo, un pomo de desatascante de cañerías. Sí, que me lo pongan también. Yo pago. Sí lo hice por cosas peores y menos útiles.

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